El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 29

 

GUERRA

 

 

-La hostilidad de las belicosas tribus tártaras dejó de ser una leyenda hace tiempo, mi Señor. Es preciso atajar el mal antes de que se extienda.

 

El general Chu, alto jefe del Ejército Imperial no hablaba en vano. Desde que las tropas de Hiung-Nu, los guerreros tártaros de “conducta temeraria y tan pequeño cerebro como grande fuerza”, según el canto popular fronterizo, destruyeron las aldeas y extremas de Chug-Kue, el Consejo Imperial había destacado embajadores y cedido parte de los anchos pastos del norte. Había sido en vano.

 

-Todo hace presagiar un ataque inminente. Y la guerra pondría a prueba la supervivencia de la dinastía Cheu, mi Señor.

 

El emperador frunció el ceño. Su voz era solemne desde aquel trono dorado que ornaban las plumas del Pavo Real en su esplendor.

 

-Nuestro pueblo no ama la violencia, general Chu. Necesitamos un ejército para defendernos de las incursiones bárbaras. Pero nunca emplearé la fuerza de mis hombres, cuyo valor reside en su espíritu y en el deseo de vivir adecuadamente.

 

El general Chu enrojeció visiblemente. Se prosternó cuan largo era. Un mandarín del Imperio se dispuso para el ritual. El emperador le detuvo.

 

-Hablad, general Chu. Sin temor.

 

-Majestad, yo soy también un súbdito leal y amante de la paz. Pero si el pueblo no se arma y lucha, seremos conquistados, moriremos, o, lo que es peor, seremos hechos esclavos. Los tártaros son crueles hasta límites insospechados, mi Señor. ¡Y quieren China!

 

U-Tang cedió, mediante un giro de su mano, el rito del U-Ko-I. Un personaje destacado que se prosterna debe recibir, para su satisfacción y reconocimiento, el gesto análogo de un personaje de su rango. Pero el emperador-dios permanece inmutable en su trono.

 

-Será otra la solución que ordenen los dioses. Si los tártaros quieren ocupar China, les opondremos la resistencia de las montañas.

 

El general Chu hundió la cabeza en los cojines del suelo.

 

-Pero, Gran Señor, no hay montañas en gran parte de nuestras indefensas fronteras con los Hiug-Nu. ¡No podemos trasladar nuestras montañas!

 

El emperador sonrió enigmático.

 

-Pero podemos construirlas.

 

Y así comenzó, con la idea de un emperador pacífico y constante, que deseaba oponer la pasividad a la violencia, la construcción de una muralla de piedra y ladrillo, con una altura superior a los cinco metros y más de tres de anchura, protegida por torres en las que se almacenaron pólvora y flechas.

 

-¡Que se envíen mensajes a todos los puntos del Imperio! ¡Preparad los gansos del emperador!

 

Los gansos amaestrados emprendieron vuelo en todas direcciones. Pronto, llegados a su destino, comenzaron los preparativos para la construcción de la enorme frontera de piedra.

 

-Será la nueva obra de los dioses. Lo que hace un pueblo entero es lo que más dignamente puede llamarse obra divina.

 

 

 

 

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