El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 28

La princesa U-Ti está junto al Gran Señor. La miro de soslayo. Me devuelve la mirada. Tomo mi copa, inclino la cabeza, bebo. Me ha comprendido. Pero ella no puede beber. Ha pedido agua de limones. Me la ofrece, con su gesto. Creo que voy a estallar de gozo. ¡Oh diosa de amor, dulce Shira, te dedicaré el resto de mi vida los mejores poemas que salgan de mi pluma! Estoy trastornado. En mi mente dibujo las palabras que el cielo me inspira:

Mi   barca   se   desliza   velozmente

Por   el   río.   Las   aguas   me   miran

y   ven   que   todo   pasa   menos   tú,

dulces   ojos   de   mi   amada,   compañía.

Allá,   en   el   alto   cielo,   las   nubes

se   pasean,   sonriendo   a   mi   zozobra,

y   en   el   cielo   mi   río   se   refleja

y   su   luna   se   dibuja   en   la   corriente.

Una   nube   se   aleja,   reflejada   en   el   agua.

Entonces   pienso   que   mi   barca   ha   volado

hasta   el   cielo   donde   me   aguardas,   U-Ti.

Estoy llorando. Todos, en fin, derraman lágrimas de vino y ansiedad. No me atrevo a mirarte, amada mía, pero sé que en tu corazón hay un espejo de Li-Tao. Ahora se han aproximado a la prudente distancia que marcan las ceremonias, los actores. El mandarín alza su mano. Uno de ellos, alto y maquillado como un samurai, le presenta un libro, en el que brillan letras doradas. Son los nombres de las obras que pueden representar. El emperador sonríe a U-Ti, Ella se ruboriza y elige la obra. No conoce, seguramente, su contenido, pero es un honor que le concede su padre. El gran guerrero-actor se inclina hasta el suelo. Salen todos y se dirigen al escenario. La princesa U-Ti y sus doncellas y las esposas del emperador se sitúan en el piso superior, en el corredor protegido por celosías de cedro y bejucos de bambú. La representación va a comenzar. El primer actor saluda y honra al emperador con unos versos:

Hijo del cielo, sentado en trono de oro,

relumbrante de joyas como estrellas

entre las que eres el más brillante sol.

Tus mandarines hablan gravemente

pero tu ágil pensamiento vuela

por la abierta ventana, hacia los dioses.

¡Oh desafortunado poema! Los siguientes versos traerán la tristeza a mi señor. El recitador ignora, tal vez, la melancolía del emperador, después de perder a su consorte.

Un soplo de perfume delicioso

llega al emperador: “es el aroma de su boca,

que me envía con un giro de su abanico”.

“Ven a mi lugar secreto, elegido del cielo, y deja a los graves señores pensativos

mientras gozas de mi cuerpo y yo te gozo”.

Y allá, en cenador de porcelana

la emperatriz aguarda, entre doncellas

a que el señor del cielo se decida.

Al fin, dejando que El Consejo, sorprendido

se mire con mutuo estupor, la marcha emprende

ansioso y feliz, hacia su dulce presa.

El emperador aplaude. Sin duda ya ha encontrado un suave reposo a su melancolía. La tibia manchú, de ojos de azabache y piel delicada, o la esclava india de tono como el amanecer y dientes que sonríen, o la joven casi niña del Yant-tse, pequeña nube inquieta de labios ondulantes. O todas ellas, que dicen algunos: “Nuestro Señor el Mandarín es impetuoso e incansable, como los vientos que arrullan las olas del Gran Río en el otoño”. O como el gran uro, de belfo inquieto, rijoso e insaciado, pienso yo en un momento de estupor por el que pido en silencio el más severo castigo.

¡Aún no me doy cuenta! El actor sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Es algo preparado de acuerdo con el Ayudante de Su Majestad. Esto quiere decir que el emperador está de nuevo enamorado. ¿Una emperatriz? ¿O un halago del protocolario I-Ki-Chi, sabedor de lo que nuestro amo gustaría escuchar? ¿O tal vez una forma de estímulo, ahora que tanta falta le hace, a fin de huir de ese letargo mortal que en ocasiones le asalta, y que es más peligroso que la convulsa inquietud?

Sea como sea, el emperador ha comprendido.

Un bello objeto es un placer permanente

cuya hermosura aumenta con el tiempo.

Una mujer es un placer insuperable

siempre que se trate de la adecuada.

El tiempo es un enigma. Tal vez el único, dice el Maestro Kung.

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