El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 25

 

Cuando regresó, habían comenzado a instalar un teatro en el gran salón azul de la grulla dorada.

Han colocado unas tablas sobre enormes caballetes elevados, a más de un metro del suelo. De las cercanas lagunas han traído bambúes, rectos y largos, que formando columnas sostienen los techos de estera. Los artistas de carteles de madera y papel están dibujando con sus tintas a colores los letreros que formarán el telón y los decorados. Hay uno muy grande. Las ramas del cerezo florido surgen del suelo, le rodean finas gardenias rosadas y unas hojas de cedro y de ginkgo. Dos amantes se abrazan delicadamente, y en sus rostros ausentes se refleja una felicidad imposible. Ella acaricia su cara, y él abraza su cintura, visten túnicas de seda roja y marrón, y él se toca con el gorro de los Ka-toki.

 

Una escalera de sauce asciende hasta el piso superior del palacio -pues debe serlo si tiene un ambiente tan magnífico- a una terraza protegida por balaustradas de sicomoro teñido. Al fondo de la escena, una mesita alta, redonda, lacada en rojo y guarnecida de flores amarillas y blancas, sobre la que reposan una lámpara de aceite y dos vasijas de fina porcelana.

 

Aquella noche U-ti escribió en su diario.

 

“No puedo describir los detalles, que desbordan el cuadro, como hacen los sueños con nuestra mente. El artista es joven, y parece siempre embebido en su trabajo, poseído por ese don del cielo. ¡Cómo me gustaría poder pintar, dibujar con la punta del pincel el alma de las cosas!. Han situado también unas gradas como asientos. Es la primera vez que se instala el teatro en un salón, y no en la plaza, o en el patio, o en la calle, junto a los muros de arcilla. Una vez, la gente de los barrios próximos al río abrió una suscripción para poder pagar a los actores y sufragar los gastos de la representación. El mandarín, cuando lo supo, abrió las arcas de su tesoro privado a fin de que el pueblo disfrutara sin agobios del espectáculo.

 

A los actores, normalmente, se les considera gente innoble. Incluso antes había mujeres que representaban papeles, pero su conducta, como cortesanas descaradas, forzó la orden de supresión. Desde entonces los papeles femeninos son interpretados por muchachos. He preguntado al director de la escena cuando será la representación. Estoy ansiosa por ver a esos actores de largos cabellos y rostro maquillado haciendo los papeles de mujer. Mi padre ha querido mostrar, con esta novedad tan destacada, su interés por lo que el maestro Kung-Fu llama ‘cultura popular’, expresión que tanto nos hace reír, porque ¿acaso no sabemos que al mezclar ambas palabras sólo se expresan objetos imposibles?.

 

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