El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 23

Aquella noche U-Ti sintió la inquietud en su alma. Y cuando, a la luz discreta de una luna llena, escribió en su diario, sólo pudo hacerlo en la forma divina del verso. Por lo cual pidió, temblorosa, el perdón de los elegidos.

En el lugar donde nace la luz

hay un grande corazón transparente

que aguarda sin cesar los secretos

de la noche interminable.

Los minutos, enlodados por el ruido

de odiosas máquinas insomnes.

Allí, lejos del odio,

también reposan dulces encuentros

de grana revestidos, y de soles.

La Dinastía de los Cheu gobernaba China desde hacía más de seiscientos años. Los grandes emperadores Cheu-Tang descansaban en las cimas de las altas montañas, en mausoleos de roca. Ellos habían hecho un inmenso país de aquel enjambre de mosaicos, pueblos agrupados ahora por la visión unitaria de los destinos, sí, pero sobre todo por la aceptación de que era lo más práctico. “La unión hace la fuerza”, decía el Libro de los Signos Revelados. Y ese libro recogía sólo el pensamiento común de las gentes, lo que todo el mundo podía comprender.

Li-Tao se lo comentó.

-El Maestro Kung-Fu dice que el Saber es saber que se sabe, y el No Saber es saber que no se sabe, que también es Saber. Y todo es eso y sólo eso.

-Pero hay otro saber, el de los dioses. Y está por encima de todas las cosas,  protege la vida y el destino. A través de las ofrendas, claro.

U-Ti se había detenido en el sombreado atrio del templo. Un orgulloso sacerdote, de faz severa y gesto adusto parecía aguardarla. Lucía un tocado irregular, de cintas colgantes, y una túnica celeste con franjas blancas. Tras él, dos esclavos portaban bandejas de frutas recientes. Comenzó a sonar el primero de los siete himnos compuestos por Su-Ma-Hiang-Ju. El séptimo espacio cósmico, la tierra y todo el universo visible recibía así el don de la música divina. Una nube de tormenta veló el rostro de U-Ti. El sacerdote arrugó casi imperceptiblemente los ojos. Aquel era un gesto divino: el dragón del cielo protegía a la princesa.

-¿Vienes para hacer ofrenda al P´o de la Emperatriz, tu madre? Su Hun subió al cielo envuelto en gloria. Yo pude verlo, en el mismo instante de su muerte.

U-Ti se estremeció.

-Nunca está de más ofrendar a los antepasados, y siempre es grato el recuerdo de quien te dio el ser, aunque more con los dioses. He venido a rezar.

Atravesaron el pórtico de jade. Muy cerca reposaba Sang-Ti, rey del cielo, adorado por el emperador amarillo Huang-Ti, el símbolo del pueblo chino. U-Ti sabía que el Maestro Kung le llamaba T´ien, el Cielo. A él, como dios benéfico y bueno, creador del universo, encarnación del Tao, oró primero U-Ti. Y sus rezos subieron al Yucing, el cielo de jade, con Yuan Sih T´ien Tsun, el Eterno. Y los santos Seng y los Cen, perfectos que habitan con Ta Kiun a la cabeza el Sang Cing, el cielo superior, la escucharon.

-Oh, Pi-Hi Yuan-Kun, diosa de las nubes azules y rojas, protectora de la mujer y de las lobas, que con tus princesas formas el grupo de las Nueve Damas, aquí venerado. Protege a mi padre, el divino U-Tang descendiente del gran Chug-Kue, y a su pueblo Cheu. Aléjalos del dios de la guerra, Wang-Ti y de los magos Shi y de las brujas Wu que pueden hostigarle. Y dame el favor de Lan Ts´ai Hu, el dios del canto elevado al cielo por la cigüeña, para que pueda llevar a sus oídos la alegría de las narraciones vivas, como si de un estanque lleno de peces inagotables, el que llena el niño Han Siang-Tze, se tratara.

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