El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 17

Hay una gran conmoción en palacio. Hi-Cheu, el hijo del Emperador, ha caído enfermo. Por los corredores y las galerías circula una inquietante noticia.

 

-El príncipe es un elegido. Tiene el mal divino.

 

Hi-Cheu se ha puesto lívido. Venía sintiendo una extraña sensación, como si flotara. Las cosas, a su alrededor, adquirían formas extrañas. Luego, repentinamente, la normalidad.

 

De pronto, una tremenda fuerza le arrancó del suelo, giró sobre sus pies y, contorsionándose como un acróbata, cayó de espaldas. Su cabeza chocó contra la pared de madera forrada de tapices. Si hubiera golpeado el muro, la violencia del choque podía haberle matado. El Maestro del Té y los sirvientes quedaron petrificados, entre admirados y confusos por la situación. Un príncipe real es intocable, y, en todo caso, ¿qué debían hacer? El Maestro sabe que el mal divino puede matar, que el poseído se traga la lengua y se ahoga, si las convulsiones son muy violentas. Pero estaba atónito, fascinado como el ratón ante la mirada de la serpiente. Ha visto un grabado antiguo en el que a un ser elegido le sujetan la lengua con correas… ¡Qué atrocidad! Al fin cede el estertor y el príncipe parece dormido.

 

– Desde pequeño lo sabía. Rechazaba la leche, y el queso. Y esas orejas enormes, como la sabiduría que retienen…

 

U-Ti, que conversa con su prima Sheng-Yu, acompaña sus palabras de un expresivo gesto. Parecería por él que el príncipe fuera un pequeño elefante sagrado. Esta señal del cielo hace más sublime a su hermano ante todos. Ella lo sabe, y se siente contenta y orgullosa.

 

-Desde entonces, la leche y el queso están proscritos en palacio. Un alimento que rechazan los príncipes, es abominable.

 

-¡Y llegaba a beber cada día cien tazas de Taing-Tcha, el verde té del Río Azul!

 

-¿Recuerdas cuando Shiru, su perrito de aguas, aullaba al verle de lejos? Parecía sentir un dolor anticipado por su amo.

 

-Sí, ciertamente, Sheng-Yu. El animal divino sentía la divina presencia del dueño.

U-Ti suspiró.

 

¡Qué gran suerte, Shechi! ¡Nosotros hemos de conformarnos con nuestra vulgaridad!

 

Sheng-Yu movió la cabeza. Y con ella sus negrísimas coletas, adornadas de mariposas de colores. Le gustaba que su prima la llamara con ese apelativo cariñoso.

 

-El maestro de la Palabra dice que la vida es ya una elección divina. Y que cada instante es divino, porque está dentro del instante de los dioses…

 

-Así debe ser- dijo U-Ti muy seria. Así debe ser.

 

Las dos niñas salieron al jardín cogidas de la mano. Sus quimonos de seda crujían con una música de ritmos irrepetibles.

 

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