El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 16

 

Mi Maestro de Canto se ha irritado profundamente con el extranjero. No ha podido ocultar su mal humor, y, a pesar de la obligada cortesía, ha abandonado la habitación tironeando al modo Funsiu las mangas que hasta entonces llevaba recogidas. Así mostraba su disposición al trabajo, pues las “mangas casco de caballo” reflejan buen ánimo y cordialidad. Incluso creo que ha tironeado su bata, aunque de eso no estoy segura, pues el Tufangiu es demasiado serio, y su significado acrecienta el disgusto del Funsiu. Ha preguntado a Ta-Koi, y se ha reído, sin taparse la boca con las manos, lo cual demuestra que está segura y confiada por fin. Me ha contado la historia de una dama manchú, experta en el arte del Tach´en. El ritmo del cuerpo y los gestos sin palabras son bellos y expresivos, pero también pueden resultar sumamente prácticos, como doblar una rodilla, y hacer girar el cuerpo sobre uno de los talones, con lo cual se saluda en círculo, de un sólo movimiento. Menos práctico, según Ta-Koi, es el matrimonio. Dice que es como un tigre, espléndido de ver, pero malo para tenerlo en compañía. Yo creo que eso dependerá de la habilidad del domador, y también de la distancia. De todas formas, para las princesas es diferente: eso no puede comprenderlo Ta-Koi. Nosotras podemos ser el tigre, ser vistas como algo fascinante y peligroso. No sé si esto que pienso es lógico, pero creo en ello. Lo siento como verdadero, como algo frente a lo cual no hay que combatir, sino aceptar. Siempre habrá un hombre -aunque sea príncipe- sobre cuyo destino pueda mandar una mujer. ¿No está el hombre hecho de arcilla, mientras que la mujer está hecha de agua? El hombre es pesado y sucio. La mujer, liviana y pura. El agua modela la arcilla. Así crearon los dioses al hombre: una sencilla e incompleta figura que la mujer completó y perfeccionó. ¡Son tan poca cosa, a pesar de su feroz vanidad! Hoy te he visto, solo y pensativo, y he querido, sin lograrlo, penetrar en los anhelos de tu alma. Me he sentido más valiente, incluso, cuando he recordado el ruego de aquella muchacha:

“¡ No entres, señor, por favor,

no quiebres mis sauces!

No es que eso me apene mucho, pero,

¿qué dirían mis padres?

Por mucho que te ame…

¡No me atrevo a pensar lo que sucedería!

Esto, naturalmente, no podría comprenderlo un bárbaro extranjero, aunque se llame amigo del saber.

 

Se daba cuenta U-Ti de que mostraba una tolerancia cuyo trasfondo la hacía ruborizar. Sin embargo, ¿no era esto una manifestación del espíritu chino, legado por sus ancestros? Ella era suave y razonable, y, por tanto, no podía ser partidaria de la guerra, no podía amar la violencia -aunque sí admirar la fuerza contenida y la noble expresión de los sentimientos- y, desde luego, se sabía incapaz del fanatismo. Se sintió triste y mayor, casi decrépita. Rió entrecortadamente, con risa nerviosa. No tenía aún quince años, y ya era una mujer madura. Lo intuía porque dudaba de cuestiones importantes. U-Ti no podía definir las paradojas, pero era perfectamente capaz de comprenderlas. “Tengo que vivir”, se dijo, apretando con fuerza los puños y cerrando los ojos y los labios con firmeza.

 

Un buen rato después, escuchó los pasos de la pequeña comitiva de gala. Se dirigían a las habitaciones privadas del emperador, custodiadas día y noche por guerreros Summ-Mo elegidos, fieles hasta la muerte. U-Ti no se preguntaba por qué era necesaria a los príncipes la guardia permanente como si estuvieran sometidos a un constante peligro. Lo consideraba unido a su dignidad, parte de un servicio inevitable. La pequeña comitiva se disponía a presentar al extranjero. Era alto y rubio, de barba blanca, y su apostura brotaba más del centro de la mirada que de la forma de moverse, algo desgarbada y torpe. U-Ti había comprendido la ira del Maestro de Canto cuando el extranjero dijo que las notas de su música eran la geometría de un edificio, y prometió explicarlo, jugando con las esferas del cosmos. De lo alto y del centro de las cosas se eleva hacia lo alto y el centro de las cosas un interminable sonido, la armonía del universo. Desde las líneas de un impreciso pentagrama, formado por las ideas y por las imágenes que se engendran, las notas configuran el ser y el alma de las cosas. Con ello se construye el palacio del mundo, del que los reyes, en sus palacios, sólo poseen la sombra. Los amantes de la sabiduría, que llaman filósofos, son emisarios de dioses amigos, la voz que recuerda el paradigma.

 

U-Ti recordó el nombre del extranjero. Serpiente sobre el campo, Pitágoras.

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