El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 15

 

Mi Maestro de Canto se ha irritado profundamente con el extranjero. No ha podido ocultar su mal humor, y, a pesar de la obligada cortesía, ha abandonado la habitación tironeando al modo Funsiu las mangas que hasta entonces llevaba recogidas. Así mostraba su disposición al trabajo, pues las “mangas casco de caballo” reflejan buen ánimo y cordialidad. Incluso creo que ha tironeado su bata, aunque de eso no estoy segura, pues el Tufangiu es demasiado serio, y su significado acrecienta el disgusto del Funsiu. Ha preguntado a Ta-Koi, y se ha reído, sin taparse la boca con las manos, lo cual demuestra que está segura y confiada por fin. Me ha contado la historia de una dama manchú, experta en el arte del Tach´en. El ritmo del cuerpo y los gestos sin palabras son bellos y expresivos, pero también pueden resultar sumamente prácticos, como doblar una rodilla, y hacer girar el cuerpo sobre uno de los talones, con lo cual se saluda en círculo, de un sólo movimiento. Menos práctico, según Ta-Koi, es el matrimonio. Dice que es como un tigre, espléndido de ver, pero malo para tenerlo en compañía. Yo creo que eso dependerá de la habilidad del domador, y también de la distancia. De todas formas, para las princesas es diferente: eso no puede comprenderlo Ta-Koi. Nosotras podemos ser el tigre, ser vistas como algo fascinante y peligroso. No sé si esto que pienso es lógico, pero creo en ello. Lo siento como verdadero, como algo frente a lo cual no hay que combatir, sino aceptar. Siempre habrá un hombre -aunque sea príncipe- sobre cuyo destino pueda mandar una mujer. ¿No está el hombre hecho de arcilla, mientras que la mujer está hecha de agua? El hombre es pesado y sucio. La mujer, liviana y pura. El agua modela la arcilla. Así crearon los dioses al hombre: una sencilla e incompleta figura que la mujer completó y perfeccionó. ¡Son tan poca cosa, a pesar de su feroz vanidad! Hoy te he visto, solo y pensativo, y he querido, sin lograrlo, penetrar en los anhelos de tu alma. Me he sentido más valiente, incluso, cuando he recordado el ruego de aquella muchacha:

“¡ No entres, señor, por favor,

no quiebres mis sauces!

No es que eso me apene mucho, pero,

¿qué dirían mis padres?

Por mucho que te ame…

¡No me atrevo a pensar lo que sucedería!

Esto, naturalmente, no podría comprenderlo un bárbaro extranjero, aunque se llame amigo del saber.

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