El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 12

 

Por eso es tan importante conocerlo, hasta tal punto que la precisión no es un capricho estético sino algo que puede cambiar la forma de los objetos. Los demonios y los monstruos fueron engendrados por frases mal compuestas, por inadecuadas letras de las que surgieron fantasmas. Por eso los dioses entregaron a los hombres los caracteres Tsé, las palabras, y así los chinos inventaron la escritura, que es la forma que se da al sonido de los objetos. Desde entonces, como toda palabra puede ser escrita, el lenguaje de China canta, evocando los sonidos de las cosas y sus nombres. ¡Lástima que a ella solo le enseñaron a dominar el pincel Yao, con el que las palabras pueden trazarse de un sólo rasgo, estilizado o rizoso, que resume sin comprimirlo, el dibujo total de los objetos!. Los trazos de las antiguas escrituras, en cambio, parecían contener los secretos  más allá de la figura, hasta el mismo sonido que es su alma y cuya entonación es la llave que descubre sus misterios. A U-Ti se le eriza la piel bajo la seda cuando recuerda los temores de Kang-Lung, el Maestro de la escritura: El Po-Hua, lenguaje del pueblo, se impondrá sobre el Li y el Tsé que, como la tradición de cuarenta siglos impone, es arcano, de difícil acceso porque contiene el tiempo y la verdad. Ella ama el claro hablar campesino, que estalla en sus oídos como el vientre de las granadas, pero, como la fruta, está repleto de impurezas, amargas y hermosas, cuya digestión resultaría inconveniente. De ahí la necesidad de depurar y seleccionar, algo que hasta los jilgueros hacen con las ramitas donde se posan, las abejas con las flores que liban, o los enamorados con sus parejas… Este pensamiento la sobresaltó. ¿Estaría ella enamorada? Recorrió su cuerpo, buscando bajo la piel de curvas recientes y suaves las huellas de la pasión. Le habían dicho que las niñas enamoradas ven crecer sus pechos y poblarse  el pubis más deprisa que las demás. Sus pechos delicados y el escaso vello de su vientre no presagiaban extremos amores. Pero esto no le preocupaba. Simplemente agradecía a la vida y a sus antepasados sentirse dichosa. Cerró los ojos U-Ti, mientras las esféricas gotas de vapor buscaban su cuerpo nuevamente, y soñó que era Haut-Zi, la hija del Dragón del mar, cuyo hijo, engendrado del suave olor de las montañas, debería ser el primero de los hombres nuevos, envidiados por los dioses. Y cuando las esclavas del baño acudieron para perfumarla, U-Ti regresaba del mar, metamorfoseada en el rubio dragón, para presentar a su hijo al Señor de las aguas profundas. Y las esclavas se admiraron porque de su cuerpo emanaba un delicado aroma, como el que cada noche vuela desde la montaña.

 

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