El funcionario del emperador. (Historia de Lí-Tao y U-Ti). 10. Carta de Voltaire.

 

DE VOLTAIRE AL EMPERADOR K´IEN-LUNG,

CUYA BIBLIOTECA DE OBRAS LITERARIAS

SUPERA LOS CIENTO SESENTA MIL LIBROS.

 

Mon Charmant Roi:

 

La vida, según parece, es un continuo ejercicio de aprendizaje. Los poetas, aun cuando hablan del curso razonable de los aconteceres, no pueden vencer su vanidad. “De mi corazón -dicen- una a una van cayendo todas las hojas”. En realidad lo que cae es el tiempo, que alfombra los paseos de renovados otoños… No, no soy otro poeta, sino un artesano de la palabra. Pero vamos al centro de la cosa, como nos pedía Horacio.

 

¿Acaso sólo lo inútil es necesariamente bello? La historia no existe mas que según los distintos enfoques, “los puntos de vista” que dicen los modernos. Yo le escribo, querido Rey, en mi mesa del Café Procope, rodeado de altas viandas, disfraces con que la cocina tributa a la apariencia, ese bien necesario y atroz. También lo útil puede ser bello, como la verdad, a la que debemos acercarnos con pisada de paloma.

 

Lo permitido es siempre algo impuro. En esto, la naturaleza, que casi nunca acierta, no se equivoca: la norma esteriliza y mancha. Casi tanto como los ideales, viejas tumbas de la gloria que encierran el alma.

 

¡Necesitamos tanto tiempo para olvidar lo que sabemos y aprender! ¡Lástima -¿o es un privilegio?- que el pueblo no lo comprenda! Ellos miden el honor sólo por el dinero. Y esa, como mi Rey sabe, es la medida de la fuerza. Me lo dijo un español, miope y espadachín, que más parece un mandarín chino por su entereza, sus máximas y el rubor que siento al considerar su aciago destino.

 

Al menos nos queda la palabra. ¡Pidamos las palabras que aclaran la vida! Nunca podremos conocer por qué nuestros enemigos nos persiguen… excepto porque son enemigos. ¿Y por qué lo son? Yo creo que es ociosa la pregunta.

 

Si no tienes enemigos, o si no tienes amor, de nada vale cuanto hagas. Los ritos y el tiempo amortiguan los golpes del destino, y atienden, como lacayos bien dispuestos, los avatares. No importa la incomprensión -incluso la que nos afecta tan profundamente que hace dudar del propio ser. Primero reflexiona, y luego, siempre, ¡vive!.

 

Es verdad que las obras poéticas y dramáticas chinas, muchos siglos anteriores a nuestras “obras maestras” las superan en fuerza y contenido, y esto es inexplicable para nosotros, pero incontestable también. Como cierto es que mi Zadig es una adaptación del viejo cuento chino, una sátira contra el matrimonio, que fue recogida ya en “El Satyricón” de Petronio y en “La matrona de Efeso”. Es una pequeña muestra de admiración, un homenaje.

Sobre lo que su consejero Ka-U-Tsú me pregunta, acerca de la conexión entre las doctrinas confucianas de la China del S. VI a. de C. y las enseñanzas de la Grecia Antigua, nada puedo añadir, excepto mi admiración por la belleza de la historia -me animo a considerarla así, con menos ironía que acatamiento- de la princesa U-Ti y Li-Tao, el desdichado poeta guerrero. Tal vez alguien, a propósito de estos acaeceres y de los pensamientos que los circundan, diga a no mucho tardar: “Il ne faut voir la réallité telle que je suis”. La realidad, al fin y al cabo, no hace más que equivocarse, cuando sus dimensiones no coinciden con la de nuestros sueños.

 

Su dilecto servidor y amigo,

 

VOLTAIRE

 

 

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