El funcionario del emperador. (4). Historia de Li-Tao y U-Ti.

El hombre siempre añorará aunque no lo sepa, la simplicidad de la mariposa, cuyo vuelo incierto agota las reflexiones preconcebidas. Pero su mente no podía convertirse en la mariposa amarilla que rodeaba las esferas del Universo. Sobre el mapa celeste del Imperio, dibujado preciosamente por miniaturas aladas. U.Tang trazó un signo mágico, el de la única Palabra que define el nombre conjunto de los dioses. Temblaron durante un fantástico segundo los rasgos y los signos, mientras el divino y mínimo secreto se deslizaba en forma de lágrima hacia los cuellos de seda el Hijo Eterno del Dragón. “Quién no se apasiona, es una estatua”, pensó el hombrecillo recordando la oración matutina de los sacerdotes. Al parecer, el único ardor conocido por sus Gurkaim, élite de guerreros, era el de los burdeles, antes o después de la sangre. “Nuestra historia es la historia de las guerras. Compramos las victorias y los placeres. Por eso están vacíos”. Aún indagó en su mente si en alguna parte no sería de esa manera. U‑Tang sentía la soledad del padre cuyos hijos le defraudan. Pero tampoco estaba seguro de que no fuera igual en todas las épocas y lugares, pues el mal es la única constante inalterable. Mucho tiempo había transcurrido, aunque no tanto como el que marcan los suspiros de los dioses, desde que su bisabuelo, conquistador de las estepas centrales del Imperio, pobladas de belicosas  tribus que amaron su libertad tanto o más que su vida, había escrito en los anales de la era: “No des el poder a los débiles, pues se volverán tiranos. Nada peor para el débil que un poco de poder”. Así lo había comprendido, finalmente, su epitafio:

 

Paseo por los escombros del Universo

con mi aterida alma bajo el brazo.

 

A él, sin embargo, le achacaban debilidad, porque no imponía terror, la violencia fácil de la fuerza. “¿Por qué hay dos mundos diferentes, irreconciliables, en el pensamiento? ¿Por qué los ociosos habitantes de uno jamás comprenden a los otros, activos y distantes?”. Como el Bien y el Mal, también eran enemigos el pensamiento y la acción. Y allí, sin embargo, estaba su sueño: recurrente, hostigador de pesadumbres, con aquella voz que era, en sí misma, el ser que reflejaba, envuelta por el velo fugaz del tiempo, la sombra del destino, un paisaje de palabras que recitan:

 

Construye el arquetipo, la historia nacida de leyendas

que inventan los recuerdos.

Construid en la montaña los refugios de U‑Tang,

Emperador de la nieve,

cuyos ejércitos aislados no sucumben,

cuya alma reposa entre nenúfares,

al pie del monte que le hospeda.

 

Se había estremecido ‑cómo no hacerlo‑ al leer aquellos versos del joven aspirante que reflejaban las mismas ideas, enlazadas por el talle del sueño y de los hechos, palabra de los dioses: “En tiempo de nieve me hospeda la montaña de nenúfares”. Eran participes del mismo destino, una inevitable compañía que el azar ignora. Por eso le había atisbado por las celosías de los salones. Era apuesto, pero de arrogancia contenida, como la de quien conoce que la mayor de las fuerzas es la discreción, y su agilidad y presteza tan variada como la armonía de su alma. ¡Aquel muchacho que buscaba su servicio, que era su esclavo, había sido escogido por los dioses para preservar su sueño de la muerte!.

 

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