El funcionario del emperador. (2). Historia de Li-Tao y U-Ti.

El emisario del gran U‑Tang, Emperador de China, era altivo y silencioso, precedido de una majestad indescifrable; la huella de los dioses. Llegó con diez docenas de guerreros y un caballo desnudo. “Sube”, ordenaba su gesto, y Li‑Tao obedeció presuroso. El ejército desmontó en los inmensos patios interiores del Palacio, en las fronteras de la Ciudad Prohibida. A través de galerías ornadas de tapices, esculturas y cuadros de paisajes y dragones, fue conducido a una estancia de jade, con el suelo de oro. De las paredes lejanas pendían los trofeos de conquistas milenarias, custodiadas por cien jefes tributarios. Adivinó en la penumbra el trono, por los diamantes del pico, los rubíes y las esmeraldas de las plumas, el oro de las patas, la seda verde del lomo, y el burbujeo perenne de la eterna sopa de tortuga, alimento de los emperadores‑dioses de China. Se sintió pequeño y poderoso al tiempo, poblador del misterio y guerrero de la mente, pero también invadido del alado fuego de la espada que forjaron los rayos de la luna, una espada que podría hender las odiadas testas enemigas y los secretos fugaces de la magia.

 

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