El funcionario del emperador. (1). Historia de Li-Tao y U-Ti.

Aún temblaba el joven Li‑Tao, dos noches más tarde. El poniente cercaba de olvidos las murallas de la Ciudad Prohibida, y él, paradójicamente, reflexionaba acerca del tiempo. Había desaparecido ‑creía, sentía‑ la sucesión de hechos y acaeceres, esa cualidad que lo hace mensurable. Aún temblaba, sí, dos días después, y nada había sucedido en el mundo, nada, desde entonces. Sólo una fugaz mirada, antes de llegar a la Gran puerta, los altos bronces erguidos, centinelas fantasmales. Una mirada oscura y hermosa, entre dos pómulos de nieve tocados de amapola. ¡Qué difícil resultaba vivir, esclavo de las liras del dios! Sólo la lengua alada y los ritmos de salvajes fresas en el pensamiento, iba a ser rechazado, sin duda, por su escasa habilidad con el látigo o el arco. Pero ‑estaba seguro‑ su poema satisfizo al Emperador. Había sonreído al leer:

 

“Los pájaros, ebrios de dicha

entre el desconocido mar y los cielos,

festejan su locura divina,

emisarios de lo inestable, como llamas

que llueven desde el infinito

pensamiento de los dioses”

Y le había preguntado ‑ sí, le habló, desde su trono alto‑ por qué deseaba ser funcionario en el Palacio ¿Porqué? La dignidad al servicio, la seguridad, la fuerza, el misterio, la cercanía del poder, el poder mismo, la vida. Había sido educado para ello, como tantos otros cuyos padres cifran su destino desde la cuna.

 

“Sólo ellos comprenden desde el vuelo

la locura de tanta belleza,

Nada excepto el inconstante fluir

de cuerpos y espíritus aéreos

resume la vida”.

 

A lo lejos el bosque transitado por los oscuros vientos, y la noche con sus luces infinitas, mensajes del sueño, Li‑Tao meditaba, sí, acerca del único enigma, el tiempo perdido desde aquella madrugada de oro, tras los ojos sin paz de la princesa. Una celosía de mimbre, dibujos de garza. Altas porcelanas que tintineaban, espejos albos y jardines desnudos ‑pequeños tesoros diminutos‑ en los pasillos de terciopelo. ¿Cómo es un jardín desnudo? ¿Sin los torpes ropajes de las inútiles flores?. ¡No, que son éstas la voz irisada de las ninfas! ¿Sin la mano artesana que poda ramas y engasta brazos y cuerpos vegetales? No, pues el jardín ‑y el bosque‑ conocen a quien camina por sus sendas ajeno a la leña  de fuegos domésticos, presente a la belleza de las sombras, y les ama. Algo había hecho saltar los límites de la mente, y la fuerza trajo hasta su pluma de oca la palabra. Adivinó entonces, que algún día, en el enigma, sus labios musitarían junto a los cabellos de seda que juegan en la nuca, ajeno a las miserias que ahora le torturan, las frases aladas del dragón:

 

En tiempo de nieve me hospeda la montaña de nenúfares,

los altos corazones que guardan la dicha de los dioses

calientan mi cuerpo sediento y helado, que no se comprende.

Ese tiempo desdibuja tus facciones,

pero no como una niebla

sino como un objeto imposible”.

“Nada, pensó, escapa a la voluntad el destino, escrito en los alientos del dios; un fuego que arde sin consumirse”. Entraba ya en los umbrales del sueño, indescifrable paraíso. Un viento helado, un golpe de alas quebradas le contuvo, dolorosamente. “Cerca camina el guerrero de la caza”. El cielo mostraba un cinturón de oro, las estrellas el sur. Cien pasos más allá le miró la grulla, de garganta ansiosa. Tenía los ojos nublados, y de la flecha pendían jirones de carne. Con un cuchillo le segó el pescuezo. Murió en silencio agradecido. Li‑Tao supo que había obrado con acierto, pues la vida no puede superar el dolor de la agonía. Soñó con las mórbidas colinas de púrpura y nieve, adivinadas y el calor de su vientre regado.

 

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