Un pájaro azul. (En la corte del rey de Castilla).236

Un pájaro azul

Sobrevolaba las ramas del baobab. ¡Qué bien y qué grande suena! Aunque no debía ser un baobab sino un inmenso granado, porque allí se mecía una fruta roja, abierta como las granadas. El pájaro azul metió su pico y extrajo una pepita, un gajo de la fruta, que era dulce y agrio, como los sueños de un bebé. Supongo. En cuanto deglutió la pieza se sintió raro, no mucho, pero algo raro, rarito, y suspiró. Los pájaros suspiran poco, por el pico, así que se sintió también sorprendido, o era eso, sorprendido y no raro, o las dos cosas, que son una quizás, y entonces habló. Le salió una palabra, y luego otra, y uno de sus hermanos, que había volado junto a él, le miraba también sorprendido, aunque no raro. La fruta seguía ofreciendo sus gajos rojos, y el pájaro azul recién llegado tomó con su pico uno de ellos, lo ingirió y enseguida se sintió diferente, como si pudiera escuchar la voz de la hierba y el parloteo de las hormigas. Y es que era así. Cuando llegó el tercero de los hermanos y tomó su fruta, vio el futuro en una bola de cristal grande como la esfera del cielo, tan claramente que le dio miedo, porque el futuro no es cosa que debe verse tan finamente, siempre hay que celar un trozo, como la guinda de la tarde o una porción de la verdad. Y aún faltaba el último hermano, pues era cuatro, y cuando llegó al árbol y se posó, azul y estilizado, sobre una de las ramas, cerca del fruto maravilloso, el dotado con la palabra le dijo: “Toma y come, y serás como nosotros”. “Ya lo soy”, respondió el pequeño, que era muy sensato, o un poco lerdo, según mires. El otro sonrió, y era de ver cómo se apreciaba la sonrisa en el pájaro, algo notable, tanto o casi como la expresión de dolor o de miedo, que se mira en los ojos, claro, pero no, esta vez se le notaba en todo el rostro, si se llama rostro esa porción de animalito que va de la frente al mentón, porque es que no tienen ni frente ni mentón, y ve tú a describir una escena como ésta. “No” -le dijo-”No eres aún como nosotros, pero pronto lo serás”. El otro se encogió de hombros, aunque tampoco tenía hombros, e imaginó que se refería al tiempo, esa cosa que a todos iguala en un momento dado. Así que, como le apetecía comer, echó el pico a un porción del fruto, lo tragó y enseguida supo a qué se había referido su hermanito, porque vio más allá de los árboles, entre sus ramas, entre sus hojas, más allá de las montañas, lo vio todo, sin que la distancia fuera un obstáculo o una ayuda, sólo el soporte material de los hechos, como diría un filósofo, quizá su abuelo, azul desvaído,  un cuadro estático que reflejara la escena que tenía ante sus ojos. “¡Vaya” -pensó-”No se si esto me servirá para algo, pero en fin…”. Y salieron los cuatro volando, porque no se le había ocurrido que si tomaban otro grano de la granada, ese efecto mágico desaparecería, que es lo que sucede casi siempre que se hace una cosa por segunda vez.

Anita siguió la historia, que cada día enfrentaba a los hermanos con las cosas de la vida, como cazadores y comedores de pájaros, por ejemplo. Pero yo había llegado ya al Club, y al cruzar los umbrales se cruzaban los cables, y era ya otro el tinglado. Me senté en el sitio de Lonsi -¿o era el de Isa, o el de Pili?-. De repente sentí un mareillo, se me fue la cabeza, como suele decirse, y logré sujetarla in extremis. Lo mejor de llamarse así, es que nunca se tomaban decisiones colegiadas, eso era una farsa, como la de los Partidos. Se decidía lo que a mí me daba la gana, tipo Napoleón. Por decir algo que acabara mal. Yo había ideado el Club para leer y optar, pero eso molaba poco, así que lo cambiamos por una mafia que hacía justicia. Decisiones fundamentales. Entonces llamaron a la puerta. Nadie llamaba a la puerta. ¿Habría oído mal? ¿Sería el turboventilador, ese huesecillo que se joroba siempre en el pabellón auditivo, que es como de locos?

-Vestibular.

-Mande.

La monja era de mediana edad, tocada de marrón. Sólo la vi a ella al principio porque las otras formaban detrás, en rígida línea recta.

-El hueso. Es que me invento nombres.

-Ah.

Tenía un tono átono, o sea sin tono, que ya es raro. Me enseñó el recorte y un manuscrito. Reconocí la letra de El Cura, aunque no entendí su letra, nunca la entendía, y él tampoco.

El recorte era lo del cierre de Garoña.

Se había quedado sin trabajo y me pedían ayuda. Lo suyo era el lavado, la limpieza de residuos, vaya. Pensé en endilgarles los que aún no había distribuido por los lugares sagrados, pero me abstuve. Tiempo habría.

-Siempre hay algo que hacer.

Me sonó la voz hueca. Ella asentía, y detrás todas asentían. Satisfechas. Miraban a su alrededor, deseaban comenzar, dejar el Club como una patena. Empecé a desnudarme, porque ya olía. Guardi tenía la lavadora en el refugio.

-Perdone, caballero. Absténgase.

La voz átona me contuvo.

-En realidad quería liberarme de la torpe visión del mundo que, al parecer, es la única real. Purificar mis vestidos, o sea, una catarsis.

-Sí, pero en cueros… No es costumbre. No son modales. Recuerda, empiezas matando a alguien y acabas con faltas de educación en la mesa.

-A la mesa. Esa urbanidad siempre va en francés.

Una monjita tranqueaba. La miré como a un hallazo arqueológico.

-¿Pinta?

La Superiora parpadeó.

-¿Pinta, qué?

-Que si pinta. Los minusválidos siempre están más dotados en algo… Nosotros en el Club les llamamos capacitados super.

La marroncilla sonrió.

.Ah, los discapacitados… Sí, ella pinta… Con los pies.

-¿Lo ve?

-El Cura ya nos advirtió. -Sonreía más-. Muchas gracias por la confianza. Tenemos un médico, recién salido del MIR. Le han mandado a Urgencias y ya va por la media docena de errores insalvables, tres de ellos, caput.

-Será bien recibido.

Lo dije porque suponía que había que hacerlo. ¿Me estaba sobrepasando lo del Club? ¿O es que el Cura era un mecenas intelectual, cuyos dones eran cualidades humanas en precario?

-Y un analfabeto ricachón. Al principio era generoso, pero luego aprendió a leer. Un poco sólo. Y se volvió mezquino. Claro.

-Ese, no.

Fui contundente. El dinero corrompe hasta el mercurio.

La monja que seguía a la jefa le tiró de la toca, como si menease la aldaba del campanón.

-Y Román.

-¡Ah, claro! Le gustará. -Se atusó los faldones. Me dio cierta envidia porque tenían que ser comodísimos-. Es un obseso por el espionaje. Ha escrito el ‘Manual del perseguido’, que regala en el frenopático. ¿A usted no le gustan mucho los manuales?

Asentí. Aquel individuo me sonaba. Le entrevistó una vez Drogata, el presentador televisivo genialoide. Casi eclipsa su autobombo, el culto chavetiano a su imagen divina. No, no era de interés. Las paranoias, según y como.

-Nuestro Julio César del estilo es El Poeta. Y el ególatra supremo, a elegir.

-Mande.

Otra vez el latiguillo. Se repetía más que Mojama, el líder de Occidente. En el Club lo llamamos ‘El Predicador’. Claro que a él si lo aceptaríamos como member. Da bien sobre fondo blanco.

El caso es que cuando se arrió la bandera de España en el Gorrea y pusieron a ondear la enseña de la tele y el pendón zonal, yo me sentí justificado. Es cuando íbamos a confesar de pequeños, los grandes pecados de la infancia, pensar en algo puro, por ejemplo, y entreveíamos la sonrisa del oficiante, poberello, qué sabrá este infante de la vida, pues ahora sentía algo parecido, como si mis ofensas a la moral o a los principios fueran ofensas contra la nada, porque el mundo y las cosas iban del revés. Ya lo dijo alguien, uno de los esotéricos.

-Lo que es arriba, así es abajo.

Yo creía que se estaba refiriendo al Metro, o a los argumentos de un juez cachondo, cuando recibe los hechos en el vestíbulo de la razón, pero no deja que pasen para no empañar su alta visión de la ley, esa espada temblorosa en manos de cualquiera.

Bueno, cerramos el guión de la temporada en el Club con una sugerencia a las emisoras de economía. A los expertos les iba de miedo, como guante a medida. ¿La Bolsa? Pues unas acciones bajarán, otras subirán y otras se quedarán como están. Claro que también puede suceder lo contrario.

-Tres sombreros de copa.

Le pregunté a El Poeta, por si tenía un flús.

-Lo de Miguelito, no, tú no, el Mihura, la gran obra surrealista que suena a coña.

Pues eso, así es la política y la economía y lo de los otros poderes, en este puñetero país. Por cierto, ¿cómo nos llamamos ahora? ¿Llanitos? Porque yo estoy echando barriga. El ministro Desatinos se está haciendo de oro con sus Memorias: ‘el mono y el trío de la bencina, póker de comodines’, prologado por Frasca del Marne.

Desde el despacho del tío Anselmo, a donde acudí para llevar el certificado de defunción y mirarle el culo a la Conchita, ¡Oh Calcuta! ¡Oh, quel cul tu as!, atisbé el nido. Aún no eran azules. Eran polluelos, claro, se atusaban la pelambrera, gordos y nutridos con la contaminación rampante de Quevedo, que miraba miope y galante las terrazas del Ital Café, invasoras benditas del asfalto. Confiados, aún desconociendo la lucha de las arañas y las hormigas, quizás sin ver, ausentes del futuro, fueron ya para siempre el símbolo que andaba persiguiendo. Y me agarré fuerte a las ramas entrelazadas para no caerme, porque seguro que todavía no podría volar.

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