Soy un farsante. (En la corte del rey de Castilla). 234

¡Y qué voy a deciros!

A estas alturas ya me conocéis. Y sabe todo el mundo que soy un farsante, me miro al espejo y sale otro. ¿Qué más da? Quiero dejar que fluya la vida, y que lleno de tópicos ya no me turbe ni la fama ni la piel, y sólo tenga miedo a que me pisen y a que mi novia huela a sudor de legionario. Por eso mismo, en el CDF no se tomaban decisiones, y mucho menos fundamentales. Eso es cosa de políticos y de presentadores de la tele, de tertulianos y de novelistas más o menos poetas. ¡Escoria! En el club leemos y optamos, como quien reza. La última vez por las monjas que lavan la ropa y mantienen los obradores para las centrales nucleares, que se están quedando en paro por la desgracia de Dios. A mí tampoco me hace gracia, por los residuos. Digo yo que si es una energía tan limpia, no sé por qué deja tanta mierda. ¿No sería mejor gastar menos, necesitar menos? Cosas de monja. Como los pellizcos.

Pero lo mejor era oírles. A ellos, contando sus historias, esa vida tan de perfil que mantenían El Púas, El Poeta, Guardi, en fin, menos Lonsi, tan discreta, Pili y sus  bichos, Mamen, la infiltrada, tanto que no sé si se quemó disfrazada de El Sudaca, con sombrero cordobés. Y M vestido de M con el sudario, buscándose a sí mismo y rechazando que eso era él, era yo. ¿Hay algo tan convincente como el exterminio? ¡La Odisea! Y algunas historias de palacio, como el tafanario de La Chata en las terrazas del Real, cuando decía eso de ‘mañana que vuelva el mismo’, arreglándose la falda, apoyada en el balaustre de piedra de Colmenar. Pero es que el Mediterráneo de Ulises era mucho, pero mucho más grande.

Estar loco es una eximente total para la vida. Por eso no hay en el mundo tanta gente. La mitad, por lo menos, hace bulto. Como Roró, el obseso, se espiaba a sí mismo, veía micros y duendes en las chimeneas, y chimeneas en las repisas del teléfono, Roró, un mitómano del espionaje, el tercer hombre, una trinidad de vodevil o de retrete, que escribía anónimos firmados al tío Anselmo y eructaba hacia el hueco de la escalera para espantar cucarachas. A mi hermano le caía bien, porque había escrito un ‘Manual del perseguido’, que él llamaba un dossier para su seguridad. En el frenopático lo leían como el TBO, y Roró vivía empeñado en que lo suyo era monclovita, de 007 comunista, junto a la momia de Lenin y las cúpulas teñidas del Kremlin, o de Basileus, rey.

A Roró Patoso se lo cargó uno de sus fantasmas, un tío harto de que le amenazase con incluirlo en un dossier. La tarde de marras yo iba a meterlo en el Club, y hacerle arder, como ensayo, en la cabina del láser para patos. A Roró le iba al pelo, por el mote. Pero se me adelantó. La frase que pillé parecía de Chandler, sólo que yo he leído poco, y no sé.

-Cualquier cosa que cambie mi vida será una bendición, así que adelante, cabronazo hipodeputa.

Lo dijo con solfa, seguidito, y el otro callaba, pero no fue bastante para aplacar al monstruo que se despierta cuando llega el momento, siempre llega cuando alguien te carga tanto que ya todo te da igual excepto liquidarle, eso deben pensar los marines y los kamikaze, no sé. Terminator. Cuando entré, vaya faena, Roró Patoso me miraba con un gesto verdoso, los ojos vacíos aunque no tanto como su cerebro, un compuesto de ácido y betún, sin alma. ¿O todo dios tiene alma en este puñetero mundo? ¡Trabajazo para el más allá, clasificando y distribuyendo que si arriba, abajo, al centro…!

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