Los viejos leones no deberían morir. (En la corte del rey de Castilla). 228

A lo mejor es que eso del interés por saber…

No es algo general… Me desconcierto, y ¿por qué? Me decepciono, quizás, y ¿por qué? Algo dice que debería ser común, y que eso te satisfaría, porque tú servirías para algo: algo de ti iba a quedar en el conocimiento y la esperanza. ¡Ridículo! Como la semilla y el fruto… Esas minucias.

El caso es que los viejos leones no deberían morir. Deberían permanecer siempre tumbados, erguida la cabeza, llena la mirada de placidez y de majestad. O irse al cielo, y desde allí velar y rugir para los suyos, como Mufasa. Como los héroes griegos. Un viejo león no debe competir con los jóvenes. Ni siquiera las hembras lo entenderían. Debe esperar haciendo otras cosas, en un retiro dorado, quizás recordando, al sol, sin sobresaltos. Y esperar. Si tiene suerte pasará cerca una leoncita despistada, y entonces sí: entonces que no dude en echarle las uñas.

Sixto Floro lo sabía, y el tío Anselmo, los tres hermanos, incluso los gemelos ausentes y vengadores, mi padre… Pero no te equivoques. Esta letanía no significa que todo el mundo estuviera al tanto. Sólo quiere decir que ya no era el momento de luchar por casi nada. Es un tema recurrente: no es el momento de lo que sea. Y luego se pasa, y entonces, cuando se ha pasado, sí que no es el momento de nada. Pero otras veces llega el momento y no estás preparado porque cree que ya se ha pasado, y es un lío. Cuestión de vista, o de suerte. El destino, el karma, y echarle jeta. Los políticos son muestra, y los sindicatos prueba. No dan clavo, y mandan y los demás bailamos a su son. Los banqueros son el látigo y ellos la mano, o al revés. Así manejan la recua, el carro de los esclavos, que no inventa ni la guillotina ni nada de nada. A Sixto Floro, el amigo pelirrojo, le gustaba la cerveza, sabía de barcos, tenía bigote y era un cachondo. Sólo le faltaba ser tía para que gustase a los hombres. Bueno, a los hombres que gustan de las mujeres. Incluyéndome a mí. Cuando le vi en el funeral, y él era el muerto, no podía creerlo, de veras, aquello parecía antinatural, un error de bulto, como si Dios en vez de descansar el séptimo día se hubiera puesto a deshacer su trabajo, a destruir su obra, que hace un rato de nada había visto y dijo que era buena.

Pero ellos, todos ellos participaban de un ideal común, que como todos los ideales acabó con ellos, les consumió antes de tiempo, si eso existe en el tiempo, lo del antes y el después. Y es que aún luchaban por una cosa: las mujeres. ¡Vaya pifia! El Poeta lo dijo en su elegía: Ya no es el momento de luchar por casi nada. Menos por las mujeres. Salvo que al león le gustara suicidarse, o eso es lo que iba a buscar, un final honroso, como el de D’Anuntio:

Una buena morte

tutta la vita honora.

Yo veía el lema en la ruta del cole, por Concha Espina, frente al Alemán, en la casa de Andrés Segovia. A Andrés le dijeron que se olvidara de la guitarra, porque tenía los dedos morcillones. Pero él se rebeló y luchó por una mujer que le devolvió el cariño y no le perseguía por las esquinas como la Inquisición o Hacienda o los paranoicos tipo Usuras o María o el perro memo del vecino, que echa en falta siempre una zapatilla, su almohada, su niño, su baba calentorra. En el último partido de Copa del rey, antes de que se suprimiera, pitaron al himno nacional, como los bolcheviques y los zafios apátridas. A mí me da igual, pero así se llaman. La gente tiene derecho a conocer la verdad, y en ese caso, cuando existe ese derecho, no existe el derecho a mentir. A Sixto Flores, que había leído en Pontevedra, en el monasterio de Poyo, la obra de  Gonzalo Fernández de la Mora, le dio una apoplejía. ‘Nunca pensé que fuera a tener un ictus de derechas’, le contó al médico, bueno, a la enfermera que acudió solícita, le atendió en el banco o como se llame eso que soporta los asientos en el estadio y se dispuso a tomarle el pulso, la temperatura y el pelo.

-¿Y qué es eso de una buena muerte? ¿Quién establece -salvo uno mismo- los paradigmas que encajen en ese terrible, aparentemente inocuo y pacífico adjetivo?

Llegar tarde a la juventud implica llegar tarde a todas las respuestas. Así que no vale la pena seguir preguntando. Llegar tarde a la juventud, demorarse en la torpe adolescencia, tiene eso de malo: Nunca las cosas llegar a estar suficientemente claras. Nunca. Y no sabéis -o sí- la cascada de consecuencias que eso conlleva: Alguien con quien compartir la esperanza y los sueños… Ese alguien no llegó nunca. Sólo compartió el dinero. Ni siquiera la melancolía. Sólo la conciencia de que, al fin y al cabo, fracasar es lo más habitual, lo más normal del mundo. ¿No es el matrimonio un egoísmo compartido? Eso es una simpleza. La vida es un egoísmo compartido. Cuando triunfas. Pero en lo demás es un egoísmo solitario, que suele, y deja por eso de ser solitario y evita el oximoron, evita el griego y el francés, evita ser uno para ser doble, tú y tu nimiedad, tú y la piedra en el uréter o el grito en la noche, tú y la soledad, tu compañera, y eso en el mejor de los casos, casi siempre. Porque en otros muchos, por ejemplo, en el de la chica que llora en la puerta de la disco, porque ¡oh necedad del amor, que tanto se engaña que ya ni a sí mismo se conoce! ha visto a su chico con otra, retozando como un puerco en el charco del vecino, cuyas aguas oscuras y sucias ya no le son suficientes porque la mierda y el dinero cuanto más se tienen más se quieren, se atraen y ya no es posible prescindir del todo de ellos, y al rico le queda algo y al guarro también, por mucho que pierdan o se laven, respectiva o recíproca o alternativamente.

Pero en nada de eso cavilábamos cuando llegó la tarde de los cuchillos. La tarde de los cristales, de los largos gritos, la tarde de la noche que hay en todas las vidas. La tarde de los tiros en el zoo, el hogar de Maqui, el refugio de los miembros del CDF,  nuestro club.

 

 

 

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