Hay cosas que siempre suceden a los otros. (En la corte de Felipe). 225

Hay cosas que siempre suceden a los otros.

Normalmente las buenas. Entonces decimos: ¡qué suerte! ¡Qué suerte tienen algunos! Y les miramos con envidia, o con recelo, como si tuvieran un pacto con extrañas y oscuras fuerzas que a nosotros ni nos miran. Pero a veces suceden, a los demás, cosas muy malas. Entonce decimos: ¡qué pena! ¡Pobre hombre!, o mujer, o niño, o país, o lo que sea. Y nos sentimos inmunizados, lejos del mal, que no nos merece, tampoco nos tiene en cuenta porque somos demasiado insignificantes. Cuando nos toca alguno de estos dos fenómenos, como si cayese un rayo en el ojal de una camisa, justo en el que tiene el botón desabrochado, entonces decimos: ¡esto no puede pasarme a mí!, si es malo, o ¡ya era hora de que yo tuviera suerte!, si es bueno, porque lo primero no nos lo merecemos, pero lo segundo sí. Naturalmente. Cuando pasó lo de Silva yo me volví loco, porque no me lo merecía. Y ella menos aún. O eso creía yo.

En las mejores clínicas también se echan borrones oscuros. El doctor Wall era un super, british self man, pero como a casi todos les falla la intuición, ese poder. Silva llegó con dolores y en la eco salía algo raro, pero no la atendió a tiempo. La mandó a paseo, o sea a pasear, tomar el aire, esas cosas con que la autosuficiencia trata la carencia de energía.

Cuando la llevaron en la ambulancia el doctor Wall estaba en el Real, saludando a Madama Buterfly, pero llegó a tiempo.

-Sabía que pasaba algo.

El tocólogo de mi madre también iba de smoking cuando yo nací. Le sacaron de un baile de máscaras, en el Carnaval de Casablanca, porque yo soy un poco moro, por afección geográfica.

O francés.

Por afectación colonial.

Como español, ni una cosa ni otra, porque no cuidamos las colonias ni la excolonias. Nada. Al contrario que los británicos, la gente con peor oído del mundo. Por eso no entienden otro acento, en su lengua.

Silva tenía ya su niño.

No podría tener más. Se salvó de milagro, pero esto no es un reality show, por el momento, así que ya os lo contaré cuando acabe la serie de los tiempos revueltos, que ya va por el año trigésimo noveno. Casí como cuéntame.

Yo no he vuelto a recuperarme. Sueño aún con mi mal suerte, la de buscar lo mejor, como quien compra lotería seguro de que va a triunfar sobre lo aleatorio, porque no es, como el resto del mundo, juguete de los dioses. Me golpeo la frente contra la pared y maldigo a Wall y a todos los super del mundo,en quienes confiamos a costa del trabajo cercano y profundo de la gente buena.

Como el tío Baldomero. El médico de pueblo, de toda la vida, que me sacó la caña de la garganta, cuando hacía de flautista en la casa de Órgiva, y se me clavó al cerrar la puerta del huerto. Siempre he sido un pelín despistado, como ya sabéis. ¿O no?

 

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