El tío Amadeo era una singularidad espacio-temporal. (En la corte…). 230

El tío Amadeo era una singularidad espacio temporal.

Desde sus dos quintales y uno noventa largos observaba el mundo a lo largo y a lo ancho con benevolencia. Tenía una debilidad, pero era demasiado fuerte: las damas. Y esa paradoja le mantenía en una situación de ruina permanente, a pesar de la herencia de la tía Mercedes, la rica de la familia. El tío Amadeo respetaba tanto su amoríos que no dudaba en alquilar una casa tres meses para intentar echarle un polvo a quien se hubiera podido follar en los asientos traseros de su Cadillac. Pero él tenía vocación de aristócrata, o de maharajá, y sonreía pensando en el anillo que regalaba casi por meter mano a las putillas de su entorno.El tío Amadeo era objeto de burla por parte de sus gemelos y de sus otros hermanos, que le llamaban el buey mudo, como al Aquinense. Vete a saber por qué. Quizás porque jamás levantaba la voz. Hasta aquella tarde. Regresaba en silencio, escuchando los pasos de sus tafiletes de suela sobre el asfalto húmedo de Claudio Coello, y pensaba que tal vez por eso, para escuchar el taconeo de su peso repartido en las piernas y depositado como una ofrenda pedestre a los desechos de la ciudad, tal vez por eso la calle era silenciosa y él estaba callado. Pero sabía que no era así. En esta ocasión al menos, es que estaba triste. La última vez que se sintió triste fue porque se le había picado un Campo Viejo del 64, y era de ver la congoja que transmitía, como en el funeral de la abuela. Ya le habían advertido, pero no se atrevió a luchar con la curiosidad morbosa que le llevó al garito, bueno, al piso de su amigo el guardia, un tiparraco bigotudo que hasta aquella tarde le pareció ordenado, meticuloso y galante con su mujer, una profesora de enseñanza media, que resultó más puta que un ejército de gallinas. El tío Amadeo llevó a su granadina, la mujer de su vida -decía- a quien conoció en la puerta del Tyssen, una víspera de su aniversario de boda, la última, el 28 de febrero. Como había prometido no casarse más, lo hizo, la tercera vez que le pescaron, en bisiesto, el 29 de febrero, para no recordar su aniversario como todo el mundo. Pensaba que cruzar los dedos para no jurar o prometer fidelidad y esas cosas en serio le habían dado cierto gafe, y creía que en esta ocasión, ya madurito, iba en serio. En la casa del guardia, la mujer le atacó, pero así por las buenas, le morreó y le excitó, se lo llevó a la cama y allí estaba, pensando en acabar y volver con su granadina cuando apareció ésta, con las tetas, unas preciosas tetas, al aire, unas tetas que el guardia sobaba con unas manazas peludas y que de vez en cuando repasaba con la lengua, el más poderoso músculo del cuerpo. Amadeo pensó que le habían llevado al huerto, y que era demasiado tarde para saltar la tapia y regresar. Así que eyaculó como un paria, y sintió sus músculos languidecer mustios y laxos como su corazón. Y allí lo dejó para siempre, en aquella cama que no había podido rechazar porque en asuntos de sexo era incapaz de rechazar las tentaciones.

-¿Por qué lo has hecho? -Le preguntó.

Ella le miró extrañada. Y entonces comprendió Amadeo que era un gilipollas.

-Bueno. Yo también tenía ganas de cambiar.

Así de fácil se acaba el mundo, en un intercambio no deseado, cuando el truco es llevar al putiferio una dama de compañía. Pero en aquel caso, luego lo supo, es que el guardia deseaba a su novia, y había urdido la engañifa con su mujer, la Celestina. M. pensaba -cuando se lo iba contando,  como si le leyese ‘las Mil y una noches’, su favorito, qué distinto era el tío Anselmo, el gran mixtificador, elegante, retórico, millonario. O el abuelo Miguel, o su padre, o el tío Amador, aunque de éste sospechaba que quería imitar a cualquiera de los otros con tal de huir de síi mismo, o de que no le reconocieran ni los espejos. Conservador, aburrido, distante…así era el tío Amadeo. Dilapidador por consunción, nada de prodigalidad, sólo bon vivant y a tirar de las herencias. Por algo se llaman ‘bienes heredados’. Miguelito no había heredado nada ni pensaba hacerlo y eso liberaba un poco sus entrañas del vicio de matar al pariente, asesino en la causa, moralmente reprobable. ¿Habría que confesarlo? La restauración del sacramento como una generalidad emotiva, cosmética  y casi norma de higiene, había puesto sobre la mesa, junto con el Apocalipsis de Pedro Romano, el Pedro II, el último Papa, los antiguos pecados de la carne. Los curas acudían en tropel a los confesonarios en su rol activo, como entrenadores del más allá en el más acá, y se habían creado ya las Webs del perdón, donde evangelistas, adventistas, pastores, todo el nomenclator de clérigos y familia conceptual que no ejercieran el sacerdocio católico, suplían los bienes y las bendiciones del Espíritu con charletas de autoayuda. Previa confidencia de las cochinadas o los navajazos que se habían apoderado del orbe. Como en el Jardín de las delicias, un mundo en el que el Edén estaba olvidado y el Infierno preterido, a costa de un mundo feliz, salvaje, surrealista y de pago. Para su gran familia, el mundo era un trasunto del Purgatorio, o el Purgatorio mismo. Y cuanto más ateo era el orbe, más meapilas los suyos, por contrastar.

-Un símbolo, Miguelito. Todo lo que nos rodea.

Querrían decir que lo material es la sombra de lo real, un platonismo de verbena, o es que el platonismo es todo de salón, ya puestos.

-Los curas no son de fiar. Y menos cuando te confiesas.

El buró del tío Amadeo contenía todo tipo de revistas eróticas, pero primaban las de buen gusto, como correspondía a su clase. Y sobre todo al correo desde Alemania, que mantuvo incluso desde antes que los Reich se convirtieran en la basura de todo conferenciante progre. Deutschland exportaba fotos apabullantes, además de bielas y motores completos y los cerebros del bien y el mal. Amadeo, que era pacifista, como todo buen burgués, las clasificó por épocas, colores, poses y ciertos gustos personales, y así las encontré yo -pensaba M.- inocentemente, y así lo relaté en aquella confesión al cura de Órgiva, quien se apresuró a transmitir el secreto al propietario del pecado.

-Me has jodido, Miguelito. -Nunca lo dijo, pero lo decía su mirada-. Me quedé sin cromos.

Porque el clero entonces mandaba mucho. Mi amigo Ted huyó de Irlanda porque no soportaba el dominio delas tres pes: Priest, Politics, Paysans…Y un buen sexto mandamiento era la clave del infierno. Justo a donde me quedé con ganas de enviarle, y donde quiera Dios que esté, por ese pecado contra el espíritu, despreciar al adolescente como si no fuera suficientemente perverso para que su confesión valiese la pena. Aquella fue la última vez que lo hice, en cada garito o confesonario veía la cara de cerdo del develador de secretos, y cuando quería comulgar le decía a Dios que allá iba, sin intermediarios traidores. Lo que más sentí fue perder el tocho de revistas, hurtadas ya para siempre a mi sed de conocimiento. Aquellas figuras, que aún recuerdo, pudieron hacer de mí un humanista y me hicieron sólo un resentido contra los ministros felones de una iglesia que los acoge con gusto y un fervoroso de las buenas maneras en el amor, cosa ésta que me ha ido rematadamente mal, porque si algo se aprecia en el sexo no son precisamente las buenas formas. Aunque ellas digan hipócritamente lo contrario. El caso es que después de precisar que nos dejaron en la inopia, con tanto buen vivir, sólo faltaba la herencia de la expiación, la judeocristiana, el mal del mundo sobre nuestras espaldas, el llanto y crujir de dientes allá y acá, y otros viviendo por ahí tan ricamente. Hasta que llegó Elenita.

Elenita tenía los ojos árabes de una francesa nacida en Oslo, algo más bajita y  de sonrisa tostada como el azúcar moreno. Yo no tardé ni cinco minutos en saber que era la mujer de mi vida, y cuando vi que no lo era ya habían pasado unos cuarenta años. Aún la sigo buscando. Cada primer viernes, en el Club, hacemos una ofrenda a Némesis, la diosa de la venganza, no sabemos contra quién, pero muy en serio, porque quien se la llevara sin dejar rastro me hizo añicos el porvenir, junto con el presente y la mitad del pasado, que entonces era muy poca cosa, hablando en eones o en milenios, o en centurias, o en lustros, incluso en meses y casi días. O en ángstroms. Pero es que un día a su lado era una vida, y yo lo supe. Supe que eso les pasaba a otros, a los otros, supe que esas cosas siempre les pasan a los demás. ¿Cómo se encuentran las medias naranjas si antes no las partes y las separas? Si en ese momento alguien te distrae, por ejemplo, llevándote al cole, a otro cole, o a otra ciudad, o a otra calle, o te pone en ridículo con un bañador de tirantes, o resulta que se te caen los hombros y te crece demasiado la osamenta, o lo que sea, y Elenita no anda por allí cerca, pues desaparece, y sólo Wall-e supo ir tras Eva, agarrado a la escalera de la nave, agarrado al destino como un buen robot, que sabe lo que quiere y sabe decir que no a tanto progenitor y tanto tío y tanto maestro y tanto hermano y tanta coña marinera.

Hoy he visto que cada día me parezco más a mi hermano., Me ha parecido verle, y era yo. El espejo me ha devuelto su mirada, más aún, su gesto, era mi gesto, miraba yo la imagen que el espejo me devolvía, pero era él, seguro, incluso en los matices de menosprecio o de pena por qué sé yo qué, tal vez por serlo, y me he dado cuenta de que no vale la pena seguir luchando por encontrar a Elenita, justo cuando me he dado cuenta de que jamás he luchado por encontrarla, y que he supuesto que mi vida era como era, sin nadie o con quien fuera, porque bastante tenía conmigo mismo, alguien de quien estoy más que harto, creedme. En el Club estiman mucho este desdén, porque es la paradoja… ¿cómo dice El Púas?…algo de la física, cosas del Hawking y esa caterva.

-Un punto de locura. ¿Quién lo dijo? -Silva era muy práctica, no necesitaba nada y caminaba deprisa. Todo según el guión. Hasta que el médico aquél se equivocó, casi la mata, y perdió a mi hijo. Claro, tenía el suyo, pero no era suficiente.

Por eso también le maté.

Un punto de locura. ¿Quién lo dijo? ¿No es necesario para la vida? Para vivir, no para ser un esclavo. Además, miradme a los ojos, ¿no habéis deseado hacerlo alguna vez? Quitar de en medio algún degenerado, alguna escoria, eliminarlo por higiene, sin contar con los jueces que llevan chófer y guardaespaldas y no pisan las cagadas en las aceras, sin contar con los políticos, forrados y fondones, que llevan desde la cuna su coche oficial con sirenas para que sus comadres hagan compras sin atascos, sin contar con la poli, que ya quisiera y no puede, porque ahora toca poner multas y Hacienda es lo único sagrado. Espero que me toque un buen tribunal supremo, el del otro barrio, en el de éste, que le den, creo menos en él que en el gordo de la primitiva. O del euromillones, para cumplir con el programa. ¿Quién dijo qué? Me da igual, es un lío, lo de las citas, y eso de consultar, lo mismo. Me colé en los Juzgados, vaya tela. De vez en cuando consultaban un libraco, ahora que está todo en internet, todo, hasta cómo fabricar la H. ¿Cuántas habrá por ahí, de matute? No las tiran porque los mandamases son tan cobardes como lerdos, y matan si no están cerca. Y la H les puede salpicar. Lo de las citas y los centones es cosa de pedagogos relamidos. Venía yo a casa de Amadeo a que me contase historias, ya sabéis. Y lo hacía. Muchas las he dejado por aquí, en el Jardín. A lo mejor crían, como la gallina de Pili, que empolla pavos reales y los pollos la siguen como si fuera su madre. Lo es, los ha parido. No los ha engendrado, pero eso es lo de menos. La paternidad no es el polvo, eso es la jodienda. Eso, ese puntito de la pajita, es lo que hace falta. Imposible de otro modo ser felices, ni triunfar ni tomar decisiones.

El tío Amadeo se ha puesto serio y eso me hace pensar si no estaré hablando demasiado. Con este pedazo whisky le pasa a cualquiera. O le está dando el cólico.

-Incluso la de mandar todo al carajo.

Pues sí me escuchaba. Esa es la decisión sublime.

-Y… Otra cosa… He leído -señaló los anales del CDF, encuadernados en rojo-  y lamento disentir. Parbleu! No lo lamento: esa teoría tuya  de la duplicidad… ¡Falsa como el oropel! Aunque llamativa. Poco escandalosa, algo ñoña, quizás aburrida como una tarde de adolescencia… ¡La realidad somos tres! -Se echó a reír-. ¡Qué francés suena! ¿O es alemán? Esos dos pueblos, unidos, serían invencibles. Por eso siempre se pelean.

Me acordé de repente: horizonte de sucesos, paradoja del tiempo, cosas así. Aquello me sonaba. Era el pasado. Aquello me sonaba. Era el futuro. Y yo en todas partes. Y en ninguna. O no de la misma forma, o sí. En mi vida pasaba, y pasaba en la forma de contarlo, que era vivirlo.

-Por eso siempre se pelean. Y nosotros al furgón de cola. ¡Ni con América, ni con media Asia fuimos capaces de hacer algo glorioso -y de permanecer en ello! ¿La conquista? Un alarde de abusos y engaños, que ni ahora queremos redimir…. ¡Vaya nación de naciones! ¡Nos merecemos a Patacero!

Yo estaba perplejo, claro. Y eso me gustaba. En las situaciones extremas me encontraba bien, porque suponía que eran difíciles para todos. En las normales lo pasaba fatal, porque pensaba que a los demás les resultaba más fácil lo que fuera, la tarea, la respuesta, conversar, sonreír, cargarse a alguien, robar, rezar, mentir, joder, cosas que para mí eran casi invalidantes. Por eso contesté, o pregunté, espontáneamente, como un insecto que descubre la mano y los acantilados sobre el fregadero.

-¿Y eso de… los tres?

-La Trinidad. Ahí -miró por la ventana- ahí está todo. El triángulo. Tria iuris praecepta, el pubis del mundo.

M. alzó su copa, y el invisible contertulio, el otro, le sonrió. Estaba seguro. Como lo hace el bien y el mal. Como lo hacen la espera y la acción, que cazan juntos en el caos. ¿Por qué se le ocurrían esas cosas? De nuevo supuso que era la locura. Un punto de locura ya no era bastante. Daba igual. Ahora estaba solo, y a nadie tenía por qué dar cuentas de su propia soledad.

 

 

 

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