El tiempo cambió… (En la corte del rey de Castilla). 224

El tiempo cambió. Rápidamente.

¡Y cómo! Cayó la nube: así llaman al granizo, fuerte, que rebotaba en el suelo y permanecía brillando, reflejaba una luz que a saber de dónde viniera. Se refugió en la entrada de la casa, un soportal reducido, minúsculo, que le albergó mientras caía la tormenta. El aire se volvía espeso y transparentaba una sombra, quizá la de nubes furtivas. ¿Y cómo no iban a huir? Quiso, ¿o no quiso del todo? regresar, y algo le detuvo. ‘Ni siquiera hay puerta. Ni dintel hay’, dijo, recordando el ángel exterminador; y el ojo présbita de Buñuel riéndose del mundo. ¿O no? Todo se volvió rojo, o era su mirada. Cayó del cielo un vendaval de fuego, si así podía llamarse el enjambre de llamas que ardían como Dios, sin consumirse, alimentándose del aire. Pronto tuvo dificultades para respirar. Vio un hueco, como el rincón entre la pared y una columna retranca. Se acomodó -es un decir- y cerró los ojos. El fuego le daba frío. Y en eso tan extraño pensaba cuando le vino el sueño, que era su manecita del Apocalipsis. No tuvo pesadillas. No tuvo nada, ni siquiera la vacua sensación del despertar tras una anestesia, cuando sabes que un cierto tiempo se ha ido sin huella. Dio un paso, buscó gente, el aire olía a viejo, y todo el mundo estaba calcinado y aún así pensó ‘alguien tiene que haber, como yo’, y con esa alegría siguió adelante. No tenía hambre, no se sentía, y pensó que tal vez él y no los demás eran el muerto.

Desde esa altura, o sea desde el suelo, a ras del suelo, una altura excesiva para contemplar el mundo, todo se veía sucio, incluso al cerrar los ojos. Silva, la amante de Abel, Silva, la amante de Caín. Pero ella no lo sabía. Silva, su amante. Rechazó la idea, verse envuelto en el trío, el cuarteto, como un caramelo, no, como el residuo de un órgano excretor, un moco o algo así, ni siquiera con la sustancia o la entidad del semen o el exputo. Qué asco. Ni el ruido, los platos en la barra de la cafetería, o los adjetivos en los textos de los escritores empeñados en ser Homero, quizás. Pon un nombre, por ejemplo, Saramago. Y ahora un título: Saramago nunca será Saramago. Otra vez. Por ejemplo, Murakami. Murakami debe estar ahí. Y así, juegas, como partiendo la cara, literal, de esas fotos de frente, haz la prueba, combina unas y otras. La primera sorpresa es que la media no tiene nada que ver con la entera.

-Es que siempre son dos. Diferentes, por supuesto.

No es sólo eso. Es como cuando alguien se muere. Conservas su imagen, pero ya no está.

Me daba náuseas. Ella lo sabía, cuando el otro le apretaba los pechos, como si quisiera exprimírselos, y yo le acariciaba los muslos, y veía sus ojos brillantes, y entonces entraba Isa en el dormitorio, se desnudaba como hace la luz cuando se cae desde el primer rayo que amanece, yo sabía que luego me llegaría la náusea, claro. Pero no cejaba, y con mi lengua mordía esa ingle apenas oscura -la lengua, el músculo más fuerte del cuerpo, ya ven ustedes el juego que puede darse a ese apéndice sin hueso- e iba bebiéndome la vida, para recordarla y poder contarla. Era mi herencia. Ya me la he gastado, soy un pródigo que quiere vengarse de todo, o sea de sí mismo y de la fatalidad que me hizo llegar tarde, cuando ya ellos habían consumado mi venganza.

 

 

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