El rescate de Froi. (En la corte del rey de Castilla). 220

Estaba cagado. No era posible tener más miedo.

El número dos -los había numerado para simplificar el canguelo, y porque no fui capaz de retener los nombrecitos- era tan atrabiliario como el Duende verde, el enemigo de Spider, y tenía los mismos ojos saltones, la nariz ganchuda, la barba hirsuta. Era un tango. Y me miraba como si no acabara de creerse mi conversión, así que disimulé echándome un porro, lo cual estuvo a punto de acabar conmigo. De un gris profundo, me alcé del suelo -estábamos echados en cojines, como morancos, porque era más de izquierdas, supongo- y zapateé con descaro, como un bolchevique. El tío Anselmo me había enseñado que el Estado Mayor en primera línea no sirve para nada. Intenté tirar un regüeldo, pero no me salía. Y es que estaba encerrado, prisionero, y eso me pesaba tanto como unos párpados beodos. Froi dormitaba en una esquina de la habitación contigua -lo veía porque habían dejado la puerta entornada- y eso me hizo suponer que estaba drogado. ‘Lo hacen cada día. Canallas’, rezongué, o pensé, para qué vamos a engañarnos, mientras eché un vistazo de coronel del KGB al número tres, que entró en ese momento.

-Pásame uno, colega -me pidió, señalando el porro.

-Un costo de puta madre -le dije, largándole el chicle.

El número dos se apuntó. Apoyados en la pared disfrutaban del hachís, un elemento que a mí me pone malo, a pesar de cuanto lo recomienda Dragó. ‘Esto debe ser como morirse’, pienso siempre en esos momentos de angustia. Pero luego salgo, porque soy un profesional.

Al poco estaban groguis. Opté entre patearles el culo o rebuscar en la casa. Decidí con pesar que mi obligación pasaba por averiguar lo que se tramaba en aquella célula paranoica. Y topé, en el armario de lo que usaban de despacho, con un sobre envuelto en estraza, como los bocatas de sardinas. Contenía unos planos llenos de señales, como los acertijos de Ferlosio, los jeroglifos de Ocón, un comic de Boixcar, los garabatos de la  Enigma, puntillazos de fórmulas y ecuaciones, rayas y rayuelas. No entendía paja, pero intuí que era enjundioso, así que, temerariamente, me lo embolsé.

Un gemido me sobresaltó. Froi rebullía. Miré a los custodios, que eran condenados angelitos fritos. El chaval me miraba, atónito, así que le hice el gesto de silencio con el índice en mi boca, y me acerqué despacio, dejando en el aire las huellas del miedo y en el suelo las de una transpiración que me inundaba.

Casi sin soltarle -estaba atado como un potrillo- lo conduje al exterior. El paisaje era tan bello que me dieron ganas de quedarme. ¿Pero cómo es posible -me dije- que haya aquí gente con rencor? Son enfermos, claro. Y mientras avanzábamos hacia el bosque y guardaba las ligaduras en uno de los cincuenta bolsillos de mi casaca de pistolero para no dejar huellas, pensaba que yo tampoco estaba demasiado sano. Mi cabeza era una jaula china, con un grillo dentro.

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