El comedor social ‘Vicente de Paúl’. (El rey de Castilla). 219

Cuando entré en el ‘centro de día, comedor social’ de Vicente de Paúl

-que no es un banquero, filántropo o pirata tipo Marc, tipo Machin… sino un santo, lo que viene a ser lo mismo-se me descuadró la peluca y me picaba la barba.

-Es falsa -me dijo un indigente, disfrazado de periodista de reality.

-Como tú -le contesté, hundiéndome en la sopa de monja.

-No te he visto en el hotel.

-¿Qué hotel?

-San Juan de Dios. San Rafael. Mucho santo, mala cosa.

Me entró un cierto canguelo. Seguir con el experimento podía no ser lo más acertado. Sobre todo si no podía engañar a gente tan pava. Había precedentes, un caso duro el del camuflado a quien confundieron con su propio asesino, un baile de zapatos y documentos, y casi le cuelgan.

-Soy yo. El muerto.

Eso necesitaba yo. Que alguien me lo aclarase, para intentar detener la conspiración. Patas se lo tenía bien ganado, pero era el presi, al fin y al cabo, y el otro no le ganaba por soso. Los ciudadanos del lumpen se lo saben todo, plantan cara a la adversidad por costumbre, así que desconocen que lo es, y piensan que el monte es orégano. Un asco. Me quedé y dormí como pude, rascándome. Amanecimos con una aurora que tenía los dedos de cualquier gama de gris, nada de rosados, como la de Odiseo. Bajé por Serrano, hice una visita de rutina a la iglesia del Opus -a ver qué cara me ponía el reverendo- y llegué a La Castellana cuando Madrid ya hervía, porque la ciudad resucitaba muy deprisa, como crece la barba del tío Amador, que se afeita dos veces, y hasta tres, todas a cuchilla como los bandoleros.

Los taxis bajaban vacíos por la calle Martínez Campos. Me detuve en Hacienda, a miccionar -al fin había descubierto la razón de ser de aquel edificio espantoso y devorador- y mientras me la sacudía pensé que Hacienda somos todos, pero unos menos que otros. Los funcionarios deambulaban, sobre todo por los aledaños, fumeteando y cafeteando, que es la dedicación señera de estos paisanos privilegiados, con ese aire de superioridad que tienen los servidores del común.La municipal, en grupos, multaba incautos. Ruido. No había perros paseando cagones por las aceras. ¿Había un bando nuevo o una nueva banda que robaba canes?

Me acordé del intento. Madrid ya era Madriz, y el de la zeta puso un regente, a quien los aristos llamaban petlotudamente regidor y comendador, como Berrugoni. Se llamaba Poncho Lospuentes, un castizo.

 

 

 

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