El ciego entra en el Club. (El rey de Castilla). 223

Paradojas, contradicciones…

Es así siempre, como cuando se rechaza y al tiempo se ama, o por eso mismo, o se acepta porque se odia, es igual. Pero no quería decir eso. ¿Ves? Nos arrastra una noria que no vemos. Y de la que somos -no sólo formamos parte- nosotros y nuestro yo contrario, del universo paralelo… y divergente -que está tan cerca… Dentro… ¿No es algo pretencioso, apócrifo, inventado? ¡Qué más da! Al final, los críticos y los intelectuales dirán que copiamos, que es vacuo, que… los personajes no son fiables… ¡Reíd, malditos, sois vosotros! Y sin embargo, cómo nos gustaría estrechar la mano de Confucio, conocernos y amarnos, desconocernos y odiarnos, entrecruzar las posibilidades y hacerlas interminables. Hacer del insomnio el sueño y del silencio la voz. Y dejar que otros coloquen los objetos que nos pertenecen en las estanterías, haciéndolas suyas, desprendiéndonos de ellos como de un lastre, porque tener es casi tan osado y tan pesado como ser.

¡Cuánta vanidad! ¿Y eso qué es? Escribir como si ya no estuvieran muertas todas las letras del mundo, publicar como un objetivo, que es ese caballo cojo, fundar, como la Madre Teresa -o ellas, las Madres T.- y sobre todo eso, presidir, lo que sea, sobre todo engendros que se llamen corporaciones o banca, o gobierno o comités. ¿Qué es un camello? Un caballo diseñado por un comité. Pero la sabiduría popular canta las verdades del barquero, y basta una ojeada para confirmar que hasta el más lerdo puede publicar, fundar, presidir, y sobre todo salir en la tele, que es como la confirmación de la mediocridad. Llegan las nuevas guerras, cuando ya los plutócratas y los burócratas se han comido el excedente, y la realidad superará tanto a la ficción que acabará devorándola.

Lo único que acepto sin rechistar, del sistema, es el dinero. Por narices. Pero en pasta gansa. Nada de bancos, ni cheques, ni funcionarios. Que trabajen ellos.

-¿Y el ciego?

-También.

El ciego se tropezó conmigo en la acera de la Gran Vía. O fue en Alcalá. Yo iba al Casino, a buscar un poco de tiempo a cambio de la cuota, y me detuve en la acera, hablando por ese artilugio móvil que llaman celular, como si al cuerpo le llamasen anatomía. No se extrañó con el choque pero sí cuando me disculpé. Puso cara de ciego y aguardó un segundo. Junto a mí estaban los empleados de Prosegur. Quedaban para charlar y buscar un poco de tiempo a cambio de su cuota de tiempo. Hacía calor y me refugié en un soportal antiguo, dejando paso al mítin, que se organizó rápidamente. Colgué mi móvil y le invité al Club. Parece que lo estaba esperando, como esos personajes de comic -siempre son usacos- que tienen percepción extrasensorial, o poderes de araña, o recursos de galaxias, infinitos.

-Quiero que escuche algo. Unas voces, o sea la voz de algunas personas. Me parece que hay algo raro. En lo que dicen. O en cómo lo dicen.

No sé si aceptó porque le intrigaba la paranoia o porque no se atrevía a negarse. Lo mío va por ahí. Cuando me dicen sí creo que es porque al otro no le queda más remedio. Al fin y al cabo es el más contundente argumento.

-Iré de ‘observador’.

El ciego y su ironía. No le faltaban arrestos. Ni gracia, si queréis. La gracia sólo se tiene cuando uno se ríe de sí mismo.

Cuando llegamos al Club se echó un suspiro, como si reconociera el ámbito. Me recordó  a la mula que orea el pesebre. No puedo evitar esas imágenes. Pero normalmente no digo nada, por si se ofenden. Un día me pasó con Filipo. Le vi como a Mortadelo, pero en guapo, y dio algo de penilla, porque él no se habría gustado, y eso es una tortura. Que alguien no cargue livianamente con su figura, o con su ser, o con la conciencia, y lo haga con el qué diran o lo que opinen o las sevicias que le lancen. Sócrates estaba tranquilo, porque era inocente. Yo estaría echando el bofe porque era inocente. Así no hay quien se entienda. ¿Es que no hay que hacer nada frente a la injusticia?

-Depende. Si lo sabes. Digo que estás seguro de que es algo injusto. Y que estés seguro de lo que tienes que hacer, y…

No hay manera. Además, eso es algo antiguo. Como las máximas de Goethe. Por ejemplo. Tíos tan listos nos desgracian. Y se hacen daño. Como mi hermano. Claro que las letras de las canciones pop son una mierda. En general. Menos las de inglés. Porque no se entienden.

 

 

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