Deprimente España. (En la corte del rey de Castilla). 216

Me pareció tan deprimente esta España

de Patacero y adláteres -pero aún puede ser peor, como las palizas del Barsa en el Bernabéu– que urdí una narrativa sui generis, tan enloquecida como lo que nos rodea. Es ‘El jardín de las delicias’, otra locura, ésta genial, de la que copio una idea y un silencio, el del cerdo manducándose la toca, que es lo mismo que rezar. Que Dios nos pille confesados, con lo que hemos pasado y lo que nos espera. El caso es que me encontraba plácidamente ¿sentado, acostado, fluyendo, soñando? contemplando el mundo cuando, de repente, me llevó por delante la torrentera. Así me sentía -aún no como la niña del exorcista, digo si hubiera podido verse, no por lo del cuello, sino por el vómito puaf, de modo que corrí ansiosamente, que era lo mío, para recuperar lo que quedaba de la infancia. Fue entonces cuando llegó Odiseo, en el canto VII, y Órgiva era un ancho huerto que rodeaba la casa, lleno de frutales, el palacio de Alcínoo, y mi amiguita Elena su hija, la bella morena, de parasol tornasol, cuánto pastel en las tardes naranja de la fresca sierra. Bueno, mejor olvidarlo, pero ‘una cosa no hay es el olvido’, verso del copión, como Gracián de Odiseo, lo óptimo la mesura, bastante hizo Borges recordando las caricias del tigre. Loor y gracia al genio gruñón. La ansiedad, digo, si me deja la pequeña biblioteca,  no me dejó alcanzarla, era como un círculo en el que acababa siempre en ella, no en la infancia perdida, el tiempo ganado, sino en la ansiedad. Temblorosos y transitorios puentes los de la memoria, y, cuando ya se pierde, temblorosos y transitorios puentes los de las palabras. Todo esto me suena. ¿Qué se dirían Shakis y Cervis en una correspondencia de best sellers? Puentes para salvar el abismo entre universos, ecuaciones que definen el alma y reducen a Dios a la bioquímica -o la biofísica, o sin bio, que lo mismo no está homologado por alguna norma o algún código de barras, barreras para la nada- o para saltar entre el uno y el infinito, citius altius fortius, la gran empanada del Coubertin. ¿Para qué por qué quieres ser parecer superior? Se desprecia al inferior, no se odia a quien se desprecia, se tiene resentimiento a quien se considera superior. Pasa desapercibido, lo demás es un trampa, otra más. ¿Para qué estos ciento cincuenta años, una edad más que respetable, ante la cual todos han perdido el respeto? El siglo XXI se pierde como todos los precedentes, la realidad sigue oscilante y da lo mismo vivir o inventar historias. Y sigue faltando lo de siempre, también: los héroes de Homero, que no es un bujarrón de la City, de internet o del feudo SMS, la neopirámide de Matrix.

 

 

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