¿El poder? ¡Una antigualla! (En la corte del rey de Castilla). 215

¿El poder? ¡Una antigualla!

Como el matrimonio y las discusiones, si vale la tautología. Lo que de verdad mola es la convicción de que no existe. Deberíamos decir ‘el poder por la violencia’, ese falso monopolio al que aspiran todos: fascistas, sociatas, demos… ¡Pero el auténtico está agazapado, como un lobo en la cuneta! Y muerde lo que pilla, o sea, todo. -Suspiró. Aquellas admoniciones empezaban a ser una costumbre. Le preocupaba convertirse en un remedo de filósofo, adoctrinando o, lo que es peor, enseñando, como si eso fuera posible. ¡Un pedagogo social! El perro del rebaño. Le faltaban agallas para ser líder, y las pocas que tuviera las había consumido en la interminable y estúpida tensión con Casandra, afortunadamente desparecida. ¿Qué sería de ella? La sentía resoplar como una morsa, con sus bellos ojos repletos de hostilidad y de miedo, una mezcla tan paranoide que Amadeo, aun en la memoria notó un escalofrío. Nunca se le habían dado bien las mujeres. Bueno, nunca se le había dado bien nada, en especial la gente. Le parecía pertenecer a un subproducto de la especie, una rama mutante, en perfecta decadencia. Y su debilidad, la fobia al grito, la bocazofobia como le decía burlándose el cabrito de Anselmo, le hacía aún más difícil todo, porque lo habitual es hablar fuerte, gritar, gritarse, y para Amadeo las caras se iban transformando en rostros monstruosos, animales prisioneros de la angustia, seres de Bacon que le miraban desde la garganta, un laboratorio que deglutía los ojos machacados, un puré de vítrea gelatina oscurecida por la mierda. ¡Qué asco! Pensó que pensaba y era tan real. ¡De nuevo la recurrente pesadilla! Amadeo odiaba pensar, y le resultaba inevitable. Su pasividad, tan criticada, era el resultado de una patología. O de una diferencia. No actuaba porque le resultaba imposible: tenía que pensarlo antes muy bien, y  no podía pensar en actuar, y por tanto no podía actuar -que era la segunda parte de esa secuencia- porque le invadía el pensamiento de otras situaciones, toda ellas asquerosas, que le quitaban las ganas de seguir pensando. Escribir sobre esto, como hacen algunos sádicos que quieren torturar las tiernas orejas de los desprevenidos lectores, le avergonzaba. ¿Y si tenía que dar explicaciones a alguien o, mucho peor, expresar en público alguna de esas malhadadas ¿ideas? Porque no eran ideas, o sea, entes ideales, sino realidades en forma de pensamiento, que se engendraban a sí mismas como un espacio hermafrodita que generase su propio nacimiento y destrucción, el dios fuera de la máquina, el movimiento perpetuo, lo espontáneo que no estaba y ya está sin medio ni fin. ¿Y todo eso para qué? ¿Para demostrar, una vez más, que estamos todos locos? Esa experiencia hacía ricos a los psiquiatras, a los expedidores de autoayuda, a los gabinetes de yoga, a las agencias de viajes exóticos, a los vendedores de alcohol, de ansiolíticos, de antidepresivos, de excitantes y de somníferos, a los tenderos de la química y de la física El mundo se había torcido el mismo día en que Adán salió del Jardín de las Delicias y Eva le siguió, en vez de ir cada uno por su lado. La serpiente lo preparó de miedo: Tonto eres y tonto serás para el resto de las generaciones.

-Ahora degustemos un Pesus de Ribera, que le da vueltas a ese nouveu Vega Sicilia, más afrancesado que Godoy. Y nada de Romané-Condi. Ni mentarlo.

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