¡Mira, Miguelito!… (En la corte del rey de Castilla). 214

¡Mira, Miguelito!…

El español es un sujeto cabreado y mal educado, que grita a los viejos y nunca respeta los pasos de cebra. Y además se cree que los intolerantes son los demás, como esa clase del neo burgo, solapada por la eclesiomilitar, que tan bien representan los USA. Pero dejemos el sendero de esa mano, que la izquierda es peor, y si no pregunta a los iraníes, o quizá a los chinos. En fin. Que Dios nos pille vacunados.

El tío Anselmo nos citaba cada veintiocho de abril, dos días antes del santo del tío Amador, y uno antes de su cumpleaños y del gemelo boniato, el registrador de la napia rugosa, la excepción vitelina del parto múltiple.

-Lo cambiaron en la cuna, te lo digo yo. Ese no es mi hermano. ¡Farsante!

Lo gritaba al espacio, y acabo creyéndoselo. Acariciaba su malta tostado como el pezón de su cubanita.

-Pero eso no te importa -suspiró-. Mira, será mejor que te vayas de putas, ahora que son rubias y tiernas y del este, o sea, dulces y beodas, y encima no te comprenden, por mucho que les expliques la dialéctica de Hegel, y les gusta el cachondeo, y no te perdonan la vida, como las nacionales, que se agostan por cabronas, y no por pendonas. ¡Esta raza mezclada acabará en el laboratorio de un alienígena!

Conservaba la dentadura blanca como un coralito limpio. Era de piel tersa, como mi padre y los varones de la familia, al contrario que las hembras, atópicas y tristonas. Por eso nos gustaban los tactos del Caribe y el sobeteo de las ninfas. Odiamos la aspereza y el gránulo de los pellejos tiesos, a los que el tío Amadeo dedicó su opus magnum: ‘Los enemigos del coito’, que no eran los curas o la moral, qué va, sino los rasposos territorios de ese tipo de piel.

-Lo que vale es la acción. ¿Desde cuando no subes a Peñalara? ¡Ah! Y siempre votan equivocados, ¡pero insisten!

Al tío Anselmo le gustaban los anacolutos, como a Santa Teresa.

-¿Y las mujeres? ¡Amigo! Las que no te perdonan la vida sólo por mirarlas, te la quitan. Aquí en este país de mierda hay costumbres inveteradas, que son la ley de la especie, como en los hormigueros y en las colmenas: la mujer es una criatura que tiene derecho a sacarle las tripas a sus maltratadores, o sea a todo el mundo, como los banqueros. Son depredadores de la misma familia. ¡Pregunta a tu hermano, pregunta a Cime, anda, monín!

 

 

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