El niño no estaba allí.

La última entrada de ‘En la corte del rey de Castilla’ tiene ese titulillo. El niño no estaba allí. Y es verdad, ahora que ya vienen los reyes, y parece que puede ir encajando el rompecabezas de este ¿relato? tan largo que puede ser una novela, siempre y cuando no caiga bajo la férula de un crítico hebdomadario. O de un premiado. Los premiados son muy celosos de sus dones, y lo que en ellos es imaginación en los otros es desorden. Dicen que los personajes van por cuenta, una vez paridos, y creo que es verdad. Como la vida y nuestros planes. Como la providencia, que debía considerar eso de Zeus, arrojando del Olimpo a la diosa Ofuscación. La providencia, el cuidado amoroso con que Dios protege o ama a sus criaturas, y especialmente a los hombres -y a las mujeres, dirá un sociólogo de las ondas- es un desideratum, a la vista de lo visto. Pero también lo es alguno de los planteamientos de nuestros altos tribunales, cuando aplican leyes injustas y dicen que no tienen otro remedio. Si lo hiciera Dios, aviados iríamos, como decía aquel miliciano disparando su perdigón contra el Messermitch. El niño no está, y no sé si se ha ido o esta vez no ha llegado Ocupados con la crisis y el tabaco, se han fundido las luces del belén. Ayer, en San Pablo, encontré el interruptor tras una búsqueda fructífera, siguiendo el hilo, como Sir Alec Guinnes tirando del cable en ‘El puente sobre el río Kwai’. Esa es la peli que deberían pasarnos en Navidad, y no la enloquecida saga del pobre James Stewart llamando al cielo y sí le oyó. ¡Qué bello es vivir! Que se lo digan a quienes sufren, niños, la violación física, material y mental, de los adultos, delincuentes anónimos, rectos mentores de la sociedad avanzada. Y ya está bien el monográfico de los curas abusones, que parece lo único que han hecho a lo largo de la historia. Hay muchas formas de abuso, de fabricar monstruos y dementes. Que se lo digan a los que a duras penas soportan su dolor, el de la mente o el del cuerpo, o ambos, mientras tanto cerdo hecho a imagen y semejanza de dios, según parece, disfruta sin miedo y sin mesura. ¿Quién ha probado que los malos actos se castigan? No, por el momento, en este mundo. La historia es la historia de las guerras, del dominio o su conquista, y lo que queda para hacer el bien, que se hace, es pura psicología: para sentirse mejor, o porque se necesita. Nadie hace, de verdad, un sacrificio voluntario, porque esa voluntad está mediatizada: por el más allá, la farsa, la mente, los ideales, la necesidad. Bueno, nadie no: hay excepciones, posiblemente, aunque el amor es también una patología. El niño no estaba ya cuando fuimos a adorarle. Ni en la favela, ni entre los niños guerrilleros, ni en los hospitales, ni en las redes de pederastas, ni en el pícaro rincón de Monipodio. Se ha hecho mayor, y fabrica chips virtuales en la segunda luna de Orión.

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