El niño no estaba allí. (En la corte del rey de Castilla). 207

El niño no estaba allí.

Silva recordó el viejo cuento de Monterroso. El dinosaurio aún estaba allí. M. decía que el bicho adecuado para el despertar era el unicornio. El niño. Se mareaba con la celeridad de un relámpago. Lo veía, veía la luz, y una debilidad con arcadas, que debía ser la muerte.

-¡Pero quién es capaz de secuestrar a un niño!

El grito se enredó en el puente de Klimt.

Tantos candidatos había. Tantas manos manchadas. Tanto mal y tanta mierda que elegir no era difícil. No acertar.

Aparcó el Morris en el garaje de los Verdi. M. los llamaba Vinci, porque lo italiano le sonaba igual. Ese detalle recordaba Silva cuando salió a la calle, y en pocos minutos ya subía las escaleras. Tenía que saber dónde se escondían. Llevaba bajo el brazo el Velázquez, como si fuera un kilo de sardinas. Los lienzos sin marco parecen animales desnudos, despellejados, a quienes se les ha hurtado la belleza. ¿Cómo era eso posible? Un misterio más que tal vez un día podría preguntar al Tarot. Pulsó el timbre. La puerta no estaba cerrada. Entró. El vestíbulo en penumbra la recibió en silencio. Tal vez hubiera salido, estaba a punto de regresar, por eso la dejó entreabierta… Cesó en sus cavilaciones al escuchar un murmullo, casi un quejido, que salía del cuarto del fondo. Siempre lo inesperado sale del cuarto del fondo, como el lavabo está al fondo a la izquierda y los socialistas se cargan la economía. Siempre es igual. Así que soltó el lastre y esperó. El llanto se le agolpaba en la garganta, pero no se atrevió a llamarla. Isa podía estar estreñida, por ejemplo. Últimamente todas las mujeres estaba estreñidas, debía ser el agua clorada de Madrid, que mata las tortugas y causa flato. La angustia la llevó inconscientemente, como una sonámbula, hasta la puerta del fondo, y empujó. Entre lágrimas, porque Silva no había dejado de llorar ni un segundo, entre lágrimas, que cesaron por completo y en una fracción de instante, no lo discutáis, porque en la cama estaba él, desnudo sobre la mujer desnuda, el hijo y la madre, follando como dos héroes griegos antes de que Esquilo escribiese su tragedia, y los dos la miraban, como si fuera el cobrador del gas.

Al darse la vuelta y mientras desandaba el camino, Silva pensaba en el lunar del muslo derecho. Nunca se lo había visto a su amante. Abel era de piel pálida, se tostaba como un cangrejo, o sea, se cocía, con un sol mediano, y como le veía ahora más moreno lo achacó a los UVA. ¡Por eso desaparecía en los alrededores de la Plaza de Cataluña! Para meterse en la cabina del Todosol. Tales minucias le extraviaban el sentido, como el mareo que continuaba sintiendo. Necesitaba a Isa, a la tía de Abel. ¡Pero era imposible! Lo que había visto era consecuencia del shock. Cuando Isa le dijera dónde estaban los forajidos recuperaría la calma y terminaría la pesadilla. No, la pesadilla continuaba, pero aquella alucinación la dejaría en paz. Abrió el cuerto de enfrente, dejó el Velázquez en el armario, como un chaleco, y esperó.

 

 

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