Cuando Isa vio a Caín, ¿o era Abel?… (En la corte…) 212

Cuando Isa vio a Caín ¿o era Abel? Acurrucado en el sillón, frente al ventanal,

Supo que era el momento. Agarró con fuerza el cuchillo de cocina, destinado a los tubérculos, filoso y largo como la lengua de una comadre, y avanzó descalza y arpía, sigilosa y maligna, con los ojos de todas las generaciones vengadoras en su mirada. Sabía que estaba loca, o sea, que era perfectamente normal. Por eso sabía también que aquello era necesario, estaba escrito. Miró el cuello, robusto como el de un griego de Miguel Ángel, la vena, o la arteria o el riachuelo azulón de la vida entre los músculos. Caín estaba tan quieto como un muerto. Asestó un golpe duro, certero, y dejó el arma hincada. Así no saldría la sangre, que de otro modo brotaría como un manantial acusador, y sobre todo capaz de mancharle su blusa de Chanel.

Contempló la escena, aguardando. Había forzado la última tirada, y sentía un cierto remordimiento, porque algo en la expresión de La Papisa había cambiado. Se veía cayendo desde la Torre, volcándose como un chorro de fuego para asir las riendas del Carro, y finalmente besando a Silva, junto a la mesa de ese estúpido Jocker vestido de gala, que se creía más listo y más fiero, conquistador de aldeas devastadas. Torció la boca, y por un momento su belleza se apagó: parecía un matón de cine negro, un matoncillo hermafrodita, Willy el Niño quizás, con la violencia de un díptero envenenado.

-Ya está, querida- musitó-. Hay demasiada duplicidad en la vida. Así se compensa tu karma. Ya no se burlará más de ti.

La excitaba pensar que Silva iba a abrazarla cuando lo supiera. ‘¿Lo has hecho por mí?’-diría. ‘¡Claro! Por ti haría lo que fuese’. Y luego, lentamente, aprovechando su languidez, le acariciaría el pecho, besaría su vientre, palparía sus muslos y sus nalgas, llegaría con la lengua al sexo, la fruta del Paraíso.

Algo se movía, el visillo, una ventana, la puerta, no, eran pasos, asió con fuerza la empuñadura del cuchillo. Presionó con la punta de los dedos de la otra mano, sin mover el cadáver, tiró, el arma se desprendió sin esfuerzo, la sangre coagulada, apenas, adherida a la hoja como el insulto de un poeta. ‘Si es Eva la mataré también’, se oyó pensar. No soportaba que su hermana también amara a los hombres. Echó un vistazo furtivo al cuerpo, que parecía aguardar a Caronte, tranquilo, como quien acepta lo que tiene y lo disfruta. ‘Un bon vivant, un connaiseur. Eso se creía. ¡Puaf!’. Isa estuvo a punto de escupir. El ruido había cesado. La casa era muy grande, y la puerta el fondo, que sólo utilizaba Eva -eso creía- estaba demasiado lejos. Salió a hurtadillas.

-La venganza es mía, dice el Señor. -Se echó una risita, de comic-. De eso nada. Lo suyo es la justicia. O eso debe ser. La venganza es nuestra, de sus hijos. Nos vengamos de Él en todas nuestras cosas. ¡Te jodes! -Hizo un corte de manga que en el siglo XVI, unido a la expresión, la habría llevado a la hoguera-. Por lo que nos hiciste. Expulsarnos de ese puto Jardín.

 

 

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