Abel entró en la habitación… (En la corte de Felipe). 213

Abel entró en la habitación justo en el momento en que Silva la dejaba.

Vio a su hermano gemelo de espaldas a la luz, un perfil que se recortaba irregularmente sobre los cristales, con el cuello doblado como si durmiera. En el CD sonaba el aria ‘e lucebant l’estelle’ del acto tercero de Tosca.  El tenor plañía, esperando su muerte, y como una burla al destino aseguraba que nunca había amado tanto como ahora que llegaba su final. Abel sintió la nostalgia del tenor desvelando las formas del cuerpo amado. ¡De cualquiera que valga la pena!, tradujo del toscano, un Puccini insuperable. El cuello roto de Caín y la música de ópera -‘¡qué cadáver exquisito!’, musitó- le trajo a la memoria la actuación de Sara Bernard, cuando caía al foso y un atrezzista despistado había suprimido la colchoneta que amortiguaba el golpe: se rompió la pierna, y malcurada -una workcolic con ansias de cumplir- al final hubo que cortársela.

Hay cosas que marcan la vida. Por ejemplo, que ser solícito, amable, es un signo de debilidad. En España casi todo es un signo de debilidad cuando roza la buena educación. Antes se comprendía mejor, cuando era un país de machotes, pero ahora que está más mezclado que el cócktel de James Bond -aunque él lo niegue y lo agite como si fuera el abanico de Lay Windermere– esto no hay quien lo entienda. La mala uva ha sustituido al águila imperial en el escudo, una uva de importación seguramente, porque lo nacional casi no existe, y lo poco que hay se bate en retirada, como la NATO frente a los talibán. Abel sintió un escalofrío. No era miedoso: sabía que el miedo  invalida la libertad, y eso era lo único irrenunciable en su vida. Suspiró. Por salvaguardarla había muerto su hermano. Y sin saberlo. El muy cabrón había sucumbido a su lujuria, pero no había muerto porque Silva hubiera descubierto el engaño. Una vieja historia, la de los gemelos que se suplantan a sí mismos. Recordó a Miguelito:

-Me encantaría haber tenido un mellizo. Bueno, un gemelo. Univitelino, idéntico. Para ser dos.

Este mundo es macarra, con el polvo y la arena metiéndose en los ojos, y los virus mutantes, sobre todo de los cerdos, que  se encuentran cada vez más a gusto en los canales metabólicos del cerdo humano. Digo del ser humano. ¡Y eso sin contar los móviles! Los llamados celulares en ese lenguaje más refinado de los iberamericanos, hoy llamados latinos, por importación francesa del viejo reino de Maxi I de México. Los móviles han eliminado la ‘first class’ del mundo, que ahora se llama ‘clase bussines’: ya no hay coloquio, ese intercambio personal de palabras: cum loquere, hablar con, mirándole mientras nos atrae o nos repugna. El verbo es carne, y si no, decae y languidece como un pajarillo enjaulado en las ondas.

¿Quién dijo que Elena con h es antipática? Abel se tropezaba con ella frecuentemente, y se saludaban, con una sonrisa espontánea y veloz. Simpa es quien saluda y sonríe.

Contemplaba el cuerpo quieto, que parecía el suyo, el de él mismo. Tenía los ojos cerrados y una expresión ambigua, como dudando que la situación fuese tan grave.

-¿Pero quién es Starbuck? -se oyó decir, rodeando la figura, como si buscase el resorte de una tumba egipcia rodeaba de áspides. Parecía tomar medidas para que el féretro no le resultara incómodo.

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