M. subió al Peñalara. (En la corte del rey de Castilla). 205

M. hizo caso del tío Anselmo y subió a Peñalara.

Allí todo era distinto. Pensaba quedarse, como un lord Byron de pacotilla, romántico y solitario, desprendido, a punto de despeñarse más bien, un corzo cojo, con los zapatones Clarks enfundados en la nieve compacta, sobre el camino. Pero no lo hizo, claro. Recordaba como si se hubiera rodado para él la escena de Cora, la del cartero que llama dos veces, huyendo del hogar, acre hogar, con su fulano, y cómo regresó en un pis pas, mancha por aquí, sudorcillo por allá, y encima sin la pasión rubia de Lana Turner, que tiene nombre de novia de Superman. Se detuvo en la laguna, que le aguardaba solitaria, al otro lado de la verja, un muro de Berlín que le separaba de la orilla, del agua en la que de joven se bañó, la proeza del frío, el imborrable recuerdo de un onanismo virtual, porque a M. las montañas le ponían itifálico, como las gitanillas del Sacromonte. Sonrió recordando la cara triste de su hermano. Cime se quejaba como un boticario sin árnica:

-Me ponen todas, M. Bueno, casi todas. Pero la mía… Nunca pensé que iba a ser la excepción, M. Es una tortura. Estar acostado con una tía que parece el cabo de guardia. Bueno, a mí me lo parece, y encima siempre le duelen las tetas.

Eso fue la noche antes de invitar a Caín, cuando Silva puso la cara de Gilda justo después del bofetón del bueno de Gerald, Gerardito Ford, y a M. le pareció muy raro, como si se hubieran visto antes.

-¿Os conocéis?

Negaron demasiado pronto. ¿Te gusta el bizcocho? Anita siempre negaba antes de de probarlo. Pero su sobrina era índigo, eso decían, tan especial como el pulso arrítmico de la abuela, empeñado en llevar la contraria al metrónomo de la Pleyel, la yaya que no perdía su bolsito de mano ni en el terremoto de Agadir.

Pero ahora nada de eso importaba,. El aire sonaba a verderón y esas cosas de los poetas, se sentía libre, y por eso mismo regresó.

Al día siguiente, desde su atalaya de Concha Espina, la casa que podría haber sido su refugio, contemplaba El Viso y al fondo los montes de Azca. Se le ocurrió llamarlos así, como Fisac llamaba catedrales del siglo XX a los rascacielos de cristal y metales. Le vino a la cabeza como una llamada en el portón de la casona, en el verano de Órgiva. . De pronto se sintió triste. Hablaba en voz alta cuando entró Eva.

-También tienen su belleza los paisajes urbanos. Todas esas cajitas multicolores…

Tenía la habilidad de trivializar lo que fuera, una salsa que tapaba el sabor, o lo potenciaba, la mirada de sus ojazos, que se burlaban siempre. Pero ya no le importaba tanto. Se detuvo en ellos, preguntando una vez más si tenían algo que decirle.

¡Pero ese ruido!

El ruido, la distonía -nada que ver: una asociación paradójica de las que harían felices al tío Amadeo-. Esa era la causa.

-Por eso no soporto a algunas personas. En especial mujeres. Por el tono de voz. -La miraba sin pestañear-. ¿Recuerdas? Yo me detuve bajo la ventana, creí escuchar una voz del cielo… que llamaba.

-¡Caín! ¿Dónde está tu hermano?

Eva musitaba las últimas palabras, deslizándose suavemente por el respaldo del sofá, con la cadencia de un ofidio disfrazado de Miss Venezuela.

M sintió el nudo. Era real, como antes de cualquier pecado lo suficientemente atractivo, como después de no cometerlo. Le valía la metáfora, o como se llamase, porque le gustaba el sonido -de nuevo, sí- y porque el significado era plural o polimórfico o ambiguo, tangible como la admonición de un eclesiástico. Sintió el nudo y un cosquilleo inter cruras que le recordaba sus buenos tiempos. Y como debe suceder en ocasiones extremas, cayendo al abismo, sintiendo el cáñamo en el gaznate, firmando la hipoteca, cosas así, a M. se le entremezcló otra imagen. ‘Una distracción jungniana’ -inventó. Freud le pareció viejo, con esas barbas llenas de migajones. Ni la mitad de elegante que Unamuno, el atrabiliario genial.

-Con María era diferente -se oyó decir. Eva suspiraba respirando, o al revés, y el corazón se agitaba dulcemente bajo sus pechos, sí, sí…

Era lento M. Pero vio claramente que a María, inconstante como los súcubos, le iba el otro lado de la moneda.

-¡Si al menos hablases más clarito!

-Las hijas de Lesbos se dan cuenta con su sexto sentido… Les atrae.

Materia de sueños. Temario para consultas, y a divagar. ¡Tanta diferencia con Silva! La mujer es siempre un misterio, claro, y lo poco que desvelamos lo hacen ellas. Es más fácil deducir un teorema que una mirada femenina. ¡Qué gilipollez! Si son tan listas, ¿por qué no mandan?

-Eso déjamelo a mí. -El tío Anselmo le miraba desde su retrato del despacho. Ondas hertzianas o del tipo que fuere.

Silva… Every inch a woman. M se recordó mirándola, en la oscuridad, bajo la tenue luz de la noche, que se reflejaba, que resbalaba suavemente por sus curvas. Porque las tenía, y así, recostada, acentuándolas en silencio, le parecía un espectáculo fascinante. Un viejo tópico que sostiene las tesis de Humbold y del joven Darwin, y la manzana de Newton y los números de Pitágoras y Descartes y de todos los alemanes que critican la razón, el Estado y los márgenes del folio. Ya lo dijo el tío Amadeo:

-De qué te sirve ganar todo el mundo si no te relames en el charco.

Recordó la jeta de Melissa, la usaca, pidiendo regalos al tío Amador, el pobre. El abuelo lo había definido bien, desde pequeñito.

-Dios escribe derecho con renglones torcidos… Pero a este niño no le endereza ni San Pedro.

Lo del santo aludido era cosa de solideces. O sea, si ese no lo consigue, hay que renunciar.

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