Laq formación ayuda a la corrupción. (En la corte de Felipe). 202

Sospechar que la formación ayuda a la corrupción

Es sólo una verdad a medias. La realidad es más absoluta, si cabe la geometría: no hay corrupto perfecto sin la adecuada, estricta y por tanto perfecta formación, especialmente puritana y científica. La carne entristece -dice el franchute Mallarmée con o sin absenta- y tras la lujuria viene la decadencia. ¡Por supuesto! Está escrito, como todo, que así sea, para darle nuevo impulso a la necedad, que es la madre de todas las cosas (principalmente del Estado partitocrático y de la reverencia social al jeta). Pero esa necedad tiene el singular efecto de favorecer  a quienes la promueven, porque de ella -y de la epidemia que genera- se nutren y nutren hasta casi explotar de prebendas, ocio y mentiras (con beneficio).

Así que la formación no nos sirvió para nada con el muerto. No siquiera discernir si era Caín. O Abel. Hasta que alguien decidió averiguarlo en beneficio propio. Y eso nos excluye, excluye a todos los miembros del Club. Incluidos los advenedizos, que se colaron por equivocación, aunque no por error, porque eso no existe en la teoría del Caos.

Quien se percata de ello y utiliza ese infame bien que le sitúa en las cumbres es como aquel pecador contra el espíritu que dice Pablo a los Romanos. Literatura epistolar de miedo. ¡Temblad, malditos! O sea, habéis descubierto el tinglado y ya no vais a meter más la pata en el agujero del pensamiento. Lo moverás sólo para sacarlo y pisar fuerte. Que piensen ellos y se entretengan pensando que pueden cambiar el mundo (o que nada va a cambiarlo). Por eso me dediqué a investigar, hice de los Manuales mi Biblia -libro de libros, extremo y polimórfico que encierra un dios o dioses como tanques blindados, como bombas o bacterias indestructibles y dañinas- mis truleyes y el CDF: una tapadera. Mi destino no era permanecer oculto, como la luz bajo el celemín.

Uno se corrompe, claro, cuando tiene ocasión. Los puros son aquellos a quienes la tentación esquiva, porque no se la merecen. ‘Nada permitido es puro’, o sea, nada que esté al alcance de cualquiera, o cualquiera puede hacer, es digno de ser hecho. Y en traducción libre, no vale la pena.

El tío Amadeo compraba y vendía. El tío Anselmo se compraba y se vendía. El tío Amador lo intentaba y era el más tonto de los tres hermanos, la triple A, mis tíos por parte de madre, que tenían otros tantos hermanos gemelos, el registrador, el notario y el marino mercante, a quienes nunca veíamos. Sólo una vez regresó el marinero, para matar a los otros dos, a los de los papeles -decía- pero no lo hizo. Se enroló de nuevo y nunca volvió, gracias a Dios.

El tío Anselmo conocía a todo tipo de gañanes ricos, dueños de empresas, que es como se llama aquí a cualquier chiringuito, incluyendo los bancos y las multinacionales. Se irritan y se imitan entre sí y alimentan a la Hacienda pública -que incluso tiene una cátedra, para despistar, en el emporio de la chapuza, antes universitas magistrum et cetera. La H.P. tiene una red de invasión dispuesta siempre al ataque. ¡Loado sea Satanás!

 

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