La virtud es bella… (En la core del rey de Castilla). 203

La virtud es bella, el crimen feo, dice Petronio.

El abuelo miraba desde la terraza como si eso fuera cierto, con los ojos encendidos en la oscuridad. Era la noche de aquel día, un título de los Beatles si se hubieran parado a pensarlo. La luna, Armstrong. A su espalda el Congreso, ametrallado por Patacero. No entiende cómo se cambian las cosas. Y recela del tiempo que le queda para hacerlo y decide que sean otros quienes se esfuercen en arriar las banderas, la lengua, el espíritu. Se encoge de hombros y sonríe. ‘Es mentira’ -dice, señalando el cielo. ‘Todo’. Y es que desde la terraza no se ven los pasos del hombre, en el año 2050, sobre Marte. Alex se rompe las uñitas, todo regresa, los defectos y la ansiedad. Pero ellos, los esclavos del poder, aprietan el lazo de sus perros falderos, le ponen el plato con restos de comida, y una urna rota. ‘Mejor esto que la guerra, y andar degollando’.

Fragmentos de existencia. Estática y dinámica, inmóviles y fluctuantes. Un caos. Persona es ‘máscara’. El Poeta, Carmesí, alias Don Rodrigo, para el Ministerio y su ordenada familia, tenía la vena pesimista y el contenido, o sea, la sangre, eufórica. Jano, un viejo invento, vulgarizado por el trastorno bipolar y eso de los maníaco-depresivos. Siempre estaba hipertenso. Azul cianótico, como los petardos de las nucleares. Bastaba un hilillo de viento para sacarle de quicio y te quería al tiempo como nadie. Un poeta, centro del universo mundo, imprescindible para sí mismo, un odio al servicio del amor. O al revés.

-¡No me vengas con monsergas, M! Todo es relativo, como la comida: si es fría o si caliente, si el grano de arroz está suelto o empapado… No; no es la materia prima, ni siquiera la confección. No: es el point de vue. Y también la trastienda de los interlocutores. Tú eres un inocentón, un tipo de pueblo. Malo pero paleto, sí. Eres un plebeyo. Si tuvieras algo de aristos también tendrías algo de mala leche.

¡Lo que faltaba! Esas broncas me consumían.¡Y Silva poniéndome el trofeo! (Quería creerlo: era tan romántico, tan decadente, tan degradante, tan de buena familia, tan Pushkin, tan francés…). Me tocaba esperar el verano, o una nevada en primavera. Para que el biorritmo se alterase y me volviera la equilibrada y querida pesadumbre. ¡La dulce rutina sin tanta factura que pagar! Claro que cuando el ritual del azteca llegaba a su cúspide, y el hombre de las ojeras y la obsidinia me arrancara el corazón, su taciturna idolatría, que pudo decir el Roa, no iba a bastarle a Cortés, ni al pensamiento del jaguar dormido.

¡Un verano! Nada lo presagiaba en aquel brumoso abril del frío. La sierra explotaba de nieve, como nunca. Algún lobo estepario, quizás de la tundra, como el colmillo blanco, se me paseaba por las sombras del cuarto. Mi hermano había empezado a roncar, con el cambio de píldoras, y yo me encontraba solo. No me apetecía salir a deambular por las heladas aceras de Madrid, y ya estaba talludito para meterme en los lugares de la noche, con los Jaguar de motor en la vereda y las American oscilando como llamas de butano sobre las barras húmedas. Me hacía viejo, supongo, o era el mal de la familia. Me dí cuenta de que facilitaba su huida, La de ella: quería su convicción de que estar conmigo no valía la pena. Quise que alguien me lo dijera, como el ejercicio de una dramatización. Bastaba cambiar el tiempo del verbo, una magia, una patria. Les fabricaba un reloj, un puente, un falso recuerdo. Y se iban, dejándome triste y feliz.

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