Tú crees que tu vida te pertenece. (En la corte del rey de Castilla). 199

Tú crees que tu vida te pertenece; pero no es así.

Todo eso es mentira. Prueba si no a pedir un crédito sin papeles. O con alguno menos de los justos y necesarios. Prueba que las promesas engañan. Si no me crees, intenta hacer con ella, con tu vida, lo que te de la gana.

No sé si se notaba que venía de New York o de San Pablo. Tanto monta, me daba igual. Creo que ese era mi problema: que no veía que ese era mi problema. En Madrid las motos no miran  a los peatones, digo que los jinetes pasan del humano y del reptante, vuelan sin deglutir la esencia que se arrastra, fétida y confusa. Los motoristas miran al semáforo, para no perderse ni un milisegundo, qué digo, ni un nanosegundo de libertad. ¿Libertad? Vanidad, de vanidad. Arrasa, Fangio, ruidoso esperpento. Salir pitando, la ilusión de Nancy, de Barbie, con sus barbas, con sus cueros, machos de pega. Así no vas a hacer muchos amigos, esto no va a comprarlo ni Goebbels para el Ministerio de propaganda. Ni la National, que lo tiene todo, dicen. Debe oler al entrar. Mal, peste. Es posible que los monstruos, al tiempo, depriman y exalten, como Bacon, como Magritte, como Escher, como Velázquez, como Picasso, como Beckett, como Ionesco, como Quevedo, como La Callas, como Plácido, como Pavarotti, como Mozart, como Verdi, como Ludwig, claro. Ninguno paga por salir. Por salir aquí, en el nomenklator.

Las mujeres guay hacen el ‘desperta ferro’ con los tacones. Y con los cojones del descuidado. Pero si las miras apartan la mirada, para que puedas verlas desnudas de su corteza, para que se las follen hasta las farolas. Yo imagino que soy viejo y les gustan los viejos. No demasiado viejo. Un viejo atractivo. ¿Por qué no imagino que les gusto así como soy, joven? Porque la imaginación debe deformar, es el arte de la inteligencia, transforma para existir.

Herencia tímida: como los otros genes.

Soy un poco cojo. Me pilló un tranvía en Bravo Murillo, como a Gaudí. Bueno, a Antonio le pilló en otra calle, justo cuando visitaba su obsesión, que crecía como todas cuanto más la visitaba. Yo estaba frente a la iglesia de Los Ángeles. Tengo cuatro, ángeles, pero ese día libraban. En Nueva York vivía en un rascacielos de un Banco japonés, y en San Pablo vivía en una casa en medio del campo. Como los toros de Bergamín. Ese toro solitario que corre entre los olivos, no sé lo que va buscando. De repente se ha parado, para sentirse más solo. Más solo en medio del campo. Era lo mismo. Con diferentes perspectivas todo converge. Al revés de lo que dicen. Casi todo es al revés de lo que dicen. Por ejemplo, lo que decía mi padre. Era el cura. Su hermano me adoptó, pero mi padre era el cura. Un tipo alto y guapo, que confesaba como Aristóteles, peripatético, paseando bajo los chopos o los tamarindos o el toldo amarillo del Ritz, que emboca el Botánico como un calcetín recién lavado.

Elegir es despreciar, me dijo mi padre -putativo- cuando le pregunté qué hacía con ese dilema. Falso dilema, pienso ahora, pero en fin. Me contó lo de Paris y Afrodita, el odio de las otras, o sea que hagas lo que hagas quedarás mal, porque estás fuera de lugar, estás sujeto a la Parca y al destino y al azar, y al hielo de las aceras que te romperá la crisma. Oye a tu corazón. Desoye tu cuerpo, por ejemplo. Cosa vuole lei!

Mi abuelo -el padre de mis dos padres- leía a Ovidio y esa panda. Me regaló esta Odisea, que es mi libro de cabecera, porque sus versos en prosa saltan como los caballos del ajedrez, describen parábolas en la línea, ocupan espacios vacíos, derriban enemigos, conquistan y vuelvan a su reposo, esperando mis ojos y mis manos. El tío Anselmo decía que mi abuelo era el ganador de la familia Lo decía con envidia, confesada y completa, una envidia que no le impidió tratar de emularle, al contrario, le servía de estímulo, aunque a veces chocaba con un aguijón envenenado, que era la diferencia de perspectiva, el enredo que nos teje la vida y que nosotros utilizamos para apresar nuestros miembros y nuestro coraje

-¿Por qué lo dices? -Yo le preguntaba como un mendicante al oráculo.

-Porque se cansó de hacer la declaración de Hacienda y de recoger las notitas de la Agencia tributaria, que él llamaba las cagaditas de las palomas en el alféizar. El abuelo era un poeta.

Se reía, como un jabalí. Porque los jabalíes se carcajean entre los brezos y la jara, sobre todo cuando ya ha pasado de largo la escopeta. Son unos cachondos tarados, repletos de hormonas. La hembra del jabalí siempre corre delante, huyendo, como las ninfas de Diana de El Prado, perseguidas por los sátiros, que tienen patas de cabra y una barbita como la de El Púas. El Púas toca todo lo que cuelga. Es broma, toca todo lo que tienen cuerdas, y la bandurria con púa. A veces también la guitarra.

-Suena más limpia, como si aguardara ese tacto tan especial.

En el Club poníamos Mozart y esa gente. Yo prefería los conciertos de Wagner y Rigoletto. Sobre todo cuando dice eso de ‘panchula’, que me hace muchísima gracia. ¿Te imaginas a mi hermano, por ejemplo, llamando panchula a Anita?

-No llores más, hijita mía. Non piange piu, panchula.

Anita llora como si se lo creyera, como si tuviera obligación, como si de verdad lo sintiera muchísimo. Lo que sea.

-Pues así está bien. Hay que ser auténtico.

El tío Amadeo -en la familia proliferan los nombrecitos clásicos- decía que ese debía ser el objetivo de todo mortal. No el bienestar programado, sino el ‘nosce te ipsum’, que libera. De verdad.

Así que mi abuelo lo mandó todo a la mierda -lo que no se quedó él, claro- y envió una tarjeta al ministro, que decía.’Trabaja tú’. Y no se lo puso en latín para privarle de la salvación eterna, que como todo el mundo sabe viene en latín, y porque sonaba más flojito y le gustaban las ‘tes’.

-La negación es un muro. La afirmación, debilidad. -Me decía, cuando dejábamos en el cole a mi sobrina Anita, que se aburría jugando al balón-tiro. La niña se colocaba la camiseta de fosforito y observaba el entorno como un aguilucho antes del primer salto.

-Yo fui campeón -Le comentaba al tío Amadeo, señalando las torpes maniobras de los peques-. Pero jugábamos con pelota pequeña, para poder lanzarla con más fuerza. Es que antes éramos más cabrones. Los niños.

-No creas. Siempre es igual. Son tanto como sus padres. O sea, mucho.

El tío Amadeo fue siempre el soltero de oro. La gente, las mujeres, creían que estaba forrado. Sólo porque lo aparentaba. Él no hacía ningún esfuerzo por desmentirlo.

-Las apariencias, Miguelito. Las apariencias son el secreto de todo. Por eso los gurús, sacerdotes, ministros de algo, masones, kukús y cocineros se ponen hábito. Cuanto más largo y con más pedrería, mejor. ¿No ves las drag-queens?

Yo no sabía exactamente lo que mi tío quería decir. Pero me gustaba escucharle, porque tenía la voz profunda, y nunca se sonaba la nariz. Un misterio. Sobre todo en una familia de mocosos, como la nuestra. Un día se lo pregunté. Sonrió como si se le estuviera pasando la anestesia del dentista y el labio iba cayendo poco a poco hacia el hombro, con sueño.

-Es la costumbre. De la Curia, ¿sabes? No se llama así, porque hemos perdido las buenas formas. A veces la porquería se acumula y antes de que te caiga encima, o te la quitas o la estampas. Es como la educación en la mesa. Fundamental. En la mesa y en el juego se conoce al caballero.

Hay que saber perder. Es el lema. Lo de la educación me suena a lo de siempre, o sea que expiamos culpas y sufrimos, como bajando los codos para partir el filete. Es una manera de odiar el mundo, darse cuenta de cuánto nos fastidia. Pero no le demos importancia. A mí no me gusta perder, ni que me fastidien. Tampoco que me hagan perder el tiempo, aunque eso no lo tengo dominado. No sé exactamente cómo se aprovecha o cómo se hace para que los demás no te lo quiten. ¿Como sacarse un moco o escarbarte una oreja?

-El dinero sirve para aprender a guardar las formas. Si no, no sirve. Te hace servirle, se convierte en tu amo. El dinero es un invento del diablo para volver a la gente loca, y lo ha conseguido. Pero si con él mejoras tu educación, se rinde y te deja salir del manicomio.

Ya os digo. Yo no entiendo bien a mi tío Amadeo, pero me gusta lo que dice. Además me prepara unos batidos de Colacao en su casa de Quevedo, porque es mi padrino y siempre dice que estoy flaco. Me recuerda a la tía Hermi, cuando me cuidaba de niño, en los largos veranos del sur. El tiempo entonces era distinto. No íbamos a su encuentro, no se nos habría ocurrido nunca que alguien pudiera perderlo y luego retroceder, o avanzar en su búsqueda, añorando lo que fuere, algo tan inconcebible como estar en el mundo sin ser feliz, un concepto que jamás se pensaba, ni se deseaba tampoco, algo que se bastaba por sí solo, que éramos nosotros mismos.

-¿Tú también?

-Pues claro. No soy tan diferente.

-Te lo has creído.

Ahora, mirando al tío Amadeo, en sus pupilas grises de gnomo sabio veo cosas, y me avergüenzo de ser tan descarado, pero creo que él no se entera, está demasiado ocupado con sus cosas de mayor, de sabio, de rico, está demasiado ocupado intentando olvidar y creyendo que hace lo contrario. Sobre todo veo cómo todo cambió de repente, cuando mi hermano decidió que yo no valía nada y transformó mi tiempo en algo ajeno, que debía ganarme escarbando como un perro sobre su mierda, un tiempo que no constaba de tiempo sino de sombras, acurrucadas sobre el vacío para empujarte. Y comencé a sentirme fuera de los carriles por donde circula la sangre que se vende en los mercadillos del sábado. Fuera de los lugares donde alguien pudiera reconocerme.

Bueno, comprenderéis que esto no es lo que se llama un cuento de hadas. ¿O sí? La importancia de las cosas está en función inversa de la solemnidad con que las tratamos, y nada merece ni un segundo de melancolía, y menos de tristeza, y menos de jaleo, excepto un buen gol por la escuadra, o el grito del urogallo cuando busca pareja, escondida y anhelante, golpeando las teclas de un piano viejo amarillo desafinado.

Nunca eres el mismo. Pero siempre son otros quienes te lo dicen, cuando te cambian el collar: ‘Pareces distinto’. Suena casi tan peligroso como ‘qué bien te conservas’, o ‘estás igual que siempre’. Ese adverbio -que ha pasado por muchas vicisitudes conceptuales, o sea, nombrecitos, cosas con las que se entretienen los burócratas- significa de todo. Por ejemplo, nunca, o todavía, o casi nunca, o apenas, o hace poco, o demasiado, haz una prueba, juega con las palabras y verás el puzzle. Los mismos amos no duran demasiado, por eso pareces diferente. Se creen que eres el mismo pero que no lo pareces. Un día ya no lo soporté. No lo soporté más, si queréis. Cuando se habla así, es que uno está ya histérico, o es un frenópata, o se le ha ido la olla, o tiene una biela floja, y ese ‘más’ es una escalera resbaladiza de peldaños infinitos. Vaya coñazo, subir, y subir, y cuando quieres bajar, pues bajar y bajar, y siempre en los peldaños, un viaje arriba y abajo, asido a la barra como un contorsionista con reuma, falló el triple salto mortal, cataplás. Una escalera de infinitos peldaños afilados, cuchillas, cristales, navajas que se van turnando bajo tus pies desnudos. Pero lo peor eran los golpes, golpes al abrir, al cerrar, al pisar, al caer, al subir, al fregar, al peinar, al torcer, al mirar. Golpes secos, malogrados, con recochineo, golpes. Y arrastrar cosas, ninguna de ellas iba en vilo, en brazos, sujeta, alzada. Todas iban a rastras, arrastrándose, como si pesaran tanto y tanto que… Así que un día ya no lo aguanté más. Me sentí tan bien que pensé: “Me he muerto”. Y enseguida pensé: “O se han muerto todos los demás”. Ambas cosas, una y otra, tenían que estar unidas. Una esperaba a la otra como el agua que va por su cauce y va por eso unida, se acompaña a sí misma sin que nadie, ni tu mujer, pueda llevarte la contraria por afirmarlo. Un tema de Almodóvar. Un día ya no lo soporté más, y apenas me daba cuenta de que lo que no aguantaba ni un segundo más era a mí mismo, que estaba tan harto de soportarme que sólo la idea de desaparecer me ponía eufórico. Sólo se piensa cuando se folla poco. Y ese mal no caduca, se queda ahí, como el pecado.

¿Qué pasará ahora que me quedo solo? Cuando entre en casa, dé la vuelta a la llave y cierre la puerta pasados esos segundos que no existen porque el tiempo se suspende aguardando que alguien te reciba. ¿Qué pasará con el eco de tu paso, con la carraspera que choca en la pared y regresa sin querer -iba a decir poseer- otro cuerpo? Las ceremonias siguen invariables, la más importante sacar la basura. Pero ya Paco el barman del pub no te mira lo mismo, ni el conserje, ni la vecina, porque ya no tienes secretos, eres un tío solo, y estás desnudo como te parió tu madre allá por los años de Mari Castaña. Debería estar prohibido. Sí, debería estar prohibido eso de convivir, porque luego te arrancan la piel y hasta que la mudas pasan muchas serpientes por el Paraíso. ¿Por qué tienen hijos si dicen tanto eso de que no les aguantan? La mirada al suelo, la expresión de magistrado con trienios gastados en el sillón, ni siquiera triste, algo menos que eso, absorto en los pesares de la edad, no el propio tiempo, la propia edad, no, esa no existe, va pasando pero no existe, es la otra, la de los otros, una linterna mágica, el viaje a la Luna, el regreso del Capitán Trueno, los sueños. En el sofá Alex dormita, feliz, claro, porque los niños sufren sólo si han estado con los mayores un mínimo de dos horas, la franquicia del virus, el tempus de la bacteria, imposible combatirla, hazte su amigo, crece, olvida a Peter Pan, ve a la fiesta, sé real.

Nadie debería aguantar al otro, y viceversa, o sea que el mundo no existe. Un desideratum tipo imposible, como los apotegmas de Nietzsche. ¿No lo sabemos al nacer, no está ya escrito? Te miran, no te preguntan, te golpean, así se recibe al nuevo. Una frase hecha que desvela la necedad más aún que el gesto huidizo o severo o cabreado de la mayoría. Y las cosas te dan la espalda, se acabó el vino y los limones tienen moho, la nevera tirita y te haces un ‘capuccino’  que está amargo. Te viene la extrasístole, que es como un gol inesperado cuando vas ganando con la gorra. Nada grave, pero incómodo, sí. Aunque sea tan narcisista, o tan ingenuo, que busco en mi desgracia esa estética del romanticismo, la de Larra disparándose en la sien y la sangre que vuela como mariposas de color púrpura. Poniendo adjetivos felices a la desdicha, que no tiene remedio porque es una palabra muy jodida. Si quieres temer algo -¡qué bobada!- teme lo pequeño. Es más probable y más divertido.

¿Pero de qué vas, mamón, con tanta mugre? Me desperté y el sofá estaba aún caliente. ¿Habías estado conmigo o era yo mismo Parte de mí, que se recogió en el momento último, para doblarse o desdoblarse. Aunque sabía que iba a caerse dentro se asomó. Y se cayó, pero todo fue tan rápido como un parpadeo. Se cayó dentro y ya no pudo salir. Alex quiso meterse en el agujero. Los de Ribertrola, esos que contestan siempre las reclamaciones diciendo que reclames al maestro armero y que ellos son perfectos, y remitiéndote a sus cómplices de la Administración para que te revisen el contador, estaban con un boquete. O eran los del gas. Esos que te cobran como si fueses a financiar tú solito el gasoducto de Ucrania. Alex quería meterse dentro, pero lo vio demasiado profundo y no es tonto. En la calle Serrano unos pivotes y separadores de diseño acortan la anchura de la calzada, se organizan atascos monumentales, los autobuses arremeten por babor, nos acurrucamos en el coche, y no hay operarios, no hay agentes de lo que sea, sólo estupor, más allá de la convicción silenciosa de que Madrid es la ciudad más maravillosa del mundo, entre otras cosas porque no es obligatorio el catalán, ese vaso de agua clara que antes convivía y ahora aborrece al castellano por Decreto. ¿Qué pensará el rey de Castilla? ¿Y el conde de Barcelona? Nos hemos dado un golpe fino en la cabeza, justo debajo del arco superciliar, por donde dormita el centro de todo, eso que nos frotamos al quitarnos las gafas. Ya llevas puesto el cardenal, o el esguince, o la pata quebrada. Si no es como esas veces en que algo pasa y luego cambia y vuelve todo a su ser como antes. Arrabal llega siempre tarde, como Dalí, Tienen que llamar la atención porque son pequeños, feos genios. Me preguntó: ¿Quieres ser feliz? ¡Vaya tontería! Ante la duda, siguió: ¿Quieres ser filósofo? Yo conozco un filósofo. También conocí a Aranguren, a Marías, a Laín y a Zubiri. No sé si eran futbolistas, la media de La Leontina. Rió a carcajadas: Es la dilogía. ¿Y eso qué es? Una vaca, ¿sabes? Con dos cuernos. Como todas. La piel de buey sirve para hacer sillones donde descansar, mirar por la ventana y tirarse de los pelos. Hay obras de teatro con muchos personajes. Me pierdo entre ellos, y al final no sé dónde está el teatro y si estoy dentro. Pero las de uno solo son peores, porque al final no sé si soy yo.

Cuando se daba la felicidad empieza la contrariedad. Convalecencia. Es lo mismo, o sea tiene el mismo origen y el mismo fin. Viajes o estés quieto, sueñes o veles. ¿Y si fallas? Al final la carne entristece, pese a las novelas y a la envidia. Y a la ingenuidad. Pero cuando venga el vacío, huye. No vale la pena conocer la verdad. Nunca.

No sé qué me pasa. Nunca lo he sabido, si es que tengo que saberlo, saber algo, o si me pasa algo. Lo digo porque cuando no me saludan me pongo histérico por dentro… Tengo una teoría: la gente que no saluda no existe. Nos los imaginamos, pero no están ahí. Y luego están los héroes anónimos, los únicos de verdad: no van de ONG, de excursión al Chad o a La India, no: se van con lo puesto y las manos y el corazón, o hacen cada día la cama y la comida y cuidan al enfermo o sonríen cuando no les llega el dinero para pagar el arroz. ¿Eso existe? Es lo único auténtico, creo.

No están ahí. Y no quieren estar porque en ese caso se esforzarían, dirían con el ‘hola, buenos días’, ‘aquí estoy, quiero vivir’. También tengo la teoría de que somos dos o tres. Y que a mí todo me saldrá mal porque sólo estudié de pequeñín y de joven. Y no viví nada. Pero nada de nada. Y eso se paga para siempre. El problema no es que yo vea cosas en los ojos de los demás. El problema es que los demás, que no ven casi nada, sí ven cosas en mis ojos. Y salen disparados, porque no les encaja. No es que les disguste. No; es peor. O diferente: no les encaja, les saca de su sitio, y se ponen a buscar ese sitio u otro, para estar cómodos. Pero no lo encuentran. Yo sí. Yo tengo un día muy largo entre las manos, y en una parte de ese día hay un dios, o sea, eso creo, me acusa de algo malo siempre, pero le aguanto, lo soporto, y es que mi alma sufre. No os riáis. Me lo dijo el tío Anselmo, o el tío Amadeo. ¿Son dos? ¿O sea cuatro? Me dijo: ‘Hay que ver lo que sufre este niño’, bueno, se lo dijo a mi madre, que siempre se frotaba las manos como si esa piel que os digo comenzara a mudarse por los dedos, o como si se quitase un guante de plástico, o sea de látex, de cirujano, o de fregar, pues luego tarareó, con el puro y el whisky mezclados, una coplilla que sonaba ‘sufridora es el alma que llevo’, y a mí me parecía que la llevaba a la grupa un caballo que se llama Al-Burak.

 

 

 

 

 

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