Ser de Madrid es una equivocación. (En la corte del rey de Castilla). 193

Al principio, mi abuela decía

que ser de Madrid era una equivocación. Luego fue cambiando, primero suponiendo que era un despiste, o una casualidad ser de un sitio tan grande que uno no conoce a casi nadie, cuando lo natural es salir a la calle y que todo el mundo te salude. Más tarde, en sus paseos por el Retiro, el colorcillo que mi abuelo llamaba ‘arrebol’, porque era un romántico, denotaba que había vuelto la sangre a circular por donde solía, o sea que mi abuela estaba más contenta, aunque aún le daban miedo los asaltos incruentos de las gitanas con su cantinela de profetisas o videntes. Yo la recuerdo vagamente, aunque ahora lo hago con un interés formidable, tanto que me gustaría decirle lo valiente que soy, y que los viajes, ya me contaréis, no me producen ningún temor, y que llevo a Odiseo en la mochila, eso sí que es un viajecito.

 

Hay cosas que se conocen y no se saben expresar. Esta historia recoge muchas de ellas. Pero tampoco deseo esforzarme demasiado, pues la escribo -o la pienso- para demostrarme a mí mismo que se puede vivir más de una vida al mismo tiempo, que todo es un viaje -aunque no nos movamos aparentemente del sitio- y que, en realidad, somos dos. O más. Cada uno de nosotros, dos por lo menos. No me digáis que no conocéis al otro. ¡Lástima! A veces pasa toda la vida sin reconocerse…

 

Madrid, ahora Magerit o Megamadrid, cuando comienza la primavera -mucho antes de que acabe el invierno- y hay nieve en la Sierra, es la ciudad con la luz más bella del mundo. Algunos lo supieron, y por eso la cuidaban como un tesoro, mirándola y dejando su rastro en cada paso, como la sombra de Peter Pan, pegada al cuerpo como si fuera el alma. Velázquez, por ejemplo. Uno de ellos. El otro se fue a Italia, buscando otra espléndida luz bajo el cielo del Mare Nostrum, acuchillada de los viejos etruscos, y pintó sus maravillosos colores impresionistas. La celadora de El Prado me sorprendía un miércoles sí, otro no, ante los dos cuadritos, ahora éste, ahora el otro, de las villas romanas, sin imaginar que Don Diego, el antepasado de Silva, había saltado un par de siglos con el pincel, hecho  con el primer corte de pelo de un bebito.

 

Yo veo amanecer de vez en cuando, pero siempre, cada día, me detengo ante el poniente. El sol regala sus interminables matices, de oro y de violetas, a las modernas catedrales de cristal, frágiles y fuertes como la palabra de un teólogo, donde su luz se transforma en diamantes.

 

Me llamo M. Pero eso ya lo sabéis, claro.

 

En la soledad, mi otro yo me busca, para alejarme. ¡No estás solo! Dice, e intenta sonreír. “Tampoco los otros son felices”, continúa. Parece una estadística. El guión de un programa de voluntarios sociales. Como si el mal, o la ausencia del bien, estuviera en todos los ojos. Yo miro a los ojos y casi siempre me apartan la mirada. Nadie quiere comprometerse, supongo, con su verdad.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: