Ingenua, si. (En la corte del rey de Castilla). 192

Ingenua, sí. Pero de eso se trataba.

Un cambio en la forma, que era un zambombazo en la línea de flotación del sistema. Teníamos que comprobar si el giro a los principios iba a servir para algo. Yo soy un pesimista antropológico, claro, así que no me creo nada, y cuando me levanto cada mañana sé que me están manipulando, como los semáforos que cruzo para ir al parque, desde Concha Espina. Cuando sorteo las cagadas y puedo mirar al cielo, las nubes me saludan, como los grandes pájaros, o sea los grandes dragones de los cuentos. No sé si tendré hijos algún día. En el fondo no quisiera, porque sería como meter los dedos en el suflé. O mejor en el aceite sin saber lo caliente que está, como hizo un día mi cuñada, que estaba algo más nerviosa que de costumbre, o sea, frenopática. En fin. Hoy quizás vaya a El Retiro, mañana a El escorial, y así todo, porque El Prado ya me cansa, y cuando veo los cuadros de El Paraíso me acuerdo de Eva, y cuando veo Las Meninas, sobre todo el perfil de María Agustina, la del búcaro, y además imagino la cara de Silva sobre el hombro derecho de su tío, Don Diego. Ya me diréis cómo, pero la veo, asomándose, mirando sin rebozo a Sus Católicas Majestades, que observan con orgullo a Margarita, la niña de sus ojos.

Cuando miraba con Silva el centro de ‘El Jardín del Edén’, si me fijaba en ese punto nítido que está más allá de la pintura, podía entrar en la esfera del tiempo, una bola de cristal que me enseñaba el pasado. Eva purificó la muerte de Caín -fue Abel quien le mató, ahora ya lo sé con certeza- matando a éste. Pero había otro: un tercero, que me rompió los esquemas, esta vez para siempre. El trigémino. Fue él quien impulsó las acciones de su madre, poderosa como Gea, hasta obligarla a prostituir su propia esencia de mujer, como un Urano devorador de sus hijos. En fin. La calle Bravo Murillo sigue igual, con un viento del este que barre las hojas de las pobrecitas acacias, sobrevuela los charcos más o menos aceitosos y se pierde en los teatros de Canal, donde ahora se representa una versión calva del ‘Proceso por la sombra de un burro’, la obra favorita de Lonsoles. El Club ha cerrado, o mejor dicho, todo el entorno, desde la masacre del 36, como la llama El Poeta, porque los disparos de los guardaespaldas se concentraron en ese número de la calle, entre los orangutanes y el aviario. Hemos destruido los archivos, para que no quede rastro de que un día fuimos tan ingenuos. Pensar que a alguien iba a interesar otra cosa distinta de la violencia es desconocer el lema del siglo: la agresividad. Odiseo me sopló que él también fue un ad-gradior, o sea, que iba siempre hacia adelante, pero esta vez no coló. ‘A Ovidio con ese cuento’, le dije, y se quedó descosiendo la tela, un poco avergonzado.

Silva insistía en lo del cuadro. Mirábamos los añadidos de ‘Las hilanderas’ y me daba con el codo:

 

-¿Lo ves? Han puesto señales, para que busquemos.

 

Yo no sé qué buscar. Si acaso algo del tiempo perdido, aunque me temo que es lo único que no encontraremos nunca.

 

 

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