Me miró como el Padrino al último pétalo… (Enla corte…). 186

Me miró como el Padrino al último pétalo de su última rosa,

arrancado por un viento absurdo. Luego me abrazó, y sentí la calidez de sus lágrimas en mi cuello, cosa que me dio un poco de asco. Los españoles somos los mejores amigos y socios y allegados de quienes no nos llevan la contraria. Así que estaba un poco desconcertado.

-Me recuerdas a tu hermano, de joven. Un perfecto cretino. ¡Qué santa ingenuidad! -Se echó a reír-. ¡Podías haberme avisado! -Rió más fuerte-. ¡Un anuncio!

Aunque queméis el papel, nunca quemaréis lo que contiene. No por matar al mensajero desaparece el mensaje. Eso es lo malo. Así debió pensar, porque me sirvió un Jerez, como a una inglesa jubilada.

-Lo bebo cada tarde. Prescripción facultativa. -Parecía leerme el pensamiento, aunque yo siempre he pensado poco-. Remedios de la geografía. Deja el whisky para los anglosajones, que adoran la madera para el aperitivo, como la carcoma.

Paladeó su copa. Se sirvió otro chorrillo, que caía en la panza de cristal con un murmullo adolescente. El color y el calor me hipnotizaban, y yo mismo contribuía a ello gustosamente, porque anhelaba un sueñecito después del trasiego. Un merecido descanso. Pero el tío Anselmo no estaba por la labor. O mejor dicho, no estaba por el reposo.

-La próstasta, Miguelito. La maldita próstata es la culpable.

Así que había un culpable. En mi somnolencia imaginaba a la tal próstata como una Mata Hari, y me reía. ¡Arriba las manos, próstata, te hemos pillado!

-Tienes que mear en el momento más inoportuno. Bueno, intentarlo, porque esa es otra. ¡Un horror! Deberían avisarnos, y poder cambiar de órganos sin cambiar de sexo, o extirpar algunos que están ahí por un castigo del cielo, supongo.

Rebuscó en su secreter. Un buró estilo imperio -no sé de cuál de ellos- que yo había visto toda la vida en la casa de mi abuela Matilde, junto al piano Steinway, porque allí era todo germanófilo, no vaya usted a creer, de calidad. Sacó un portafolios repleto de apuntes.

-En la familia, como en España, todos somos escritores. A veces también artistas de otra cuerda, pintores, por ejemplo, como tu hermana.

Yo había olvidado lo de mi hermana, había olvidado que teníamos las casas llenas de sus cuadros, de sus carbones, apuntes de gran calidad, sin firma. Todo se estropeó al casarse, porque a Rubén mi cuñado le gustaban los cuadros de ciervos perseguidos por perrazos babeantes entre los troncos atormentados de un bosque bávaro. El tío Anselmo hizo ondear ante mis napias un folio amarillento, como una bandera de rendición que palideciera de vergüenza.

-Lee, anda.

Lo hice. Era un conjunto de octavas tipo Auto Sacramental o comedia del arte, más antiguas que la tos. Pero tenían su gracia, o de eso debería convencerme para que mi crítica no resultara gris. Recuerdo la primera.

Próstata, próstata impía,

¡qué jodida eres, cabrona!

Visceraza que presiona

mi más íntima hidalguía.

Así que había sido por mear a destiempo… ¡Así se hace la historia! Me acordé de lo del gris. Me lo contó el tío Amador, que era como ´Ciprianito Albóndiga, siempre contando lo mismo. Una vida interesante, como la del hamster que viaja sin moverse del sitio pero se hace la ilusión de que avanza hacia un horizonte lejano. Siempre lejano, lo que da a su gimnasia un perfil épico, el de quien insiste porque está obligado a sabiendas de que no servirá para nada. ¡Pobre Cátulo!

…Sed obstinata mente, perfer, obdura.

Lo del aguijón: dale que te pego, durum est contra stimulum calcitrare.

Cuando le contaba un cuento Anita decía que se lo imaginaba todo, por ejemplo, a Molly Moon hipnotizando a la señorita horripilante, un coche saliendo del orfanato y el chirriar de sus ruedas sobre la gravilla, la comida de Edna… Con Laura en el País de los Asombros y las historias de Teresita y Encarnita era aún mejor, y no digamos con lo del niño que crecía y crecía y cada vez necesitaba una casa más grande. Pues yo también. Me imaginaba -casi me veía- paseando por el mercadillo de Lovaina, cerca del Colegio donde Erasmo impartía en latín sus lecciones, yo no entendía ni palabra, y él me miraba con ojillos de ratón y el gorro inmenso tapándole las cejas. Me señalaba con el índice, como Olivares a Quevedo, y repetía:

-Auriculas teneras mordaci radere vero

Todos se echaban a reír, y yo también, porque me gustaba, como a Dalí, llamar la atención gracias al talento de los demás, sin responsabilidad, escuchando El Mesías dirigido siempre por otro. Pero moviendo los brazos, simulacro de batuta y frío como el sueño de un mecenas, mejor de un político, intentando mantener la dignidad enferma de los iberos.

Me acordé de una de las propuestas del Club:

¡El chorro, el chorro!

¡Que llega el chorro!

Pero la próstata era

un inmenso muro

de contención.

No lo compuso el poeta. Fue El Púas, con música y todo. Se lo dije al tío Anselmo, pero no me escuchaba. Seguramente consideró una indecencia mezclar sus creaciones con estos versillos advenedizos. Y encima, de nefando origen, un miembro del Club.

-Está lleno de cantamañanas… -Le miramos, interrogando en silencio-. El mundo, digo. O sea, que hay mucho cantautor que vende aire, y caro.

El Poeta asintió. Era una de sus tesis. En concreto la segunda. Porque nadie más científico que este adicto a las letras, al jamón ibérico sin exceso de sal -que de todo hay ahora que Japan y USA han descubierto la veta- y a las charletas con señoras. Y es que se fía de su labia.

-SDT, la segunda ley de la gilipollez del género humano.

-Saturado de tonterías.

Asintió, sonriendo. Se había peinado el mostacho y parecía un cruce de Marx y Einstein el muy fotogénico.

-Eso también. ¡Sarta de tópicos!

La chimpa lanzó un grito a la luna. Supongo. O es que el macho la había pisado, por no pensar mal. Pero era otra cosa. Por un momento pensé que nosotros podíamos estar en el elenco de jetas: autoayudas, formuladores de remedios, sanadorcitos, psíquicos, leguleyos de soluciones enredosas, telepredicadores, sectarios de manos juntas, yóguicos, viajeros del bien entre otras cosas, masters en pérdidas, de dinero, de conciencia, de afecto, todo ello bien liado, como un Vuelta Abajo de primera.

Los tertulios, tertulianos, correctores y pedagogos de la tele y las ondas, y los asesores de Bolsa, van aparte. No necesitan guía para entrar y hacernos entrar en los infiernos.

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