El policía como un castillo… (En la corte del rey de Castilla). 187

El policía como un castillo había entrado en su aula,

y él, muerto de miedo, no se movió. Las piernas se negaban a sostenerle y permaneció sentado mientras el otro aporreaba los largos pupitres de la ciencia con grafitti escolar. El monstruo cedió ante el loco, pensando en el cocido que le aguardaba en su casa, y el tío Amador fue declarado héroe oficial por uno o dos días. El honor de la Universidad estaba a salvo.

En el momento más inoportuno. La micción no podía aguantarse, apretaba la vejiga y se escabulló entre las matas. Apenas había comenzado el chorrillo, que se resistía como siempre, a pesar del Urolosin y los placebos de herbolario, cuando sintió -ese era el verbo- el chirrido de los neumáticos nuevos del Bentley. Ni frenando era igual que los demás, nada que ver con el hortera Porsche, que calza cualquier deportista de contrato y camiseta. Cuando se sacudía el gusanito y lo encerraba apresuradamente, sonaron las puertas, un plaf rotundo, como la bofetada de un mariscal. Se asomó justo para ver cómo los municipales habían colocado esas barreritas amarillas con las que discriminan las aceras, y que los vehículos del CD iban situándose en fila, como gigantescas  procesionarias oscuras.

-¿Es suyo el coche, caballero?

Apretó la Luger en el sobaco, donde le presionaba ya bastante el golondrino. Le encantaba esa falsa cortesía de los guardias, que te dicen señor y te miran como a un paria. Oficio aprendido de sus amos los políticos. ¡Servidores del pueblo!

-Sí, es mío. Aquí se puede aparcar.

Se le sublevaba la sangre, y eso siempre venía mal. Hacía de poco mucho y de lo accesorio una cuestión fundamental, ya lo sabía. Pero aguantó el tirón, sacó el móvil para disimular y esperó un par de segundos.

-¿No ve usted las vallas? Es zona reservada.

-Será ahora.

-Naturalmente.

Un diálogo de besugos que no llevaba a ninguna parte. De reojo vio llegar el coche del Honorable. Sanches andaría cerca. Quizás dentro, como la polilla en los armarios. Puso en marcha el SsangYong mientras el poli apartaba la reja, y se desvió hacia la derecha, para no perder de vista el paisaje que le mostraba su retrovisor. Entonces llegó Adam. Instintivamente soltó el botón de la funda y el arma se balanceó suavemente. ¡Maldita sea! No había previsto la meada, un imponderable absurdo. Apenas cinco minutos y todo habría sido diferente. Marcó el teléfono. El tío Anselmo asintió en silencio -le suponía moviendo la cabeza tan serio como el estafermo del Museo de cera- y dio la orden. Un poco después, Guardiola abrió la puerta del gorila. En la confusión, todo era posible.

-Pero mucho más caro, imbécil.

Le sonó a piropo. A fin y al cabo, la cosa no había ido tan mal. Casi mejor, porque un muerto solitario llama la atención, y no hay mejor escondite para un libro que la biblioteca.

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