…Dos vidas, dos historias…(En la corte del rey de Castilla). 188.

-Siempre lo mismo…. Dos vidas, dos historias, dos finales, dos torres.

-El tío Amadeo había vuelto de China filósofo, pero el zen le iba regular. Lo de Anselmo era distinto. Utilizaba el papel biblia como si fueran Kleenex. De modo que la cosa se ponía interesante, incluso para el sicario.

-Mira, voy a contarte algo…

Nos sentamos, a un gesto suyo, como si estuviera recibiendo a dos compañeros de colegio en Oxford, allá por los cincuenta. Echó mano de su pipa, apagada hacía veinte años y me pidió otro Xerry, porque era demasiado temprano para el Jerez.

-Mi hermano Amador me traicionó demasiado pronto. -Hizo un gesto como envolviendo un paquete demasiado grande-.Siempre lo esperas, claro. Pero en su momento. Se volvió loco, o ya lo estaba cuando nos engendraron, no sé.

Yo escuchaba atento como los compis de Odiseo, dispuesto a aprender del maestro y hacer luego lo que me diera la gana. Es lo suyo. Para lo que sirve ser joven, cuando estás como una cafetera en ebullición. Además, me interesaba eso de la traición. Casi me ponía cachondo. Traicionar significa que alguien confía en ti, y viceversa, hasta un punto  de no retorno. Si lo superas, la naturaleza se transforma y ya nada es igual, como una letra cutre de los noventa.

-Los papás siempre le sobreprotegieron. Estaba cantado que algún día todo eso iba a estallar. Siempre lo hace. Los pájaros deben volar solos, algún día, alguna vez, la primera, y luego seguir, añorando el nido pero sin querer regresar. Pero entonces, cuando aún no se ha despertado esa fase de la vida que nos hace sentir otra imagen a nuestro lado en el espejo, cuando dejamos de ser lo que éramos aún siendo los mismos, pues todo se ve fácil, un riachuelo que se abre camino sin fatiga, que no necesita más caudal.

El tío Anselmo tiene complejo de metáfora. Todo viene de sus hermanas, que son meticonas y mandomucho, y le apabullaron durante siglos con su ego de folletín. ¡Vaya autoestima! No les fue mal, siempre adelantándose como arpías para salir en la foto.

-¿Sabes por qué lo digo? No, claro. Nadie lo sabe. -Sonrió, mientras deglutía un hectolitro de Cardhu-. Pues una tarde, la primavera se había ido y un verano nuboso abrazaba la Casa de Campo, salimos a hacer una excursión. Exploradores sin permiso paterno, sin licencia materna, en compañía de Julio Verne, el grito de Sandokán y la gabardina de Pedrín. Corrimos por los entonces salvajes vericuetos de la Huerta, saltamos arroyos, nos pinchamos las piernas desnudas con ortigas y alguna zarza medio seca. ¡Qué dulce libertad, estimulada por el sabor acre de la sangre! Nos chupábamos los arañazos, seguros de la inmortalidad. Íbamos de la mano, sin parar, jadeantes y felices… o eso creía yo. Al regresar, ya atardecido, nos esperaba un comité de recepción, la pareja procreadora, la patria doble potestad, el poder. Papá respiraba hondo y rápido, un preámbulo de la ira. Mamá se retorcía las manos en silencio y le miraba. Le miraba a él, recorriéndole a ver si se lo devolvía entero. Y llegó la bronca. Total, sin fisuras, sin resquicios, sin explicaciones, una bronca que borró la dicha de la infancia, excesiva, que galopó por la adolescencia derribando a su jinete y que tomé tan en serio que me di cuenta…

El tío Anselmo calló. ¿De qué se había dado cuenta? Le daba miedo recordarlo. Suspiró como una novicia y dejó el whisky de malta en el suelo. Le venía más a mano. Si en tu casa no estás a gusto, ¿para qué la quieres?

-Me di cuenta -asentía, se afirmaba en la seguridad de su recuerdo- de que el mundo es injusto, aunque la gente pueda ignorarlo. Que el tiempo transcurre de manera diferente para quien actúa o para quien espera. Y sobre todo, me di cuenta de que no somos una familia de mente sencilla, simple y feliz, que nos enredamos demasiado. Y que eso tampoco iba a tener remedio. Así que, maduré.

-¿Y la traición? ¿Qué tiene que ver con todo eso?

-¡Ah! ¡Lo olvidaba! ¿Ves? Somos generosos, el rencor no… no nos habita, es un huésped molesto, lo arrojamos fuera, sin pensar… Pues yo le pregunté a mi hermano, sí. Le dije, convencido de su lealtad: ‘¡Diles lo bien que has estado! Diles cómo no te he dejado ni un momento, cómo la tarde ha sido segura y fértil, cómo has disfrutado de mi compañía y de mi protección’… No sé, algo parecido, seguramente mejor dicho, con el lenguaje que usan los niños antes de aprender a expresarse mal. Antes de Babel.

-¿Y qué pasó?

El tío Anselmo se encogió de hombros.

-Pregunta equivocada. ¿Recuerdas esa escena del cine negro, cuando el viejo tío protector pide a su pupila amante que diga la verdad al comisario, y ella va y la dice? ¡Pobre estúpida! La verdad es peligrosa, y no hace libres. ¿O es al contrario? La verdad, como los medicamentos fuertes, tiene que dosificarse. Él acaba pegándose un tiro… -Abrió los brazos y los ojos al tiempo, como un clown italiano-. ¡Pero la pregunta equivocada no es la tuya, fue la mía! Amador no contestó. Se refugió detrás de mamá, y ese movimiento táctico sirvió en bandeja la cabeza del Bautista. ¡Nunca más hagas esto sin permiso!, cosas así, me dijeron. ¿Qué cosas? Pensaba yo. ¿Las  mismas, pero con permiso, ya no son malas? Y aún sigo dando vueltas. ¿El riesgo? ¡Claro! Existe, existirá. Bueno, posiblemente todos tienen razón.

 

 

 

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