Cuando empezó el tiroteo… (En la corte del rey de Castilla). 189

Cuando empezó el tiroteo

creíamos que había fuegos artificiales en El Batán. Los barrios progres son los más cachondos, y enseguida se animan, como las noches en Ibiza. Eso es la modernidad, y sin el taca taca nada existe, nada que valga la pena. Puestos así, cuando a uno se le quitan la ganas o no acierta a jugar el partido, más le vale hacerse pez payaso y fugarse con Nemo a Sydney.

 

-¡Se han cargado al embajador de Mali!

-Y a ¡Jibarrexte! ¡Y a Caradurod!

 

Eran dos neolíticos, como llamaban a las figuras residuales. Aquello tenía pinta de eutanasia. La confusión crecía, y todo para ocultar al muerto. Eso pensaba yo. Lonsi me miraba con gesto ambiguo, como si estuviera indecisa entre hacerse las uñas y suicidarse. Entonces oímos a Osorio. El león marino enamorado de Silva.

 

-Me han dado! -gritó el Púas. El Cura se le acercó, a mirar.

-¡No jodas, tío! Trae algo del botiquín. Llama a una ambulancia. Pero no fisgonees.

-Es por la letra. Me inspira la sangre. Tengo una canción en puertas.

-¿Pero de qué canciones hablas, mamarracho?

 

Todo el mundo cantaba. Y yo volvía a sentirme el tío más feliz del mundo, sin dinero, sin amigos sin pasiones, sin patria, sin corazón, sin esperanzas.

 

-¡Por aquí!

Guardiola entró en el Club por la puerta falsa, o sea, la olvidada, la anónima, la que simulaban restos del muro antiguo. Nos llevó a la piscina de Osorio, cuyo recinto había abierto, bajo la chillona aprobación del gigante barbudo. Los tiros se escuchaban lejanos y sordos, como el petardazo de neumáticos antiguos. De los que se hinchaban a pedos.

 

-¿Y ahora qué?

-A esperar.

 

Recuerdo la espera como las expectativas de esas decisiones que iban a tomar otros, y que yo aguardaba y aguantaba según las sabias enseñanzas del tío Anselmo: ‘Haya paz’, una fórmula idónea para diferir el estallido. Tal vez porque soy huérfano, y nunca he podido tener esos complejos tan sofisticados, tal vez porque mi hermano me miraba como si fuera el cartero, llamando por tercera vez, extemporáneo y fatigoso. Mi padre me hubiera llevado de la mano, reivindicando el instinto de protección, haciéndome aún más vulnerable, pero al fin y al cabo, allí, rodeado de sangre aletargada o de sangre lejana o de seca sangre, todo daba igual, porque ya se me habían pasado las ganas de discutir.

-¿A esperar, qué?

 

Tal vez a Silva, así se calmaría la bestia mojada.

 

-Pues a que paren. Aunque estas cosas… Cuando empiezan se sabe, claro, pero cuando terminan… Eso no. A algunos guardias les gusta el gatillo. Serán impotentes. Por lo del gatillazo. Cobardes, amedrentados, con el arma en la mano, como si se masturbaran. Y sin uniforme, peor. Se imaginan vestidos de torero, con medias rosas, tan femeninos ellos, dispuestos a la faena. Un culto.

 

Empecé a dar vueltas, y llegué enseguida al centro del ruedo. La plaza, hasta la bandera. Presidía mi jefa -ella manda- y al verla de chulapa, al verla, me dio un vuelco el corazón. Dicen que los toreros se disfrazan de mujer porque los tendidos están llenos de mujeres. Dicen. ¿No será al revés?  Dicen que este es un sacerdocio, un oficio de oficiante, una religión. Yo también lo creo, y allí estaba mi diosa.

 

Pero ella no se había dado cuenta. De que yo también estaba allí, claro.

 

Guardi cerró la puerta. O la abrió, no sé. Yo estaba a lo mío, pero Maqui había callado, silenciada por alguno de esos inyectables anestésicos, muerta, o fugada. Tal vez, con suerte, se puso un modelo de pasarela y acudió a los estudios de Telemierda para poner a caldo al prójimo. Daba la talla y la jeta. Luego firmaría libros en la feria del Retiro, cuyas jaulas son ahora macizos de begonias con una asiática peonía en el centro. Pero Maqui estaba por encima de todas esas nimiedades, porque era íntegra. Así que mal destino le aguarda. El cuidador lloraba, como un hincha del Atleti. El humo nos hacía toser. ¿De dónde venía? Guardi arrojaba a la hoguera todo lo que encontraba a mano. El Poeta le secundaba ferozmente.

 

-¡La hoguera más bella del mundo! Mis manuscritos, la Odisea de Miguel, estas bragas casi limpias que conservo…No vale la pena explicaros, y ya está decidido. ¡Lástima que sea tan doloroso inmolarse!

 

La inmolación… El sacrificio de Abrahán, el mensaje de Ulises, la hecatombe. Así que era eso… Deslicé los pestillos, dejando las ventanas cerradas por fuera. Luego me entretuve unos segundos haciendo el inventario. Silva no estaba. Ni Lonsi. Ni Pili, ni Mamen. El destino las apartó del holocausto, tal vez como un homenaje a las princesas muertas. El Púas, El Cura, El Poeta, Guardi, El Sudaca, M. Ferretti… Y yo. Pero yo iba a traicionarles, porque estaba escrito en mí el nombre de Judas, el nombre del tío Amador, justiciero y mortal, así que arrojé al fuego los Manuales, El Diario del Bebé, Las Truleyes, toda la sarta de relatos, argumentos y narraciones que nos entretenían y que eran la savia del Club. Pronto todos se unieron al aquelarre. Brincaban, se abrazaban sudorosos, bebían el último reserva, caliente ya y ahumado. Salí y cerré. La tubería del gas estaba al aire, como las vergüenzas de España,  enchufé una goma a la espita, como había visto que hacían para comprobar los escapes, escarbé unos centímetros bajo el tramo de  pared que tenía más cerca, introduje la goma cosa de un metro, y abrí el gas. Me alejé despacio, doblé el recodo y pronto supe que mis socios del club ardían, explotaban, desaparecían para este mundo, graciosamente sacrificados por su líder, como debe ser.

Regresé. Cerré el gas, coloqué todo en su sitio, y sin abrir la puerta del club esperé a los bomberos, al Samur, a la policía, a toda esa gente que llega tarde por oficio, pero que siempre llega para que todo siga igual y podamos seguir contando con ellos de nuevo.

 

De las exequias no pude ocuparme personalmente. Siempre salen parientes bien intencionados que interfieren. Pero poco a poco fui depositando sus cenizas en el panteón de los Linaza, que había elegido por su estado de total abandono, en la Sacramental de los Santos Apóstoles. Lo encontré en una de mis rutas por los camposantos, donde se respira la paz eterna. Coloqué juntos a El Poeta y El Púas, para que se cantaran y se contaran lo que quisieran. A Guardi le puse solo, con una foto de Maqui bajo la urna. El Cura, El Sudaca y yo, que aún no estaba del todo -sólo unas uñas, algo de pelo y jirones de piel, que incineré para acompañarles- formamos el trío No iba a faltar. Teníamos la seguridad de que nadie iba a molestarnos, ni siquiera nosotros mismos.

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