Cuando se descubrió el pastel. (Enla corte del rey de Castilla). 185

Cuando se descubrió el pastel

la cosa estaba tan embrollada que ya no sabíamos bien si éramos o no miembros de la Trilateral. El poeta había adoptado su pseudónimo de Kagarsinguer, que además de escatológico tenía un sonido a gafas de mafiosillo, y Pinocho estaba terminando el Manual.

-La idea me la dio el tío Anselmo, con el suyo.

Se refería al Manual del trepa perfecto, que es inédito, aunque circula en You Tube con unos videos espurios, en los que se ven carritos MacLaren compitiendo con nacionales, según la propaganda del Nomenklator. Por cierto, eso también es un montaje. Lo de dar de comer al tigre se ha puesto de moda. Aunque ya no se usan las camisetas del Ché, que son más reaccionarias que la Lavanda Puch.

-¿Pero aquí quien hace la orden del día?

-Será el Orden -dijo M.-. No estamos militarizados, aún.

-¿No es lo de la UNO? La globalización.

Habíamos intentado que el rector Solas, a sus ciento y pico, entrara como supernumerario, porque era un experto en la aldea global. Pero se pasó de vueltas y no pudimos alcanzarle.

-No me lo creo. Suprimir las comisiones de la Banca, eso no es de recibo.

Fue como si habláramos de quitar el pan de la boca a un niño famélico. ¡Suprimir las comisiones! ¿De qué iban a vivir los cajeros? El Sudaca miró a Silva y empezaron a reír, al unísono, como una coral de los Burana.

Largadón se levantó, rojillo. Miss King, un travesti de Industria se atusó el terciopelo y gruño, mirando a Nipon III, el chef del Casino, un miembro de pago.

-Esto es un montaje. ¡Y han fallado los servicios de información!

Entonces se oyó el revuelo. Aquel día llegaban los plenipotenciarios de las Seychelles, y Guardiola había olvidado cerrar el cercado de los antílopes. Antes de salir corriendo, se oyó gritar al ministro.

-¡Al español le gusta pagar!

Los guardaespaldas -cómo recordé mi vocación- habían empezado a disparar

. No saben otra cosa, claro. Los chimpa abrieron su recinto, y Maqui puso la tabla a la salida del foso de los leones. Guardiola miraba por el altillo.

-¡Como Daniel! ¡Esto es bíblico, muchachos! ¡Bíblico!

Silva temblaba, pensando que había estado a punto de traer al niño. “Para que le vean”, dijo.  Nos subimos en el carrito de la comida, y enfilamos el sendero de Félix Lafuente -le habían quitado el Rodríguez– hacia la luz.

-Yo estornudo cuando veo la luz -dijo el del Opus-, que siempre andaba algo místico.

No sé cómo, pero llegamos sanos y salvos, dejando atrás la montaña mágica, tosiendo.

¿Sabéis? Las cosas no pasan por casualidad. Tampoco lo eran cómo me miraban. Al fin y al cabo yo era pariente directo de uno de los ‘Boss’ de la City, esa sucesión de mecanos en cristal y piedra caliza que a veces se mueven con el viento, como la soberbia de los líderes de opinión, un invento curioso. Comprendí un poco tarde que el revuelo tampoco había sido casual. Soy el más lento del grupo, supongo.

El tío Anselmo dirigía la red mafiosa más conspicua de la Costa Fleming, que había vuelto por sus fueros después de su retiro dorado de los noventa. Para conseguir ser un capo como el canon manda hay que ser extremadamente sensible, y el tío Anselmo lloraba con Häendel y no permitía que nadie le interrumpiera cuando escuchaba sus oratorios o cantatas.

-Dale pasaporte

-¿Ahora?

-¡No estamos en Siberia! ¿Tienes helada la sangre?

El etarra cayó como un saco. El sicario del tío Anselmo le dio en la nuca con la Star 9 largo.

-¿Por qué no le has disparado?

-¡Vamos! Nosotros no somos asesinos. ¡Somos unos honrados delincuentes profesionales! Parte del sistema.

Así que quitaban de en medio a quien fuera envolviéndolo en un tumulto, o en una explosión de gas. Pero entonces Guardi era cómplice.

-Desde siempre. Me paga un sueldo. -Miró al vacío, que se había apoderado de lo que llamamos alrededor-. Así se funciona, hombre.

-Lascia ch’io pianga.

-No eches de menos la libertad… y menos aún quieras cambiar tu suerte.

-Una versión libre de Rinaldo… sin gorgoritos…

Y así debió ser, porque el tío Anselmo estaba en Roma, es decir, no estaba cuando sucedió, una coincidencia significativa.

Cuando me pasé por su casa recogí el periódico, que el repartidor -único ya en su especie- dejaba bien doblado entre las rejas del portal. La primera anunciaba un extraña redada en el Zoo, con algún que otro cadáver. Nimiedad de nimiedades, todo nimiedad. En la foto-finish, un Guardiola asustado señalaba la jaula abierta del Gorila, un sendero de gravilla que anunciaba la Vía Raquítica, el camino por el que la chimpancé había huido, y alguna sombra en el césped, abalorios por aquí y allá, un bisoñé ajado, medio zapato, casquillos, y la turbulenta presunción de la sangre, como un brochazo al pastel.

-Tienes veinticinco síntomas sin etiología específica. O sea, eres un histérico.

Me lo soltó al minuto. Y me paso de tiempo. Así eran las cosas con mi tío. Pero eso ya lo sabía yo. Nihil novum.

-¡Podías haberme avisado!

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