Diario de un chimpancé. 7. En la corte de Felipe). 184

12/2

 

Hoy he visto mi foto en los periódicos, o eso creí hasta que Maqui me advirtió, una vez más, de mi error. No quiso llamarlo, esta vez, vanidad. Todos los monos tenemos la misma cara, como los humanos.

 

-Ellos dicen que no, pero no tienes más que observarlos, cuando son de la misma raza.

 

La foto era de un gorila albino, pero yo la vi un poco de soslayo, como el chulo del estrambote:

“Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada”.

 

De repente lo vi todo claro, como aquel día en que mi madre resbaló en el lago y yo comencé a nadar hacia abajo, y cuando toqué el fondo limoso aún quería horadarlo. Entonces, a punto de descubrir el camino de la verdad, mi madre me rescató.

 

Y lo que vi fue mi desnudez. La ingenua mentira de mi encanto. ¡Qué vergüenza! Lo que vi fue el ridículo de creerme hermoso.

 

Maqui es muy inteligente; ella no dice nada. No utiliza el arma de las palabras aunque su silencio habla casi más alto. También vi que mi torpeza no era mayor que la ajena. Todos, casi todos, creen ser excepcionales, seres únicos y amables.

 

Cada día más humano. Comienzo a estar aterrorizado. De noche, a veces, me despierta el pánico del sueño, un tránsito ansioso hacia la pequeña muerte.

 

Se han llevado a Maqui. Sigue aquí, pero ya no está conmigo. Ha preparado su cama en otro ángulo del recinto, y vive ausente, lejana.

 

Aunque puede que sea yo el opaco y el ausente. Qué más da.

 

-Maqui dice que los autodidactas seremos ya siempre ignorantes. Y lo subraya para confirmar su certeza. Yo creo que es cosa de cada cual; uno por ejemplo, no va a aprender nunca; claro que tampoco ha tenido maestro sabio que le guíe.

 

– ¿No recuerdas a tu padre, desagradecido?

 

-Desde luego. Pero él veía las cosas de otro modo… Eran otros tiempos.

Heráclito tenía sólo parte de razón.

 

Querida maqui. No te diste cuenta (tal vez porque me habías dejado solo). Había pasado aquel fin de semana como en una nube de cansancio, pero un cansancio lejano, que podía sentir y sufrir aunque me resultara, en cierto modo ajeno. Luego, al subir la escalera desde aquellos sótanos fríos, el corazón me estallaba, las pulsaciones recorrían mi vientre hinchado, los ojos eran losas de cristal roto, y busqué en mis bolsillos un trozo de chicle con sabor a regaliz. Ya no era un sabio chimpancé dorado, sino un pobre hombre viejo y triste que se moría. Por eso supe que me moría, porque busqué el chicle y saboreé con el deleite final ese rescoldo rosado del mundo. Y luego, claro, me dormí. No sé, querida maqui, a pesar de tus dulces males y del creciente oleaje de tus ojos, no sé si quiero volver a despertar. Que el destino elija su propio sueño. Amén.

 

Ahora miro a mi alrededor, y estos muros conocidos ya no me resultan cálidos y entrañables. Con la ilusión se pierde el espíritu de los seres anónimos que yacen en nuestra vida, y tan sólo se percibe el entrecortado susurro del tiempo que se marcha. Me siento cada vez más inane, como parte de un destino sin savia, la rama seca de un tronco roto. Ni siquiera voy a hablarte de ello, ahora que tu mirada, Maqui, se vuelve hacia un horizonte ajeno, donde mi sombra no llega. Mientras siento en el pecho el estertor ahogado de una soledad insondable, los visitantes me espían, como esos estudiantes ignatos y cotillas que escrutan los muslos de una parturienta joven tras los ventanales obscenos de los quirófanos públicos. Entre la ira y la derrota vierto hacia el alma del mundo una fuente herida, un recuerdo. O más aún, todos los recuerdos de que soy capaz, son los límites de las edades que crujen. Me transformo, Raqui, me transformo, hasta tal punto que yo sé lo único de mí y de mis cosas que nadie reconozca  y todos olviden. Y esa vanidad casi humana entristece la hora cierta del crepúsculo. ¿Has visto cómo puedo hacer de un sentimiento una excusa para inventar palabras? Cuando se hace bien lo llamaban retórica, un arte. Ahora, tras la Babel del “monosílabo” -¿te das cuenta?- los chimpancés podíamos estar de moda: gruñendo se entiende la gente…

 

Al final, siempre estamos solos. No tengo miedo, ni angustia: comienzo a presentir la serenidad del vacío. Y en su culto, la respuesta, en la forma que dicen adoptan los sueños del fracaso. Quiero ser un héroe muerto , privilegio de los temibles humanos, ahora que ya conozco mi inevitable mediocridad. Cuando el espejo refleja la mueca de un imbécil el cosmos diminuto y la historia se detienen para ignorar su existencia. Yo estaba ciego, Maqui, creía que un bobo chimpancé podría ser amado, podría ser estimado por sí mismo, como los amaneceres entre nubes. Ahora quiero descansar, olvidando con los ojos de cuantos han mirado el horizonte y dejaron en su silencio la imagen desnuda de la realidad. Maqui, soy una palabra que duda, y en ello encuentro la única seguridad de mi existencia. Así de sencillo. Por fin. Como el ser y el no ser que nos define  porque , amiga mía, los sueños felices de la vida siempre son de otro.

 

 

 

 

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