Diario de un chimpancé. 6 (En la corte del rey de Castilla). 183

28/01

 

Los mejores días son los viernes, al atardecer, cuando se inicia ese peculiar ciclo. Los humanos cambian, ríen, parecen olvidar que les duelen los pies, y su fatiga apenas aflora entre las pupilas dilatadas y la risa más bien estúpida con que nos obsequian. Maqui dice que la luna de los hombres es hebdomadaria, no mensual, y por esos pasan de la languidez a la euforia. A mi me sucede igual, y no tengo la luna hebdomadaria, es decir que lo mismo veo caer con demora interminable la última hoja caduca del pino grande y se me saltan las lágrimas, como a una cachorra recién destetada. Maqui dice que estamos influenciados por los ciclos humanos, y debe ser cierto. Los sábados nada más abrir viene la pareja polaca, él luciendo un bigote con perilla de esos románticos que también están cíclicamente de moda, como estudiar teología o especular con las divisas. Ahora, según veo en la tele, está de moda aplaudir lo que no se comprende (como algunas obras artísticas, literarias, escultóricas, etc.) o lo que es extravagante (como los desfiles de modelos enseñando el culo y las tetas, esa moda que Maqui ciñe desde siempre). Hasta hace poco estuvo de moda ser homosexual o blandito; parecía de mal gusto ser normal y corriente, o sea. El polaco fija su mirada en el pubis de Raqui, yo lo noto aunque esté distraido, hurgando con una pupila frenética, amarillenta y hostil. La mujer es más dulce, rubia y menuda, me sonríe cómplice de no sé qué vergonzantes lujurias, supongo. A mí se me encoje hasta el alma cuando percibo las pisadas monótonas y rápidas de sus deportivos blancos tronchando las ramillas del paseo. Una vez la polaca se bajó la cremallera del chándal y apercibí las tetas asomando curiosas hacia el pico de un body negro, bordado de celosías. Las parejas que vienen a diario cambian tanto el sábado que, a veces, no las conozco. Maqui sí. Dice que es como tener doble visita, y eso la divierte. Sobre todo por los chicos jóvenes, para quienes toda la tensión y la esperanza está en romper el odioso ritmo de cada día. Levantarse a las siete, ir al trabajo, o a buscar trabajo, o a clase o a limpiar la casa, aguantar horas de esclavitud más o menos pagada, y regresar a su casa o a su habitación, donde en el mejor de los casos les espera un programa de la tele. Las chicas jóvenes, los viernes desconectan y viven hasta el domingo por la noche, momento en que reaparecen los fantasmas. Maqui dice que por qué hablo de las chicas sólo. Le digo que es por la rubita de los ojos grandes, y entonces asiente. Venía con una amiga, y nos miraba con esos colores dulces que a veces justifican la belleza de esa especie, y yo permanecía absorto, atento al ritmo azul de su cuerpo. Maqui no se pone celosa, porque sabe que esto es una regresión inconsecuente, pero inevitable. Era tan alegre y cantarina que transformaba mi vida durante unas horas; pero durante la semana estaba, según le dijo a su amiga, tan apática y fría como un muerto; y eso en el mejor de los casos, porque si no se comportaba con mal humor y un nerviosismo inaguantable. Explicaba eso del trabajo rutinario y el mal trato o la difícil relación con los jefes, y de ahí salió la teoría de los ciclos. Raqui dice que es imposible llevarse bien con los humanos en general, pero sin excepción con los jefes, porque los hombres ignoran que mandar es una arte, algo que sólo aprenden unos pocos dotados, que hay que cultivar y transmitir.

 

Un día le dijo:

– No sé qué soporto peor, si a mi familia, a mi novio  o a mi jefe.

– Pues vaya problema, chica.

– Creo que lo que no aguanto es la relación permanente con alguien.

– Dicen que vivir juntos mata el amor

– Será…

 

Raqui y yo nos miramos. Vivimos entre rejas, juntos, desde siempre. Ahí no sé si la chica tiene razón. Raqui sí debe saberlo, pero nunca me lo va a aclarar.

 

Yo tampoco le aclararé mis sueños, tendrá que adivinarlos.

 

Cuando estás mejor sola que conmigo y lo que hago ya no es lo que deseas, cuando prefieres que el tiempo huya para encontrarte lejos de mis sueños, yo descanso en el dolor del recuerdo y sé por fin que no existo, que ese otro amado o sentido es mi enemigo, pues engaña mi ser con otros seres.

 

El amor es una rara joya que jamás puede desdeñarse si se tiene.

 

Un buen chimpancé debe amar sólo lo que no tiene.

Mi odio a la indigencia hace que no aprecie aquello que poseo con esfuerzo. Amo únicamente lo que me viene sin buscarlo.

 

Creo que un día no podré soportar la irrefrenable dicha de cortarme la cabeza

 

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