Diario de un chimpancé.4 (En la corte…). 182

19/01

 

Cuando me duele la tripa siempre lo recuerdo: yo era un macho prometedor y quería que Maqui se ocupase de mí, como dicen los hombres. Estos humanos me admiran, tan petulantes, parece que descendemos de ellos, una genética infame, cuya sola remembranza invoca nuestra dignidad perdida. No existe la menor duda al respecto: ellos nos impiden vivir con la dignidad mínima requerida para este quehacer inevitable. Por eso ningún irracional tiene un auténtico parásito, como lo tienen los humanos, seres dependientes del alma, y no de las proteínas o como guarida. Claro que Maqui cuidó más de una vez las llagas de mi piel y limpió mis residuos, pero eso formaba parte del instinto. Veréis, algo de cierto tiene esa distinción entre los tipos de conciencia que justifican la pérdida del famoso eslabón, cuando de un pariente Neandertal se pasó a otro Sapiens, pero yendo hacía atrás, y no avanzando como decía el tío Charles. En ese momento se dislocó el sendero y apareciste tú, simio desnudo, con la mente conceptual, dejándonos el residuo perceptual y receptivo, que  es como un postre amargo. El dolor se utiliza por los sadomasoquistas para su trascendencia religiosa, en los ritos expiatorios, pero al final, si el cuerpo místico  se equilibra, todo vale, alas de mariposa en el Nepal. Los humanos dicen que los chimpancés somos demasiado inteligentes. ¡No lo saben bien! Hoy ha venido la prima de Maqui. La atracción del Circo Húngaro, que se estrenó el viernes en Villarejo de Salvanés. A los monos del circo les estirpan el bazo y los testículos para que engorden y sean dóciles, como a los viejos tripulantes de los petroleros el apéndice, hasta que la  Cruz del Mar instaló helicópteros de salvamento. A mi no me han capado, y me gustan hasta las sexi girls de la tele, putas de visionlab para babosos. En eso los humanitas han aprendido mucho, se regodean en las selvas de filigrana y oropel. Los rijosos tenemos un vocabulario limitado, como si la manipulación verbal no fuera lo importante, una distracción en el medio. La prima de Raqui me gusta, aunque no tanto como ella quisiera, es insinuante y pizpireta, con encanto, algo proclive al coqueteo, cosa que nunca sabré si es una virtud o una necesidad. Una vez oí a a uno de los egregios:

 

-Los simios no tienen la conciencia; de la finitud. Por eso son felices. Simplemente, viven.

 

Aunque yo era pequeño (“menudo Mendo estas hecho”, decía mi madre, proclive a la dilogía) comprendí. Y lo pregunté para confirmar:

 

-O sea, que los hombres no son felices porque saben que se tienen que morir.

Y que las cosas, todo lo que les rodea, se transforma. A eso lo llaman “qué pena”.

 

Recordando a Seagull, un volandero amigo de Sócrates, escribo. A los hombres lo que les hace infelices es la realidad. Su conciencia conceptual les hace prisioneros. Uno de sus profetas cósmicos, sin embargo, les advirtió:

 

-La verdad os hará libres.

 

Porque conocía el retroceso del Cromagnon, y también que la carne entristece, como corroboró el abuelo Tetas (las tenía del tamaño adecuado para amamantar gemelos; por haber sido  circense y acróbata por libre).

 

-Ni siquiera la mente cósmica es permanente. Lo único que permanece es la iluminación del espíritu que llamamos intuición.

 

-Por eso soñar es también  vivir. El número limitado de días y de noches sólo es un escollo para el Cromagnon regresivo; antes cerrábamos los ojos para vivir. Hay muchas vidas en ésta, tantas como mundos, al menos.

 

O sea, que la materia no lo es todo.

 

-No sabemos qué es todo. Pero la verdad está por encima de los límites, aunque los hombres se empeñen en estropearlo.

 

-¿Con eso que llaman la razón?

 

-Y con los edificios que construyen alrededor de su corto entendimiento, cristales sobre estiércol.

 

A los hombres les gustaría estar siempre borrachos. O en el fútbol. O jodiendo (algunos lo consiguen), o en la situación placentera que su instinto y su educación les aconseje. A eso llaman felicidad. Sólo cuando intuyen la luz llegan a conocer la diferencia, y con ella el error.  Ese pánico a perecer y pasar que les infundió el diablo, cuando tocó los genes del capricho de sus dioses.

 

-Amén. Pero no te metas demasiado en la pirámide, pequeñín.

 

En esto intervino Maqui

 

-“Carpe diem”- Sé feliz.

 

Y se reía, se reía mientras yoiniciaba el camino de su ingle rubia, tan secreta.

 

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