Diario de un chimpancé. (3). (En la corte del rey de Castilla). 180.

Domingo 10 de Septiembre

 

Algunos visitantes me caen especialmente bien, los niños que cuentan a sus hermanos pequeños mis aventuras “¿Ves? Ese es el mono de Tarzán”. “¿Pero no era mona?”. “¡Qué va, hombre es ése, y se llama Zubi: La mona es su hija, pero no es igual”. Entonces yo le cuento mi vida, esos años que Maqui no quiere oír, y el niño las aprende y vuelve a casa contento e incluso, lo sé, sueña con el mono valiente de la selva. Aunque lo más lejos que llegué fue a los jardines del Marqués, el día que se rompió la furgoneta en Comillas. Ahí está otra vez. Oh, es él. No puedo competir, claro, el amo, señor de las especies. Negro total, sombra de la selva, voz del tamtam, el gorila. Me gustaría ser hembra para ponerle los cuernos. Fatuo, privilegiado, potente, feo. Si fuera católico y rico y joven sería un financiero de moda al estilo de los aristócratas de Valle Inclán. Mirándome así, lacio y tendido sin sexo, me asusto. ¿Habré perdido la virilidad? Para qué me sirve, al fin. Esas mocitas miran, sonríen, los colgajos excitan, más que estorban. Tendré que jugar algo con el pito, lo esperan, no puedo defraudarles. En cambio a él se le supone, al gorila. Yo soy el bufón del rey. En estas ocasiones comprendo aquello: por qué solo se utiliza del tres al cinco por ciento del cerebro. Todos en la Tierra, y si alguien consigue más, ya no quiere estar aquí. Por los gorilas. Cuando les veo así, a ella, los desnudos selectos, no les comprendo, se dejan la barba, el bigote para recordar al piloso ascendiente, cuando les miro mirándome veo la farsa mirándome, oigo sin escuchar las palabras que se dirigen, los ecos huecos de sus frases que pretenden llevar consigo la verdad. Los hombres que nos visitan no pueden engañarnos, nosotros, las bestias, olemos el mal, sabemos que su verdad no les acompaña más que la mentira de otros, porque ambos coexisten, son el arriba y el abajo de Hermes el tres veces grande, abuelo de todos los monos del mundo, padre por tanto de los hombres-dioses pelados. Maqui no les mira, dice que les da miedo, que sus ojos son los ojos del miedo. Estos días son los peores, se acumulan como estiércol que alumbra la flor y corrompe el aire, y solo la inocencia, la ingenuidad fresca de los niños, la aún más atractiva de los muchachos aún limpios, de ojos transparentes, la perdida inocencia de los adultos, niños que sufren, de los ancianos buenos, sólo eso impide que no estallemos de tristeza, quizá de odio hacía esa especie hostil que pretende dominar el universo. ¡No saben que ese es un patrimonio de insectos!

 

No sé si he estado lúcido alguna vez en mi vida.

 

¡Imagino que habrán sido momentos horrorosos!

 

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