Diario de un chimpancé.(2) (En la corte del rey de Castilla). 179

Miércoles, 6 de Septiembre

 

Entresemana, nos llevan de paseo. No es un glorioso tránsito en calesera, pero tampoco se parece, por fortuna, al encierro sádico de los pobres cochinos. A éstos los llevan en camiones grises y altos, apretujados en una cárcel que descubre sus morros hinchados y las carnes flácidas. Maqui dice que los conducen al matadero, y que nosotros nos libramos porque la carne de mono es indigesta. Ella tuvo una pariente en Gibraltar, que, dicen, envenenó a media colonia inglesa cuando un cocinero de Algeciras la metió troceadita en una paella. Iban a celebrar las bodas de oro del capellán, un anglicano tres veces viudo, y no se les ocurrió más que darle al mozo los dineros para preparar el condumio. Cuando supo los motivos del ágape montó en cólera, porque su mujer le había dejado por un mercachifle de Cádiz, y mentarle bodas le enconcoraba su ser. Así que cazó a la tatarabuela de Maqui y la puso en el arroz, una apetencia del británico, ya ves. Maqui decía que no hubieran podido confundirla con el roast-beef. En el viaje de hoy, como siempre, las nubes dibujan fantasmas de algodón en el cielo, sombras tristes que nos miran en silencio. Sombras tristes que nos miran en silencio. Tampoco hablamos nosotros, dejamos que el tiempo nos indique tranquilamente lo que quiere. Estamos en un tren de colores, yo vestido de marinero y Maqui de bailaora, con un vestido de lunares rojos que le queda como a Cristo una metralleta. Yo estoy de mejor pasar, y me parezco a muchos niños de Primera Comunión, y a algunos turistas daneses. Ya empezamos a acostumbrarnos, e incluso a disfrutar de esta popularidad, como estrellas de la tele o cantantes de moda. Maqui dice que yo soy más guapo que Julio Iglesias, pero eso en ella no tiene mérito. Había que preguntárselo a Miranda. Lo malo son los padres. Los de los niños, no los de Miranda. Los mayores se asustan, debe ser porque nos parecemos demasiado a ellos, y transmiten el temor a sus hijos, que lloran y gritan sin motivo. Entonces se arma el lío, y nosotros sufrimos las consecuencias, claro. No nos maltratan demasiado, y casi nunca en público. Alguno de los guardianes nos pega cuando ya está todo cerrado, se aproxima sigilosamente y nos atiza con una varita de fresno. A mi procura darme en los genitales, y a Maqui en los pezones. Debe ser que no folla. A veces no entiendo cómo puede haber gente que no sepa obtener siguiera un poco de la inmensa belleza de la vida. Yo debo ser un vitalista porque aguanto bien hasta que me llamen Zubi, porque nací en Cataluña, cuando la fiebre del Barsa, sólo porque tenía los mofletes gordos y un abundante pelo rizoso sobre mi despejada frente. Esto de los frontales engaña mucho, por lo visto, y hay pitecántropos casi einstenianos. En cada viaje me gusta recordar, como si no fuera a terminar nunca, ya sabéis. De modo que lo convierto en el instante continuo más feliz de mi existencia, como cuando la flecha persigue a Aquiles, o la tortuga a la liebre. Entre la salida y la meta, soy el chimpancé libre más dichoso del mundo. Raqui dice que son mis genes humanoides, que voy contra la naturaleza, sabia y abstracta, ajena a todo sentimiento más allá del instante. Pero yo le  digo eso, que el instante es tan eterno como el resto del tiempo. Incontable. Entonces se arrebuja contra mis piernas, y dormita, más alerta si está de guardia el ténebre Crispón. Yo la acaricio hasta que se queda frita, y entonces aprovecho para meterle mano, sobre todo entre las nalgas, y disfruto como un mono, cosa que Maqui no puede reprocharme porque está de acuerdo con mi naturaleza por completo. En los viajes plenos, los de las rutas ociosas del parque, imagino altos árboles de copa ancha donde masticamos bayas tumbados panza arriba, y órganos de piedra interminables, como los de Ronda o El Peñón. Entonces se me ponen los ojos más amarillos y la frente mas rugosa, no sé por qué, y siento la tristeza del ser, como los hombre encerrados en sus soledad o en la Babel de las palabras sin salida, y veo el túnel que adivino en los ojos torpes de quienes me miran estos sábados de otoño, ese túnel sin salida que refleja sueños no nacidos, o la torpe memoria del vacío. Y acabo arrullándome en el cuello suave de Maqui, mi Teddy Bear palpitante, amor. Sólo estos viajes soñados pueden compararse al grande, cuando nos trasladaron a la Expo y podíamos ver los pueblos blancos volando sobre las colinas del sur, en el poniente dorado. Yo miraba por el retrovisor y aceptaba el regalo del paisaje, que retrocedía entre los olivos, y mientras sorbía por mis napias enormes el viento cálido, rezaba, supongo, para que aquello fuera real y sobre todo para que nunca terminase. Lo que os digo, la belleza inmensa de la vida, en el centro del viaje que  nos recorre, después de la salida, antes de la meta. Me hubiera gustado compartir ese placer con Maqui, pero ella dormía o simplemente bostezaba, hasta que, tal vez como la zorra y las uvas, llegué a la conclusión de que esas cosas no se comparten. Y en esa soledad está la mitad de su belleza. A veces más de la mitad, como la que siente el toro que corre entre los jarales. Maqui dice que esta necesidad de compartir no es porque yo sea mejor o más generoso, y que esa lanza que me oprime el esternón y me ahoga es la inmadurez, como la de los potrillos y los cervatos, que maduran tarde, y que necesitan de su madre hasta que casi les echan a coces de la manada. No lo sé, aunque a veces he sentido dolor cuando algún joven de esos quieren chupar la teta y muerde la ubre con los dientes más que crecidos. Será el miedo o la desconfianza, pero puede que también el alma. Yo lo veo en los ojos de los perrillos y en el cielo.

 

Maqui dice que ya tiene bastante tarea la vida como para urdir maniobras más complejas. Tal vez la vida elija a unos cuantos para castigarles con esas maniobras que dice Maqui. Por eso a las hembras les gusta tanto el gorila. “Lo que te pasa es que no has visto mundo, jovencito”- me dice hinchando ese cuello de toro que asusta a los niños- “y  tampoco entiendes nada de mujeres”. O sea, que mal recuerdo tengo. Entonces recuerdo el único consejo que me dio mi abuelo –mi padre no lo hizo nunca – al respecto, “hijo, hay muchos paisajes, pero todos se parecen, y hembras, más vale conocer a todas  y ninguna, ya me entenderás”. Me temo que me ayuda bien poco ese recuerdo. Para mi los vientos, los vuelos del pájaro, el grito de la lluvia, los montes que oscilan, las casas plantadas en el sueño, todos los paisajes y los seres son diferentes, incluso yo y Maqui, diferentes de nosotros mismos. La vida irrepetible.

 

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