Entré por fin. (En la corte del rey de Castilla). 176

Entré por fin.

La luz se derribaba como un lienzo de Velázquez para tocar suavemente la mesa, el tapete verde que la cubría. Eva (Isa) miraba fijamente la baraja desplegada. Me acerqué, como un guepardo en la sabana, conteniendo el aliento, mirando la presa, que era más fuerte que yo.

No se movió. Sujetaba entre sus dedos, en la mano izquierda, una carta. La carta trece del Tarot.  “Por fin la encontró”, me oí decir. Eva no se giró. Entonces me di cuenta. Su mano derecha estaba doblada sobre el mentón de forma extraña, como si la muñeca trazara un signo cabalístico.

Eva estaba muerta. Pero nada en ella había cambiado. Nada perceptible. Sus ojos abiertos brillaban, los labios seguían como siempre, maduros y frescos. ¿Qué era aquello?

Pensé en una catatonia. Me acordaba de Poe, y casi veía su sombra miope oscilando como la realidad por las esquinas del cuarto. Pensé en la transmutación de Saint Germain, en aquel renacimiento que cuenta Casanova y que parecía una experiencia real. Algo que ella nunca necesitó.

No toqué nada. Desde la calle llegaban sordos reclamos de la selva. Animales y robots en sus cajas metálicas gruñían. Esperaban otros la noche, agazapados en las madrigueras de lujo.

Pero allí, conmigo, estaba el mundo.

Saqué con cuidado la carterita de piel que sujetaba con la mano como un pisapapeles. La letra menuda y diáfana restalló bajo la luz, y las palabras volaron, una tras otra.

-¡Eva! ¡Eva! -dije. Y me volví porque parecía que el sonido de mi voz venía del pasillo, detrás de mí.

Los leí rápidamente, en voz alta. Hablaba de la catarsis. Caín había sobrevivido a la envidia de su hermano. Ella había matado a Abel, cerrando el círculo. Luego le llegó la hora. Sin más.

-¿Qué haces aquí?

Ni me di la vuelta. Sabía quién era. Sabía por qué me había encontrado.

Eva me lo dijo: “Vendrán. No lo dudes”.

La cuestión era si todo podía ya darse por terminado. También para mí.

Un momento. El instante. Ser lo más ahora. Ahora, precisamente. No antes. No luego. Ahora.

La luz me ayudó.

-Yo he estado aquí, siempre.

Bueno, esas palabras cabalísticas dan resultado… a veces. Cuando se quiere ver en ellas algo especial. Hay que ser receptivo, claro… La cebra se vuelve, ataca a la leona. Ésta frena en seco, sorprendida… Eso no está en el guión…

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