A las fiestas de los reinos asociados. (En la corte…). 175

A las fiestas de los reinos asociados

acudieron por primera vez -parecían colegiales en vísperas de graduación, con la sonrisilla del triunfo adolescente- los Ministros: siete hembras, siete varones, siete foráneos, como se llamaban ahora los inmigrantes, una representación de gays y lesbianas y otra de tarados y reclusos. La Universidad y las antiguas Escuelas Técnicas habían desaparecido, así que se ahorraban gastos de utillaje. La embajada china seguía impartiendo enseñanza de oficios, que tenían mucho éxito, y los ingleses mantenían un ‘Colegio’ con patito y todo en el emblema.

Los medios de comunicación celebraron el quinto lustro de su proclamación como amigos del pueblo’ proclamando la gratuidad de los periódicos para siempre. La radio seguirá percibiendo el canon, al igual que la tele, en la que sólo se emitían culebrones.

Megagerit, su ciudad de vacaciones, parecía un castillo medieval. Sólo deslució los festejos el enfriamiento de las relaciones con England, pues el viejo rey Charles y la consorte Camila no aceptaron la invitación del Canal Monocromo de la tele supranacional para participar en el programa estrella de los viernes: ‘Nieve en las bragas’.

Los miembros del Club llegaron a la escalinata de entrada al Parque de Patracciones, diseñado personalmente por Patacero I, el de las Mercedes, como le había bautizado Asnón, pero no parecían contentos. La figura del líder se reflejaba en holograma, como el de Batman. El Poeta lo señaló:

-Si fuera negro… sería perfecto.

Nunca se sabía con el Poeta. ¿Hablaba en serio?  Pipo White, su Mentor, le agarraba los faldones de la levita, como si el Boss le arrastrara.

-En el país de los tuertos…

La última depresión económica aún no se había superado, como acreditaban las manifestaciones oficiales que decían todo lo contrario. Siempre es igual. Pero lo que tenía preocupado al grupo -en contra de su principio de que hay que ocuparse y no preocuparse- era el silencio de Maqui.

-Fue a verla un tío raro, debió echarle mal de ojo. Era como un espectro, uno de esos que chupan la energía.

-Eso es un enchufe. Le daría calambre.

Silva se frotaba las manos. Comenzaba a nevar.

-Yo creo que te seguía -miró a Miguelito, para quien el presente era lo único real casi siempre- y le hizo el despiste en la zona de los chimpancés. Nadie sabe que tenemos el Club allí. No pueden verlo.

-A lo mejor se han ido de la mui. Digo las nuevas, las del Bildemberrider.

-Yo creo que se aburre. El macho es un muermo.

El Auto despertó. Parecía apagado como una farola rota.

-O reflexiona… Para atacar. O por si la atacan, para guardar sus fuerzas. ‘Fugit ut vincas’. La huída parta, de los partos, no de darse el piro.

-¿Y quién iba a hacerlo? ¿El tigre?

-Las pulgas, hombre. -Dijo Guardiola, que de eso entendía más que nadie. Echaba el cierre mientras hablaba, mirando al tendido, como los toreros.

Ya se habían sentado cuando llegaron las damas de los próceres. M. recordó la escena de Virgilio, cuando dice eso de ‘conticuere omnes, intentique ora tenebant’, y le dio gustito.

-Callaron todos, y estaban atentos -susurró. El Poeta, que era casi como El Cura, le dedicó una sonrisilla cómplice.

-Faltan tertulianos -dijo Lonsoles, que estaba habituada a los progroms de ‘La Uno’.

Mamen la miró pestañeando, como si la hubieran cesado sin avisar y se hubiera dejado el vale de comedor en el escritorio.

-Más vale poco y bueno…, -Vaciló buscando el guión-. ¿No es así?

Silva le hizo un hueco en el sofá.

-Si lo dices convencida, será verdad. Es una manera de fabricarla.

Lonsoles asintió. De eso se trataba, claro, como ya había aprendido en casa.

Mamen cuchicheó al oído de Silva.

-¿Eso es lo de la educación de la ciudadanía?

-Una parte -contestó Silva, mirando a M.-.

Cuando Guardiola alzó el brazo pidiendo silencio -le tocaba leer una Truley y el capítulo del viernes del Manual- llegó el tufillo. Las damas estaban algo desconcertadas, porque con eso de la nouvelle vague, lo mismo ahora se llevaba lo guarro.

-No se lava -aclaró Silva-.Es malo para la piel, dice. Y para los músculos. Es que observa mucho a los animales.

-Ah.

Alguien llamó a la puerta.

-¡Se me olvidó! -dijo Miguelito-. Tenemos otro invitado.

Y entró Pinocho. El de las figuras de plomo. Ajedrecista, pescador, vocalista del coro y más mentiroso y falso que Judas.

-Aquí Juandedios de los Ríos -tendió las manazas a las nuevas- churrero, talabardero y músico particular. Con domicilio no fijo en Chinchón, el de la Condesa.

-Tanto gusto.

Aquella iba a ser una tarde interesante -pensó Silva, que por un momento se había olvidado del cuadro, del niño y de las sombras de Spirit rondando como una conspiración los aledaños de su terraza.

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