Vivir demasiado no es un premio… (En la corte de Felipe). 171

Yo no estaba tan seguro de que eso de vivir tanto fuera un premio.

Cuando se iban suicidando los grandes, me quedaba pensando, y dejé de hacerlo cuando le tocó a Arthur Koestler, a quien siempre consideré por encima o mejor dicho fuera de esas miserias de la edad, cuando todo se va cayendo y se despendola como el pensamiento de un loco.

Claro que eran otros tiempos, en los que la esperanza había dejado de ser una virtud, y las grandes guerras se iban diluyendo como las manchas del test de Rostchard, en las que todo el mundo ve cosas muy bonitas, pero yo sólo manchas asquerosas.

 

Aquellos tiempos, tras las dos Guerras Mundiales, el hundimiento de Imperios y el resurgimiento de continentes, que no sabían que iban a durar tan poco, que de nuevo se hundirían, porque la Atlántida no les esperaba: Asia, todavía sin los chinos, que surgieron como un hormiguero inundado, de repente y por todas partes,  y África, sin contar a los Árabes, que aceptaron la locura de sus locos propios como la mejor, porque les aguardaban las dulces doncellas de ojos negros y rasgados y tez alabastrina, y eso no lo resiste ni mi hermano, que siempre las mira sin inmutarse, con los ojos repletos de esa tristeza que tenía ya antes de nacer, y que es el deseo de ser otro, liberado de la estúpida humanidad, una losa que se ha creído que es la capa de Supermán enganchada en un reactor oxidado.

 

Bueno, El Cura seguia hablando, y estas sesiones del Club, con Lonsi ya frita en el hombro de Silva, me recordaba las sesiones tediosas de la catequesis, en esas películas de Berlanga donde todo el mundo se divierte menos los de siempre.

 

-“La conciencia colectiva de la ruptura de los valores tradicionales, la pugna constante en pro de razones que satisfagan los intereses de clases, de grupos de presión, de partidos, y de sobre todo, el belicismo imperante aportan datos definidores de un cierto abismo y un trastorno general, en el que, desde luego, es alentadora la esperanza de que el dragón sea reducido aunque sea tan sólo por mil años”.

 

Ya me contaréis. El Cura hablaba citando, o plagiando, no sé. ¿Es igual?

 

-“La visita de Juan Pablo II a Fátima, coincidente con el “primer aniversario” del atentado que sufrió en Roma,  puso de manifiesto lo exótico, lo místico y lo folklórico que nutre tanto las apariciones en sí mismas, como los lugares en que acaecen”.

 

El Poeta saltó.

 

-El “Tercer Secreto”. Me acuerdo de que se esperaba lo de siempre: un documento esotérico con ribetes de crispación milenarista. Un oculto retazo de las divinas confidencias acerca de terribles plagas, muerte sin fin, hambre, terror y caos, todo ello en castigo de la depravada humanidad y como vía satánica hacia el cada vez más cercano Tártaro.

Fobos y Deimos. Todo está escrito en el cielo. Y hueco.

 

Y es que había estudiado retórica en la Casa de Campo, en la época dorada de las putas, antes de que las cambiaran de sitio para hacer hueco a los coches.

 

-Lo cierto es que la historia de la humanidad es la Historia de las Guerras, y que no es necesario ser un vidente, un augur, un profeta o un mago para percibir no ya la próxima destrucción sino la constante y creciente ablación de todos los valores y de cualquier aspecto sublime que pudiera englobar nuestra especie y su global entorno.

 

Que yo también sé hacer parrafaditas años noventa, como Ramiro o Rojas o Ray, que van todos por el centeno sin guardia que les avise del peligro, a saltitos como cantautores solitarios arrugando la frente, arrugas de gesto, tipo pachón inglés. Pero cuando llega la hora me acojono, como todo el mundo. Bueno, algo más por una parte y mucho menos por las otras parte, las que no tienen cerrada la frontera, las liberadas. Y al final si es inútil quejarse por el destino -¿a quién hacerlo?- mucho más lo es protestar porque alguien se muere, aunque sea muy conocido, como uno mismo, por ejemplo.

Lo de las profecías y eso, está bien. Pero, ¿conocéis a algún vidente que se haya visto? Digo que las cosas les pillan en bragas, y les escuece la fortuna, o sea que están in albis cuando les importa algo, y sólo aciertan cosas raras o estadísticas. En fin. Por ejemplo, Isa no adivinó ni hizo nada para que previéramos la huida del Inspe y del Usuras. Se fueron a Argentina, con El Potentado. Y aquí viene lo mejor. Un descuidero les robó el maletín con los cien millones de euros -o de dólares. Se me va la hoya con los numeritos- que habían afanado y ahorrado, como putos macarras mafiosos. Alguien dice que el siglo XXI ya no pare delincuentes clásicos, hoy son cibernautas, políticos, cosa así. Pero el rioplatense del tirón es un clásico, de primera.

 

-¿Y qué pasó después?

 

-Estaban tan desesperados que acabaron a tiros. Los metieron en chirona, y no veas, en estas democracias del cono sur, las cárceles son para mear y salir corriendo. El Inspe estaba aún más sensible, por lo de la pasma, los colegas, que si se sabe en el trullo acabas colgado. Y El Usuras, con su respiración de zombi, pasó directamente a la enfermería. Lo más limpio allí era el cuadro del presidente, con más churretes que la melaza del cuento del tigre y el elefante.

 

-¿Qué cuento es ese?

 

-Te cuento el cuento, pero déjame seguir luego.

 

-Vale.

 

-Pues hace tiempo el tigre y el elefante eran amiguetes. Pero un buen día vieron a un mono jugando en un árbol. “Hagamos una apuesta -propuso el tahúr del tigre. Vamos a asustar al mono para que caiga del árbol. Si cae más cerca de mi, yo te devoro, y si cae cerca de ti, tú me comes”. El elefante estuvo conforme, y el mono cayó más cerca del tigre, porque el elefante no asustaba ni a los niños en el circo. “Bueno, pues voy a devorarte”. “Déjame una semana para despedirme de la familia”, pidió el elefante, lloroso. En su viaje de despedida encontró a un almizclero, ya ves, un bicho con bolsa que parece una cabra sin cuernos, y le contó su pena. “No te preocupes. Trae melaza, échala sobre tu lomo, que escurra bien, y déjame hacer”. Con todo eso volvieron al tigre y entonces el mono entró en juego. “Un terrible animal se come al elefante´”, dijo al tigre, que vio cómo en efecto, ese almizclero, subido al lomo del elefante -que parecía desangrarse- le atizaba crueles bocados, que hacían barritar de dolor a la bestia. Todo era cuento, porque el almizclero se estaba papeando la melaza, y el otro hacía teatro. “¡Vaya, mono!”-dijo el almizclero mirando a la pareja- “Sólo me has traído un tigre. Quedamos en que me comería dos o tres juntos”. Y el felino salió en estampida, y aún hoy corre cuando ve un elefante.

 

-Lo del tío Anselmo en la facultad. Lo del gris. Clavado.

 

-Ya me lo contarás. El caso es que cuando salieron de la cárcel acabaron indigentes, borrachos y… contentos por primera vez en su vida. Habían olvidado quienes eran, o habían dejado de serlo, para no ser nadie, que es una forma de vivir felices. ¡Pero no la única, eh!

 

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