Tulticia. (En la corte del rey de Castilla). 167

Tulticia

Se probó el vestido de lagarterana. Le sentaba bien, como todo, pero recordó los ripios de Muñoz Seca en ‘La venganza de Don Mendo’. Cuando dicen aquello del barón de Mies asustando pájaros: “…Se alumbra, se le deslumbra/ con la lumbre del farol…” Y la duda metódica: “… que al ruido del esquilón, toman las aves por buey a vuestro padre el barón…” Lagarterana era un término que a la masa ignorante podía sonar a chiste, y le sentaba muy mal oír esos chascarrillos que ella se reservaba para los íntimos. ¡Podían llamarla lagarta! Lo cambió por otro de Toledo, ahora que la antigua provincia manchega meditaba sobre su escisión de la nueva corona de Castilla. A Felipe esas cosas le daban igual, tenía menos vocación de príncipe que el editor del ‘Play boy’. ¡Qué gran idea había tenido! El país debería agradecer sus desvelos algún día. Recuperar los bailes regionales alegraría la austera tristeza de Castilla. Hasta la Santa de Ávila habría participado, de ser posible, marcándose unos pasitos. Se encontraba guapa, más llenita, ahora que ya no sentía la obsesión casi anoréxica por el tipo. No iba a permitir que unos cuantos asuntos de Estado la privaran de su equilibrio interior. De eso nada. Ojeó las Memorias de Kandinsky y una par de manuales de W. Dyer, respirando su autoestima como el perfume de los almendros. ¡Y a esa horrible ministra, que le fueran dando…! Miró en su guardarropa, algo adecuado para la recepción de los euskaldunos. La embajada de Pirineo-Aquitania, por fin, había declarado válidos los cromos en vasco que encontraron en las últimas excavaciones. El lema del Señorío iba a cambiar. Ahora sería: ‘Más antiguo que el mundo’, porque parecía que la sangre pura se remontaba al big bang. Sonrió. Un poco antiguos sí que eran. Se habían quedado en eso, en arqueología, con tanto pretender ser más viejos que los dinosaurios. ¿No llamaban así a los dictadores sudamericanos? Pero éstos eran auténticos, sobre todo ahora, cuando el Imperio declinaba, y estaban encontrando ciertas afinidades con Oriente. Los primeros pobladores de América fueron chinos, naturalmente. ¿No serían vascos? Navegantes por  la mar océana, rasgando con sus ojillos penetrantes las nieblas de los sargazos. Seguro. El mapa de Piri Reis lo dictó un Ibaletxe, por lo menos. Debía tener cuidado. En la última recepción se le escapó el versillo de Marina, desde su retiro:

VASCOS,  pues

Insigne chuletón de los mesones,

bocados exquisitos donostiarras

por mucho que atendamos las razones

de ínclitas lechugas y alcaparras.

Benditos triglicéridos guasones

que al hígado sacuden con fanfarrias,

cocochas y anchoítas como sones

de músicas celestes y de farras.

Las mesas de una España repostera

enseñan que no hay lenguas y sabores

distintas de su vino y su comida.

La España desde siempre guarnecida

de hombres, de mujeres y de amores

no entiende esta guerra tan hortera.

La cosa ahora era recuperar los bailes regionales, ya que no se podía recuperar el nombre de España, lo que había obligado a reconstruir los mapas de la vieja Europa en los talleres de Nanking, donde se editaban todos los gráficos del mundo. Dio un paso de minué. Como buena Leo, defendía a ultranza las ideas con las que no estaba de acuerdo, lo que también es una forma de distinguirse, y ella, sobre todo, quería ser distinguida. Ya habían pasado los tiempos de Michelle, la dama de la Casa, la White, claro, cuando presumía de revolucionaria, para reanudar enseguida la importación de Majórica, las perlas cultivadas de Manacor. El que la nueva fábrica estuviera en Beijing daba igual. Los chinos habían reconstruido hasta el más mínimo detalle la orografía balear, y los operarios saludaban cada mañana al sublíder, el presidente de la Autonomía, en un retrato orlado de gul.

Su profesor de ‘leyendas y ciencia en la antigua Hispania’, un temario que se estudiaba junto a la Ilíada y los poemas de Cátulo en Harvard, lo dijo bien clarito:

-Castilla perdió su alegría como los niños cuando van al cole. Se esperan otra cosa.

-Bueno, no todos. -Ella siempre tenía una respuesta-. Yo, por ejemplo, me alegré de ir, porque estaba mejor que en casa.

El profe lo dejó así. Interpretar la confidencia era peligroso.

-Castilla fue esquilmada, princesa. Era como un paterfamilias que cede todo a sus hijo, y al final ellos le devoran. Los Austrias talaron los bosques, sólo se reservaron unos cuantos para la caza. Venga a hacer barcos que se hundían solos, comandados por aristócratas ineptos.

-Pero pagaban menos impuestos que ahora. -Se le escapó-. El profe carraspeó.

-Es diferente. Ahora no se emplean para las guerras. ¿O se llama así eso de hacer la vida más difícil?

-Una guerra es luchar contra alguien o llamarlo enemigo. Y para el fisco somos unos enemigos culpables, con presunción de fraude ab initio.

-Mejor lo dejamos. Pero ya sé que el derecho tributario es el menos sagrado de todos los derechos Lo aprendí en la letra de un tango. Creo.

La vida cotidiana en el Siglo de oro español. Un título para ensayos de algún becario portugués. ¿Qué olvidó Machado? Nada. Él era un sufridor y a la vez un pelín ignorante de cómo funciona de verdad el callejón del gato. Adiós al ritmo. Tulticia se empolvó la nariz y se perfiló el rabillo del ojo. Estaba guapa.

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