Mi sobrina iba al colegio de San Francisco de Asís… (En la corte del rey de Castilla).159

Mi sobrina iba al colegio de San Francisco de Asís,

recoleto y blanco, en medio de El Viso. Ellos vivían cerca, y sus hijos estudiaban en alguno de esos centros bilingües que tanto gustan a los ejecutivos. Y los aristos, que son como gatos persas pero feos. Aquel día yo paseaba, los escoltas eran algo esmirriados, dialogaban por los móviles, como novios. Un todoterreno negro -como tantos en esa zona, como tantos en Madrid, que parece Otawa- chirrió, se detuvo apenas, salieron dos pares de brazos, un par de piernas, otro, los niños, los niños. Un tirón, otro. ¡Froi, Froi! Llamaron a las fuerzas del orden, que andaban poniendo multas y haciendo informes.

-Han secuestrado al sobrino del rey.

Yo me sacudí la ropa. Uno de los secuestradores había tropezado conmigo, se había  caído, nos habíamos caído, yo encima, el guardespaldas corrió con la pistola en ristre, soltó al  niño, yo le sujeté, no sé cómo lo hice, no me enteraba de nada, pero lo hice. El tipo salió huyendo, nunca me vio la cara. Le arranqué dos botones de su chaqueta. Un récord. Odiseo habría estado orgulloso de mí. Todo había sido una farsa. Un falso héroe salva al  sobrino del Rey. Un buen alumno del gran fullero.

Nadie iba a creerlo. La casualidad no existe en esa historia pequeña de los acontecimientos grandes. Me contrataron. Jefe de seguridad. Un sueldazo, tiempo libre, chicas cerca, cosas así. Y entrada en la zona VIP. Me costó asimilarlo, un poco antes de sentirme aburrido como un mono en la bañera.

El chico no apareció. Fue así como se me ocurrió lo de infiltrarme. Como si tuviera un esguince.

Pero antes fue lo de la política. No sé si os lo he contado. Bueno, un poco al principio, para hacer boca.

Hice el primer entrenamiento con los de Al Andalus. Me daba canguis, pero no resultaron tan radicales como ciertos demócratas. En realidad sin el poder de esos manipuladores de la política, para hacerse con el poder o mantenerse en él, no habrían avanzado tanto. Decían que estaban compinchados, o incluso eran ellos los autores del secuestro.

Bueno. Exigían la devolución de La Giralda. Les gustaba porque era altiva, no tan ostensosa como El Alhambra -le cambiaban el género, ya ves- y tenía cerca el río. Algunos pensaban que  Froilán II, el sobrino nieto del Rey, se había puesto de acuerdo.

-Este no necesita ni el síndrome de Estocolmo. Es un poco anarquista.

Había hecho unas prácticas de Linux en la Academia de Tresa Ortiz, y convocó una huelga de pecés.

-Mientras no les inyecte un virus…

La cosa había ido complicándose. Las subvenciones para las mezquitas se había reducido, y aunque las de la iglesia dominante estaban ya extintas, los fieles no tragaban. Hay que ser cuidadoso con los presupuestos. Eso decía el mulá. Y ponía el ejemplo de Barceló.

-Acaba de pintar las aceras de la Gran Vía con Titanlux. No tenemos nada contra el Titanlux, aunque el azul Samsonite no es precisamente de mi gusto… ¡Pero son mil metros a diez mil euros el metro! ¡Por cada lado!

Mi vida es como un sueño en el que las escenas se  entremezclan y al final no sabes si eres tú mismo o sueñas lo de otro. ¿Puede suceder algo así? Yo soy la prueba, claro. Pero al final, cuando despiertes, seguro que me has comprendido.

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