Megamadrid. (En la corte del rey de Castilla). 162

Megamadrid,

Además de megacagada, está llena de órdenes, atributo del poder: Haz esto, no hagas aquello, cumple, debes, no debes, cuidado, stop -el inglés sigue siendo el primer idioma de importación, subvencionado y obligatorio-. Lo llaman ‘la formación activa’, que ha sustituido la enseñanza en los antiguos colegios antes escuelas, y como no hay Universidad, no se necesita la obsoleta ‘base académica’. Nadie sale dos veces por la tele sin cargarse un piano a martillazos o dictaminar sobre las pruebas de la existencia de Dios con un par. Está de moda la blasfemia, pero sólo cuando se asegura la impunidad: no te metas con quienes pueden devolver la ofensa; agrede a los pacíficos. Martín Fierro lo hacía al revés: “Con los blandos yo soy blando y soy duro con los duros”, pero es que era un paleto. Lo hijos de mi hermano -piensa M.– son unos tiranos, y los hijos de mi hermana, lo mismo. Como todos. Dos a dos, parece mentira, deberían equilibrar las fuerzas, yin y yang, la tensión de los contrarios, arriba y abajo. El ideal y la necesidad se conjuntan, aunque no se conocen, como dos viajeros en trenes que se cruzan. Las mentiras de los políticos viajan en el mismo tren, sin embargo. ¡Qué profesión! M. no comprende cómo le preguntan esas cosas, que si tiene interés en que gane su hermano, pues claro, y añora la sonrisa de Silva, ahora que espera en la Caja del Súper, y la cajera le sonríe con la vista baja, como las vírgenes de Rafaello, el de Urbino. Sigue con sus ejercicios de yoga facial, pero la papada y los mofletes descienden, todo se descoloca, y sopla, saca la lengua, como cuando ella le sorprendió en la Biblioteca, donde estudiaba en el medio silencio las coronillas de los lectores, que ocupaban los pupitres de dos en dos, y llevaban en la frente el lema: este es el ejemplo a seguir, nada de esa majadería de la norma universal que dijo Goethe, como si valiese la pena portarse bien, los niños lo saben, eso que llaman educación es una comida de coco, déjales, déjales, cada lágrima es una galaxia rota. M. se ve las canas, y la calva, y pide ¿a quién? no llegar a viejo, aunque no sabe qué es eso exactamente, la niña del paso de cebra le considera ya anciano, le mira con esa penilla de las soleás, la sombra lenta de un paso batido por las palmas que llaman al orden, y entonces se da cuenta de que huye. A su lado la mujer y las niñas, con esas gafas que puso de moda Melannie Grifith, la Banderas, para ocultar una preciosa mirada y su cansancio. Ellas no lo saben, pero van a comenzar su vida, el tópico más certero del mundo. Australia, lo más lejos posible, un poco más y te das la vuelta. Allí.

El Poeta había presentado la dimisión.

-Y no hay más relatos. Bueno, son historias. -Señaló la hoja arrugada que mecía-. Es la última.

Suspiró. Miró a todos, pestañeando.

-Luego, me voy.

Así se hace -pensó M.– Es la forma. No me importa que haya sido el primero. -Asintió con la cabeza, respondiendo a un consultor invisible-. Y tengo que ir al final. Hasta que se hunda el Titanic.

‘Pero fue por culpa de los ineptos’ -le contestó una memoria histórica, que es como el medio ambiente, tautología.

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Una respuesta to “Megamadrid. (En la corte del rey de Castilla). 162”

  1. Cleo Says:

    nice post!

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